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Un adiós al “Tigre” Márquez, por León Sarcos

Tengo la convicción de que las historias de amor de parejas con un final feliz casi siempre producen herederos con muy buena estrella. Sixto José Márquez Martínez, nacido un 16 de octubre de 1923, es uno de esos hijos frutos del gran amor de Paulo Emilio Márquez Corona y Carmen Teresa Martínez Atencio, mención a la que solía echar mano orgulloso para su presentación.

Junto a cuatro hermanos varones, Paulo Emilio, Simón Gonzalo, Elvio Nilo y Tulio de Jesús —una hembra y un varón, María Teresa y Humberto, nacieron mucho después en Maracaibo, conformaron un bonito núcleo familiar que echaría raíces inicialmente en una pequeña casa, ubicada a un lado de la iglesia, frente a la Plaza Bolívar, en lo que después sería el centro de Machiques.

Desde niño, “El Tigre” demostró dominio por los números. En el Liceo Baralt se convertiría en un muy buen estudiante, diestro en el manejo de las matemáticas, lo que lo llevaría a inclinarse por la carrera de ingeniería y a fundar posteriormente CADE, una distinguida empresa de construcción que marcaría un hito en el desarrollo de la vialidad en Venezuela.

Al final de su carrera terminó formando parte de la promoción Juan Manuel Cajigal, graduados en 1945, una verdadera hermandad, por las lealtades y el respeto que se profesaron entre sí sus miembros. Auténticos y verdaderos hacedores de patria, a quienes la democracia y muchas generaciones futuras deberán honores, porque gracias a su e ciencia, a su vocación de servicio y a su integridad se hizo posible una muy buena y productiva gerencia en el manejo y la construcción de las Obras Publicas: viviendas, servicios, vialidad e infraestructura.

No me cabe la menor duda, después de escribir su biografía, de que “El Tigre” Márquez fue un hombre afortunado y feliz, pero lo fue más y hasta el final de su vida, el día que conoció —y en ese mismo instante supo que iba a ser su esposa— a la mujer más inteligente y bella que le habían presentado hasta entonces: Egda Barrios Sevillano, de cuya unión matrimonial, celebrada el 18 de abril de 1958, nacerían cuatro bellas y distinguidas hembras, Soraya del Carmen, abogada; Farah María, arquitecta; Paula; Karina; Sixto José —el otro Sixto— y John, el menor de la dinastía Márquez Barrios.

“El Tigre” Márquez incursionó con éxito en la actividad empresarial, en el área agropecuaria y en la construcción, sin embargo dejará una huella perecedera en el caso del Banco Latino, del que fue accionista individual mayoritario, con 13%, y del que anunció con inusitada visión su quiebra, a causa de manejos fraudulentos realizados por la camarilla presidida por Pedro Tinoco.

Su voz sonó como una clarinada en esa noche oscura, en la que nadie escuchó o nadie quiso oír. Él era parte de la sociedad civil que germinaba silenciosamente, por encima de arreglos partidistas clientelares, personales, de grupos financieros y políticos, expresión de ciudadanía soberana que servirá de paradigma a las nuevas generaciones.

En momentos en que la República y la democracia se hunden entre la mentira, la corrupción, la impudicia y una voraz concupiscencia militarista como soporte de un gobierno agonizante, que por pura maldad se niega a devolver la dignidad y la ciudadanía a los venezolanos, es oportuno recordar a hombres insignes y con grandeza como “El Tigre” Márquez: constructor de caminos y horizontes.

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