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A tres años de tu partida, por César Ramos Parra

No sé si será un abuso con el Diario y con mis amables lectores, utilizar este espacio para referirme a un asunto estrictamente personal. Pero, luego de meditar sobre el particular, decidí expresarlo. Hoy deseo resaltar a mi madre, luego de tres años de su partida al encuentro del Señor, quien me consta que él se convirtió en el centro de su vida.

Creo que muchos podrán identificarse con este escrito, puesto que todas las mujeres que asumen su maternidad con sentido de entrega, abnegación y sacrificio, expresan su verdadero amor maternal, el cual es insustituible e imposible de olvidar cuando por ley de la vida tiene que trascender a un destino superior.

datosversionfinalSustento el criterio de que los universitarios creyentes tenemos tres madres: nuestra madre carnal que nos lleva nueve meses en su seno, nos pare, nos amamanta y guía, a costa de cualquier sacrificio, orienta con esmero nuestros primeros pasos y nuestra formación, hasta que decidimos levantar el vuelo para formar nuestro hogar. Siempre estará allí, en generosa espera, dispuesta a ayudarnos a expensas de su eterno e incondicional sacrificio.

Nuestra segunda madre, para los cristianos, es María. Nuestra madre espiritual a quien Jesús nos entregó al momento de su muerte en la cruz. A ella acudimos con fe en nuestros momentos de conflicto o aflicción y siempre encontraremos en ella el refugio necesario para superar nuestras crisis. Ella, en sus diversas advocaciones, está siempre allí, esperando por nosotros.

Nuestra tercera madre: nuestra Alma Máter, La Universidad. Ella es nuestra madre del alma o madre nutricia, puesto que nos nutre de conocimiento. A ella deberemos agradecer por siempre nuestra formación intelectual. A ella debemos dedicarle nuestro esfuerzo, nuestro cariño para que sea la madre de las generaciones que nos sucedan y esté siempre allí, como faro luminoso que oriente la formación permanente de nuestra juventud.

Mi madre carnal Ana Sofía Parra de Ramos, hace tres años partió hacia el Señor, luego de cumplir 101 años de existencia. Como la mayoría de nuestras madres, fue una mujer ejemplar, amorosa y dispuesta al sacrificio. Hoy desde esta tribuna, deseo expresarle mi gratitud, decirle que la sigo amando intensamente, que me hace mucha falta y que añoro sus regaños, consejos y tantos momentos gratos que juntos pasamos. Que le pido al Señor que la bendiga y la lleve a gozar de la bienaventuranza eterna.

En esta etapa de reflexión y descanso en que nos encontramos disfrutando nuestro período vacacional, pensemos también en esas tres insustituibles madres, que esperan mucho de todos nosotros. Que las amemos y demos nuestra dedicación y afecto para que cada una de las tres, puedan cumplir su insustituible rol en esta sociedad donde se encuentran trastocados los valores y principios que constituyen las verdaderas causas de la crisis que estamos viviendo.

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