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TOPE AMERICARGO

Trump y su discurso populista busca consolidarse entre “olvidados” de EE.UU.

El candidato presidencial republicano, Donald Trump, presume de su capacidad para llenar estadios, se ha proclamado el “salvador” de los olvidados de Estados Unidos y sus partidarios lo consideran más un vecino revolucionario que un político convencional.

Como si fuera un ritual, en todos sus mítines, Trump se gira hacia los simpatizantes a su espalda, les aplaude, les felicita por ser “gente fantástica”, les invita a agitar pancartas con su nombre y alardea de las “grandes multitudes” que “superan con mucho” las que convoca su rival, la demócrata Hillary Clinton.

“Vais a recordar este mitin toda vuestra vida. Este es un movimiento que nuestro país nunca había visto antes”, proclamó Trump.

Lo hizo el viernes en la ciudad de Johnstown, en una zona del estado de Pensilvania dedicada al acero y al carbón y que ha perdido gran cantidad de fábricas y puestos de trabajo en los últimos años.

“Vuestro acero va a volver, vuestra energía será protegida. Habrá una situación completamente diferente, ya no seremos considerados gente tonta, seremos los genios, créanme”, prometió Trump, entre ovaciones.

Las palabras de este multimillonario de Nueva York resuenan con fuerza en los sueños de los habitantes de Johnstown, una ciudad perdida en medio de los montes Apalaches y en donde mineros como Anthony Sherron se sienten traicionados por el presidente, Barack Obama, y sus políticas de energía limpia.

“He aceptado que (Obama) es idiota, él no nos respeta. Todo el mundo piensa que somos gente estúpida, pero no lo somos, tenemos nuestras propias ideas. Donald Trump es la única persona que habla como yo, directamente desde el corazón”, dijo a Efe Sherron, de 85 años y que trabajó en las minas de carbón durante 35 años.

Un concepto similar de Trump tiene Dixie Lochrae, una jubilada que cree que el magnate es un “hombre de palabra” y que, como ella, “es un poco bocazas” pero “habla desde el corazón”.

“Trump para mí es un hombre de la gente, aunque ha tenido una vida privilegiada. Pero creo que es un hombre de la calle, que ha estado en la calle y sabe cómo la economía afecta los negocios”, contó a Efe Lochrae, una antigua enfermera, casada con un obrero de la construcción y que trabaja como voluntaria para Trump.

Lochrae retrata a Trump como una especie de mesías que puede poner fin a la decadencia que arrolló hace unos años las calles de Johnstown, clausuró tiendas, rompió ventanas, cerró puertas con tablones de maderas y echó de la región a las familias del carbón o las dejó en el paro.

“Hay niños que pasan hambre” en toda la región y hay organizaciones de asistencia que incluso tienen que llegar hasta el interior de los Apalaches, cerca de Virginia Occidental, porque los niños no tienen nada para comer, narró Lochrae, que también lamentó que han tenido que dar a los pequeños menús del colegio para que puedan comer los fines de semana.

El propio Trump ha hecho todo tipo de promesas a los empobrecidos habitantes del “cinturón del óxido”, área de manufacturas de la que forman parte estados decisivos para las elecciones como Pensilvania y Ohio y en donde el magnate espera dar la sorpresa para llevarse un buen puñado de delegados gracias al descontento popular.

“Los políticos os han fallado, os han traicionado, han dado vuestros trabajos a los países extranjeros. Nosotros nos hemos quedado con la pobreza, ellos con las fábricas, los trabajos y la riqueza”, resaltó Trump, que como siempre carga contra China y México por “robar” los empleos a los ciudadanos de EEUU.

La apuesta del magnate por aislar Estados Unidos y acabar con los tratados de libre comercio provoca siempre grandes ovaciones entre la multitud, de la que el viernes se escapó un grito ronco: “¡acabemos con las Naciones Unidas!”.

“Estaba en el otro lado, en las alturas, pero vi lo que estaba pasando y dije: esto no va a funcionar, vamos a perder nuestro país si continuamos así. Y me encanta que hayamos creado un movimiento como nunca antes”, clamó Trump, rodeado por sus seguidores y unas enormes letras rojas con su nombre.

Entre aplausos y gritos, el candidato se despide de la multitud, cae el telón y los habitantes de Johnstown ponen rumbo a los restaurantes de comida rápida y gasolineras de la ciudad.

No hablan de la posibilidad de una derrota en los comicios del 8 de noviembre, no quieren pensar en la posibilidad de que Clinton gane. Les aterroriza volver a caer en el olvido, perder la dignidad y el respeto que Trump les ha prometido y que ahora casi acarician con los dedos.

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