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El rechazo a las vacunas, una historia de hace dos siglos

En Reino Unido, la vacuna contra la viruela fue obligatoria para los niños a partir de 1853. Esta obligatoriedad generó una oposición virulenta. Desde entonces nacieron los "antivacunas"

La desconfianza ante las vacunas, incluso el rechazo total de una parte de la población a vacunarse, no surgieron con la pandemia de Covid-19 y nacieron con la aparición misma de la «vacunación».

«El rechazo a la vacunación es tan viejo como la vacunación misma», según el historiador de la salud, Patrick Zylberman.

Con unas pústulas sumamente contagiosas, la viruela fue durante siglos un flagelo terrible. En 1796, el médico inglés Edward Jenner tuvo la idea de inocular una forma del virus de la viruela benigna en un niño para estimular su reacción inmunitaria, recoge un reportaje de El Universal de México.

El proceso funcionó. Había nacido la «vacunación«.

En Reino Unido, la vacuna contra la viruela fue obligatoria para los niños a partir de 1853. Esta obligatoriedad generó una oposición virulenta.

Los detractores alegaban el «peligro» de inyectar productos procedentes de los animales, «motivos religiosos» o «atentado a las libertades individuales».

A partir de 1898 se introdujo una «cláusula de conciencia» en la legislación británica para permitir a los recalcitrantes no vacunarse.

A finales del siglo XIX, Louis Pasteur puso a punto una vacuna contra la rabia a partir de una cepa atenuada del virus. En 1885 se realizó una exitosa inyección a Joseph Meister, un niño al que le había mordido un perro sospechoso de tener rabia.

En este caso hubo también desconfianza. Pasteur fue acusado de querer enriquecerse con la fabricación de una «rabia de laboratorio».

Tras la vacuna contra el tifus que se puso a punto al final del siglo XIX, los años 1920 vieron multiplicarse las vacunas contra la tuberculosis (BCG, 1921), la difteria (1923), el tétanos (1926) y la tosferina (1926).

También en los años 1920 se empezaron a utilizar sales de aluminio como coadyuvante para aumentar la eficacia de las vacunas. Esto será también una fuente de sospecha para los detractores de las vacunas, en particular en Francia.

En 1998, un estudio publicado en la prestigiosa revista médica «The Lancet» sugiere una relación entre las vacunas SPR (sarampión, paperas, rubeola) y el autismo.

Se descubre que se trata de un «amaño» del autor Andrew Wakefield. Pero ni el desmentido oficial de la revista ni los trabajos posteriores demostrando la ausencia de vínculo lograron acallar los temores.

Este estudio sigue siendo habitualmente citado por los detractores de las vacunas.

Este escepticismo tiene como consecuencia el «resurgimiento de algunas patologías contagiosas» como el sarampión, subraya Patrick Zylberman en su libro «La Guerre des vaccins» (La guerra de las vacunas).

El sarampión mató a 207 mil 500 personas en el mundo en 2019, 50 % más que 2016, en un contexto de disminución de la vacunación global, advierte la OMS.

En 2009, la pandemia de gripe H1N1, causada por un virus de la misma familia que el de la gripe de 1918, hizo sonar las alertas en la OMS. Se organizaron campañas de vacunación pero la epidemia fue menos grave de lo previsto, causando solo 18.500 muertos.

Millones de dosis tuvieron que ser destruidas y los reproches a la mala gestión reforzaron la desconfianza en las vacunas en numerosos países, donde los «antivacunas» subrayan casos de efectos secundarios pese a que son muy raros.

Oficialmente erradicada desde agosto de 2020 en África gracias a la vacuna, la poliomielitis se resiste en Asia, Pakistán y Afganistán, donde esta enfermedad provoca parálisis en los más pequeños.

El fracaso de las campañas de vacunación se explica sobre todo por la desconfianza de las poblaciones rurales y la creencia en teorías de complot contra los musulmanes.

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