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Elvis Rosendo a Versión Final: “No creo en la modestia”

El humo del tabaco que su boca expulsaba hizo más denso el mediodía marabino. Por suerte, la brisa que soplaba bajo la mata de mango refrescó la conversa. Elvis aspiró el puro y lo retiró de su cara con su mano izquierda. Lo miró como enamorado mientras lo giraba. “Para tener éxito hay que ser constante y ser bueno, como yo”, dijo antes de una leve sonrisa.

Ególatra hasta las entrañas. Elvis Rosendo no es un personaje como cualquier otro. Su esencia, sus pensamientos y su manera de ver la vida no se plasman fácilmente en pocas líneas. Su talento y la universalidad de su obra lo convirtieron en uno de los artistas plásticos más reconocidos y respetados de Venezuela; y uno de los pintores criollos con mayor presencia en el exterior.

Hoy, cuando se celebra el Día del Artista Plástico, Versión Final ofrece una sincera entrevista con el irreverente pintor, profesor de arte, padre e hijo que existen dentro de un solo ser: Elvis Rosendo.

No se define como pintor porque su vida no es solo estar frente a un lienzo y al atril. “No soy artista, soy yo. Soy hijo, hermano, padre. Soy un cúmulo de cosas, decir que soy pintor y ya sería una gran limitante”.

La guía

Nació en la Maracaibo que ama desesperadamente, pero siendo muy joven sus padres se mudaron a la ciudad de Valencia. Era un adolescente un poco distraído y aun no de nía el oficio que le iba a dar de comer en el futuro. “Un día mi papá me dijo: ¿Ajá, que vas a hacer, a trabajar o a estudiar? porque yo vagos no quiero. ¿Quieres estudiar arte, porque siempre te veo pintando?”. Fueron esas palabras las que lo guiaron a su vocación.

“Cuando me dijo eso era porque ya tenía todo preparado para mandarme a Maracaibo con mi tía. El día que llegamos me montó en un bus de Ruta 2, me dejó en el frente de la escuela Julio Árraga y se fue. Sin despedidas ni sentimentalismos”.

Así como José Arcadio Buendía llevó a Aureliano a conocer el hielo. Su padre lo llevó a él a conocer el arte en la calurosa Macondo marabina. Desde entonces, su historia en el arte como profesión comenzó a escribirse. Llegó como un joven con un talento natural que lo posicionaba por encima de quienes le llevaban años de estudios, y terminó siendo, como se autodenomina: el mejor.

No creo en la modestia, y no me interesa si caigo mal al decir esto”, dijo sin temores ni tapujos. “No tengo la culpa de ser el mejor pintor de Venezuela. Todos saben que tengo la razón y por eso nadie se atreve a contradecirme, al menos no en mi presencia”, dijo mientras soltó una bocanada de humo que lo hizo ver mítico con su sombrero y sus lentes de pasta negros.

Cualquiera puede pensar que para crear se enclaustra en un oscuro, solitario y silencioso taller, y no es así. Sorprende saber que al hombre de guayabera blanca no le gusta el silencio. “Cuando voy a pintar tiene que haber ruido, así que si estoy solo llamo gente para conversar, prendo la televisión o la radio, y entonces sí puedo trabajar”.

Es así como nacen las piezas “rosendísticas”, que han llegado a lugares como China y que están valoradas hasta en 6 mil dólares. Explicó que ama pintar, pero que se toma su tiempo para hacerlo y que puede tomarse días de descanso luego de terminar una obra. Le causa placer cocinar y presume de hacerlo muy bien. “Y no hago precisamente bistec frito y friticas”.

Además del talento, le atribuye su éxito a lo global que es su trabajo. “Mi pintura es universal. No me ubico en ninguna parte del mundo y creo que eso ha contribuido a que lo que hago guste en el exterior”.

Gullermina, su madre, es su influencia más grande. Sus hijos Gabriel, Samuel y Sebastián son quienes lo trajeron a tierra y Patricia, su pareja de hace una década es su pilar. Gracias a ella, a su ayuda y a su perseverancia, logró estrenar una exposición después de 15 años sin hacerlo.

Reconoce que a pesar de lo fuerte que pueda parecer, tiene, como todos, un punto débil. “Quienes me conocen saben que soy un coño sensible y que soy capaz de dejar lo que sea por las personas que quiero y que eso me causa placer”.

El final del tabaco marca la despedida de un encuentro donde sobró sinceridad. Conversar con Rosendo es sin duda quedarse con muchas reflexiones en la memoria y entender que, como dijo el pintor: “Cada uno es único en la vida”.

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