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Se apaga la ilusión de una vivienda digna

Tomar la decisión de mudarse suele ser una idea planeada con tiempo y la seguridad de tener un lugar hacia dónde dirigirse. Las condiciones en las que se viven influyen directamente en esa toma de decisión. Más cuando se vive en la situación que no es favorable y, en muchos casos, el hogar es una pieza hecha de latas de zinc. La promesa de un cambio de “rancho por casa” representa un rayo de luz en medio de la miseria.

La Gran Misión Vivienda Venezuela prometió hace tres años la construcción de 30 viviendas en el barrio Mi Esperanza, parroquia Venancio Pulgar, para las familias con menos recursos que residen en la primera etapa de la barriada.

María Martínez, de 69 años, vive “arrimada” en casa de un familiar con sus cuatro nietos, quienes están bajo su responsabilidad tras la muerte de su hija.

“Hace casi tres años estoy en este plan. Tumbé mi media casita que tenía cuando salí seleccionada para la casa y esto fue lo que me dejaron de la supuesta vivienda. Quedamos peor de como estábamos porque ahora vivimos arrimados. Nosotros lo que queremos es que cumplan con lo que prometieron, que terminen las casas. Al lado de mi casita había un pozo séptico y el agua se fue comiendo todo por debajo, pedí la ayuda porque los bomberos supervisaron la casa y dijeron que no estaba apta para vivir y que debía ser derrumbada y ya tengo tres años rodando”, narró María.

Las cabillas y el piso
El caso de Yackelin Albornoz es similar. También demolió su vivienda y terminó amparada por el techo de una vecina, junto con sus dos hijos que son personas con discapacidad.

De mi casa solo está el piso y las cabillas para los pilares. Eso lo montaron en un día y no vinieron más. Tengo los bloques, y será que ahora tengo que esperar seis meses más para que me den el resto de materiales que se necesitan para terminar la construcción. La verdad, ya estoy cansada de vivir arrimada. Tenía dos piezas en las que vivía tranquila con mis hijos. Yo no quería derrumbarla, pero me dijeron que para poder construirla debía destruir primero la vieja y por eso acepté”.

La entrega de material es otra odisea a la que se enfrentan los beneficiados, según explicó Albornoz. Les asignaron los lugares donde deben retirar los materiales, personalmente, deben costear ellos mismos el traslado y además insistir para que los encargados los entreguen pues siempre alegan que no tienen lo que se solicita.

Magda Hernández, fue un poco más astuta que los demás “beneficiados”: no derrumbó sus cuatro latas de zinc cuando se lo solicitaron, viendo la problemática de los vecinos con el tema de las casas da gracias a Dios pues no sabría dónde estaría viviendo con sus hijos y nietos. Ella vive al lado de la cañada Fénix que por el cúmulo de basura se inunda apenas con una llovizna.

“El rancho se me inunda de agua hasta la mitad cuando llueve y yo tengo aquí niños chiquitos. Se me han dañado los colchones cuando se desborda la cañada”, comentó Magda y explicó que en su casa viven cinco adultos, dos parejas y una de sus hijas con sus niños. Pide que la reubiquen cerca de donde vive pues su madre, quien habita en la zona, es una persona que necesita de su atención y colaboración.

Enfermedades
El contacto con la cañada les ha ocasionado problemas en la piel. Frecuentemente los niños se enferman del estómago y afirman que el patio del rancho es un criadero de garrapatas donde los sus nietos no pueden ni jugar porque están a expensas de que los piquen y les cause una situación complicada.

Estas familias comparten la frustración de un sueño, vivir en un hogar digno y con condiciones que los hagan sentirse valorados y respetados como ciudadanos, en conjunto realizan un llamado de atención a las autoridades para que se aboquen a su necesidad y cumplan con aquello que un día prometieron.

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