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Niños indígenas reciben su día trabajando para comer

Hace 37 años se celebró por primera vez el Día del Niño Indígena. Fue en el municipio Guajira donde iniciaron los agasajos para los pequeños de la etnia wayuu, posteriormente, fue expandida la celebración en todo el país, convirtiéndose el 18 de marzo en su día nacional.

Anteriormente, diversas actividades culturales y recreativas irradiaban gestos de emoción en niños de las comunidades indígenas. Las festividades de San José de Paraguaipoa, patrono espiritual de la Península Guajira, eran motivo de diversión para los infantes. El tradicional baile de La Yonna (danza típica de la etnia), era escenificada por los más pequeños.

Los tiempos han cambiado y hoy la realidad es otra. Los menores han olvidado por completo lo que es celebrar su día. Ahora pasan calor y trabajo. Tal parece que el incremento de la crisis en el país ha tocado más duramente a los herederos de esta población indígena.

Bajo el sol inclemente de la ciudad, en el mercado de Los Plataneros, en el centro de Maracaibo, estaba Alexis Barros, un jovencito de apenas 14 años. El sudor corría por su rostro, su piel estaba tan reseca como sus labios. Las laceraciones en su piel quedaban expuestas a simple vista.

Lleve el plátano a 180, aproveche que está barato”, gritaba el muchachito a vox pópuli en el bullicioso mercado.

Dijo la misma frase unas seis veces en menos de un minuto. La rapidez con que salían las palabras de su boca era sorprendente.

El jovencito decide sentarse, tenía media hora de pie, tratando de vender unos plátanos que estaban en un tobo a punto de partirse.

Sacó unos cinco plátanos del recipiente y se los entregó a una niña que llevaba puesto un vestido corto, de color morado, con algunas rasgaduras en sus mangas. Es su hermanita menor, Valentina, de 10 años y a quien cariñosamente le dice “la niña”.

La misma necesidad

Cuenta Alexis que tienen cuatro hermanos más, y por eso les toca colaborar. Él y “la niña”, son los mayores. Su papá está en Colombia y su mamá tiene un “tarantín” cerca de Los Plataneros, aún así asegura que “los cobres no nos alcanzan pa’ comer”. Ambos dejaron el colegio para ponerse a trabajar.

Otra infante indígena que merodeaba en el mercado se acercó al equipo reporteril de Versión Final a decir: “deme un billete de 100 que tengo hambre”.

La pequeña tiene ocho años, se llama Glorimar Pérez, dice estar estudiando segundo grado, cuando no va al colegio vende bolsas y le pide dinero a las personas que frecuentan el lugar, “tengo que ayudar a mi mamá. Mis hermanitos están pequeños y no tengo papá”, señala la chiquilla.

Tres niños, dos familias; cada una integrada por al menos siete personas, padeciendo la misma necesidad, el hambre.

Niños que deberían estar en clases formándose por el futuro del país, hoy deambulan en los mercados, calles y semáforos de la ciudad vendiendo bolsas o cualquier otro producto.

No todos piensan de la misma manera. Hay jovencitos y niñas en pleno desarrollo que pre eren robar o vender su cuerpo a cambio de unos bolívares, indica Oswaldo Márquez, presidente de la Asociación de Plataneros del Estado Zulia (Asovenplat).

Prostitución infantil

Desde el año pasado se han denunciado casos de prostitución en menores desde los 12 años.

Cuenta Márquez que al esconderse el sol, las niñas wayuu aparecen vestidas con ropa provocativa, los vestidos cortos y los shorts ajustados es lo que más des lan. Suelen pintarse los labios de rojo y algunas usan blusas por encima de su ombligo.

Uno de los tantos camioneros que trabaja en el sitio comentó que las muchachitas hacen favores sexuales a cambio de 5 mil bolívares, unos cuantos plátanos o cualquier producto que les sirva de alimento.

Comentó que actualmente hay más de 80 niñas dedicadas al oficio. “Sus padres las ven haciendo y deshaciendo pero son incapaces de reprenderlas o decirles algo”, detalló.

Los entes gubernamentales habían prometido intervenir el mercado para “sanear el espacio”, pero hasta ahora no se han asomado. Estos niños indígenas así celebran su día, entre el hambre, la necesidad y la prostitución.

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