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Muere niña de tres años en espera de quimioterapia

Al amigo morenito se le murió su hija, Isabella (…) El amigo nuestro, el que siempre saludaba a Gabriel en el pasillo del piso 3. Quiero llamarlo para decirle cuánto lo siento— le dijo Orlando Villalobos a su sobrino, padre de Gabriel, de 7 años, quien tiene el mismo tipo de cáncer que Isabella Salazar: leucemia mieloide aguda.

Isabella tenía tres años y murió en su casa, en Ciudad Ojeda. Recayó; los valores se le fueron abajo. Necesitaba trissenox (trióxido de arsénico) para la quimioterapia y en el país no está disponible. “Los padres no tenían los recursos para traerla del exterior; era demasiado dinero”, afirmó Luz Marina Cristalino, presidenta de la Fundación Compañeros de Batalla.

Ayer, en silencio, las madres del piso tres de la Fundación Hospital de Especialidades Pediátricas (FHEP) lamentaban la pérdida. Progresivamente, primero con ojos vidriosos que solo saben descifrar ellas, comenzaron a comentar la muerte de Isabella. Luego, tímidamente, en voz baja, murmuraron que Klenelyz, madre de la niña, había participado en la manifestación del lunes en la mañana.

“Ella estaba ahí cuando pedíamos que nos ayudaran a conseguir las quimioterapias para nuestros hijos”, recordó Margorié Polo, mamá de una guerrera más: Sabrina. Los medicamentos para las quimioterapias no están disponibles en las farmacias y laboratorios venezolanos.

Tampoco las soluciones. Deudas del Gobierno nacional con laboratorios internacionales serían la causa por la que padres de 200 pequeños tengan que “caminar bonito” para conseguir las ampollas de las quimioterapias, aseguró recientemente Richard Hill, secretario de Salud y director de FHEP. Una batalla lo que tienen que librar las madres y niños enfermos. E Isabella no lo logró.

Solidaridad

Orlando Villalobos no podía creer que esa “morenita bella y alegre” ya no estaba con sus padres. Se impresionó mucho porque apenas el lunes la había visto correr por el pasillo tres, ese que es cuna de niños y jóvenes en condición oncológica.

Su impresión se multiplicó cuando recordó que su sobrino, el padre de Gabriel, quería llevarse al niño del hospital. Pero, gracias a Dios, eso no sucederá, contó. El señor quería llamar a los padres de Isabella, aunque no se sentía convencido.

Varias veces tomó el celular, marcó y colgó. Entre intento e intento, se repetía: “Debo, quiero, tengo, que decirle cuánto lo siento”. Entonces se cuestionaba la decisión de telefonear. La solidaridad en el hospital de especialidades pediátricas es regla. Nadie la rompe. Solo se tienen a ellos mismos.

Por eso la muerte de Isabella “pegó” tanto, porque muchas veces compartieron comida, algún insumo o medicamento con ella. Ayudarse en momentos difíciles es como abrazarse: mientras más fuerte sea el abrazo, más reconfortante es. La Fundación Compañeros de Batallas sabe que en tenderse la mano están los abrazos. Su presidenta, como madre de una paciente sobreviviente de cáncer, comprende la angustia de los padres al saber que no hay tratamiento. 

“Las posibilidades que tienen los hijos de vencer el cáncer son muy pocas; no puedo quedarme en una actitud pasiva, y así como nos unimos para trabajar de la mano con el hospital buscando medicamentos e insumos para ellos, también nos unimos en sus acciones de protestas”.

Dosis de vida

El trióxido de arsénico se emplea para tratar la leucemia aguda, un tipo de cáncer en el que hay demasiadas células sanguíneas inmaduras en la sangre y la médula ósea.

Se suministra a personas a las que no les ha hecho efecto otro tipo de quimio. Su actuación se basa en el retardo del crecimiento de las células cancerosas.

Una dosis de trióxido de arsénico no le habría detenido el cáncer a Isabella Salazar, pero sí le habría prolongado su vida por un par de años. El medicamento se lo habían recetado hace tres meses.

Así como falta ese medicamento, en el hospital oncológico no hay gasas, soluciones ni antibióticos. Hasta para bajar una fiebre las madres tienen que correr. “Eso no es justo; con la salud de los niños no se juega”, reclamó Orlando Villalobos.
Él ya tenía 20 minutos con el teléfono en la mano cuando decidió marcar a los padres de Isabella. —Hermano, soy yo, el ‘tío’. Me acabo de enterar. Estoy con usted y su familia. Aquí en el hospital somos uno solo. Cómo fue eso, cuénteme...

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