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La generación que se resiste a emigrar

El sociólogo Tomás Páez cataloga de fenómeno migratorio lo que sucede en Venezuela. Parece que en todos los ámbitos se habla de emigrar, de documentos y costos de boletos de avión, de lo bien que te puede ir en el exterior, de quién te puede ayudar, de un potencial cambio para bien. Los llaman tercos. Nada importa o convence. La generación de oro venezolana, la de padres y abuelos de la masa de jóvenes que se va, quiere quedarse en el país.

Está sentada al final del pasillo de su casa. Sorprenden sus cabellos dorados con su rostro lleno de pecas, su piel blanca, casi pálida. La sostiene una mecedora. Se impulsa con un bastón y sonríe. Es una persona apacible. Son las 7:00 de la mañana y pasa uno a uno los canales de la televisión. Busca noticias. Está pendiente de ellas, sobre todo si se trata de reportes críticos al Gobierno. “Ellos tienen razón”, esboza sin pensar mucho al ver las opiniones diversas de un programa matutino sobre la decisión del Consejo Nacional Electoral de poner en manos del TSJ el destino del Revocatorio.

Quedó viuda hace un año. Seis meses atrás su hija menor se fue al exterior. “No pudo venir al entierro de su papá. Esas son las dificultades de irse a un país como Estados Unidos. No puedes regresar y vives escondido, secuestrado”, son las duras palabras de Rosa Sánchez. Tiene 77 años y 74 viviendo en Maracaibo. Es andina, proveniente de San Cristóbal.

¿Quiere irse usted de Venezuela?-

-Si nos vamos todos de aquí, ¿qué va a ser de nuestro país? No podemos, me niego a eso. Es difícil que se vayan tus hijos. No puedes atraparlos, ellos deben volar, pero yo me quedo. No quiero ir a empacar compras en Estados Unidos. Allá no soy nadie.

Se acomoda un cintillo en su corto cabello. Ha viajado en infinitas ocasiones a Norteamérica. Allá Tiene dos hermanas, conocidos y a su hija. Aquí en Venezuela tiene una fábrica de bolsas en la Zona Industrial de la capital zuliana. Su esposo estuvo al frente de ella hasta que murió. Tiene cuentas en el exterior. No hay frenos económicos que la aten. Quizás sus tres hijos y los nietos que quedan por estas tierras son su detenimiento. “Puedo irme y estar hasta un mes allá, pero aquí nací, aquí me quedo”.

Contradicción

-¿Qué voy yo hacer a España cuando todos mis amigos murieron, cuando la mayoría de mis familiares ya no están y me voy a encontrar solo?- le dice un colega profesor en una conferencia en Caracas al historiador Julio Portillo, sillón de número de la Academia de la Historia en el Zulia. 

Para él ese es un factor que también influye. “Aquí se han hecho amistades. El vecindario ayuda a mantener a esa gente en nuestro país”. Cuando habla en tercera persona se re ere a los inmigrantes que llegaron a Venezuela y sobre todo a la región zuliana durante la explotación petrolera. La época del oro negro. Para 2011 el censo poblacional del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) arrojó que en Venezuela existen un millón 156 mil 578 extranjeros, que para entonces representaba al cinco por ciento de la población. Ellos tampoco quieren irse. Se niegan. Siguen viendo a Venezuela como el país de las oportunidades. “Cuando colocas las palabra crisis, tienes dos eses y eso para los empresarios es dólares. Venezuela sigue siendo el país de las oportunidades. Hay mucho por hacer”, dice con orgullo Franklin Persad, economista de 54 años.

Su día a día lo vive entre las comunidades –haciendo labor social- y las empresas privadas –asesorando nancieramente-. Su padre, Frank Persad se vino de la India buscando nuevos horizontes. Aquí conoció a Lidubina Sánchez, y Franklin fue el vástago de esa relación.

“Sí me da miedo la inseguridad que hay. Creo que tenemos que aprender a cuidarnos a salir en ciertas horas, pero lo que pasa aquí es falta de visión, de enfocarse en el logro”, mani esta. Su calvicie evidencia la experiencia. Algunos médicos podrían decir que la alopecia es por estrés. Cómo no tenerla si es padre soltero de tres. “Tienen 21, 16 y 12 años”. Sonríe.

Flanklin trata de ayudar. Es luchador social. Habla del apoyo y la motivación. “Yo les pregunto: ¿Qué quieren hacer? En cualquier negocio que quieran emprender en los estratos más bajos y los asesoro, los ayudo”.

En los años 50, Brasil, Francia y Venezuela eran los tres países donde sus nacionales no emigraban, comenta Portillo a través de la bocina. “Teníamos un dólar a 4,30, sin duda alguna el factor económico influía mucho en que los venezolanos no emigraran porque aquí la situación era verdaderamente de prosperidad”.

Compara con la actualidad. Habla de la culpa del gran éxodo de la juventud. Hace distancia con la generación dorada, los llama “viejos” con cariño. Cree que las personas de 50 o 60 años están pensando todavía en el pasado, en lo que vivieron.

“Los viejos permanecen aquí porque ya es muy difícil que se consiga trabajo en el exterior para los mayores de 60 años, aún para los mayores de 50. Las empresas en el exterior tratan de contratar al personal joven que incluso están más al día con la tecnología”.

Recordó la caída de Marcos Pérez Jiménez. Lo hizo para visionar lo que pasaría en los próximos años y que también sería historia. Cree que como en 1958 al momento de la salida del actual Gobierno, regresaran los exiliados, se reconstruirán los partidos y habrá total libertad de prensa.

Sin embargo esto no vence a la razón. “Alegan que es el sistema político”, expresa Tomás Páez en su investigación, re riéndose al motivo. Resume en las 371 páginas de su libro que el venezolano se siente asfixiado, sin seguridad jurídica y personal. Temen perder la vida.

Flanklin no lo ve así. Tiene la oportunidad económica de irse. “Son por lo menos cuatro mil 500 dólares los que uno necesita para medio sobrevivir en otro país. Ese que no te darán garantías de nada porque al n y al cabo siempre serás extranjero”.

Para la socióloga marabina, Catalina Labarca el desarraigo es muy doloroso, lo mismo piensa Rosa Sánchez. Trae a colación el dolor de su hija cuando se enteró de la muerte de su padre. Por eso tampoco lo haría, no quiere repetir esa sensación sombría.

“Los más adultos vivieron el pasado, disfrutaron y por eso siguen creyendo que todavía es posible. Les temen a un futuro incierto”, sentenció la también orientadora. Aduce que los mayores viven más en el pasado que en el futuro. También la costumbre juega un papel determinante.

 

 

 

 

 

 

 

 

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