El diario plural del Zulia
TOPE DELIA PLAZA

Francisco Perea “Don Paco", un destello de Andalucía en Maracaibo

Llegó a Venezuela el 11 de febrero de 1951, desde entonces echo raíces en Maracaibo, la ciudad que ama como a su tierra natal

"La vida es así, olvidadiza. Eso le pasa a todo el mundo cuando sale de su país. La idiosincrasia es distinta aunque no lo quieras, comemos, nos vestimos y todo es diferente”, expresa Francisco Perea “Don Paco", al intentar recordar sus últimas imágenes de la hermosa vida lacustre en Málaga, Andalucía, al Sur de España.

“Don Paco” desconoce de dónde heredó el alma aventurera que lo empujó a desprenderse tan joven de su terruño. El caluroso clima marabino tal vez le nuble algunos recuerdos de su origen, pero hay otros que ni siquiera, con más de 77 años viviendo en un país distinto, podrá desaparecer.

Sentado en el bar, con una cerveza en la mano empieza a rebuscar la juventud en su memoria. El trabajo, el esfuerzo y la experiencia se evidencian en su cabellera grisácea y en las marcadas líneas de su rostro y sus manos. Una palmada en la espalda y un “¡Qué fue, Paco!” lo levantan de su asiento para recibir un grato apretón de manos. Vuelve a sentarse y se mantiene pensante.

Muchos conocen a “Don Paco”, pero pocos saben la historia que lleva consigo.  Al verlo recuerdan lo emocionante de algún momento de sus vidas en Casa Paco, el bar-restaurante de la avenida Bella Vista donde las parrandas marabinas, con un toque español, no tienen signos de caducidad.

Nacido en Málaga, España, en 1933, Francisco Perea Martínez vivió la crudeza de la Guerra Civil Española cuando apenas era un niño de 6 años de edad. Jura que aún destellan reflejos de aquella época impregnados en su mente, tan sensibles que vuelven a él solo con cerrar sus ojos.

Toma un trago  de cerveza y después de unos segundos por fin esboza pausadamente: “Cuando un barco cañoneaba a una casa y tú ibas caminando debías cuidarte de que no te agarraran. Uno tenía que esconderse en los campos de caña de azúcar, en los ríos secos, hasta lograr llegar a sitios de gente que se oponía a Franco. Mi papá siempre me llevaba en los hombros por los campos y yo solo veía la gente y animales fallecidos, tirados en el piso”.

Con un suspiro lleno de añoranza menciona a su familia, sus padres y sus dos hermanos, quienes huyeron de Málaga por toda España durante la guerra. “Mi papá era republicano y estaba en contra de Franco. Por eso debíamos huir. Fuimos de refugio en refugio durante tres años”.

A los 17 años "Paco" acudió a la escuela de suboficiales en Ceuta, la ciudad española más cercana a África, y tras dos años en la Marina decidió retirarse  “porque yo lo que quería era viajar”, dice mientras sonríe.

 Embarcarme en un barco y recorrer el mundo, esa era la idea mía. Mi padre siempre me preguntaba quién me había puesto tan aventurero”.

 

Un joven inmigrante

Aunque lúcido, el dueño de Casa Paco se reclina hacia adelante en su silla para escuchar claramente mis pregunta de por qué Venezuela como destino para empezar una nueva vida.

Hablo fuerte, me comprende y responde: “La entrada a Venezuela era más difícil que la de Estados Unidos, no dejaban ingresar a nadie. Pero había gente que decía que Venezuela era un país petrolero y tenía mucha prosperidad en Latinoamérica”.

Su pase libre al país caribeño lo concedió un convenio que para entonces existía entre los gobiernos de Marcos Pérez Jiménez y Francisco Franco, en el que todo inmigrante español que entraba al país debía inscribirse en la Fuerza Armada venezolana.

"Paco" volvió a las andanzas de su ejercicio militar en la marina venezolana. “Cada vez que yo me iba de un sitio a otro, tenía que decir que me movía de la avenida tal a la avenida tal, porque me tenían que tener controlado”, recuerda del reclutamiento de jóvenes que predominaba en la época de su llegada.

Repiensa y el día que Venezuela lo vio llegar sí está claro en sus recuerdos. Eran las fiestas de los Carnavales del 51, 11 de febrero, en el Puerto de La Guaira, estado Vargas. Tocaba Celia Cruz en un escenario cargado de músicos y muchas luces de colores. “Fue un espectáculo”, continúa aclarando la memoria.

Lo sentía, "Paco" sabía que llegaba a un país lleno de fiesta, colores y vida. Tal como su cuna ibérica. Por eso en cuestión de tiempo se apegó a una nueva idiosincrasia que le abría las puertas.  Las cartas a sus familiares cambiaron de frecuencia, de cada envío que hacía cada ocho o diez días pasó a hacer solo uno mensualmente.

Pero mantener lo suyo, sus raíces seguía en los planes del hombre con nuevos horizontes a descubrir. Un año más tarde arribó a Maracaibo. Enamorado por las maravillas del cálido clima y un extenso Lago, decidió establecerse en la ciudad que muchas veces le pintaron como peligrosa. Se sentía en otra Málaga.

Trabajo, firmeza e independencia

“Don Paco” pide una ronda de tragos y una bandeja con queso madurado y jamón serrano, mientras prosigue con la historia de su amor por Maracaibo. Sonríe y gesticula con sus manos el tamaño de los barcos a los que se subió, donde las fiestas, el baile y la música navegaban por las noches en el Lago.

“Eso era una belleza, los barcos eran viejos pero uno se sentía feliz ahí viendo las lanchas y las cosas”, hace una pausa y se acomoda en su asiento. Recuerda la empresa la Naveca, como que creaba las lanchas más rápidas de Maracaibo, cruzaban en 20 minutos desde la capital zuliana hasta Cabimas.

Tras sus recurrentes reuniones a las orillas del lago, "Paco" compró un palafito en Santa Rosa de Agua y lo reformó. Mandó a construir lanchas con asientos para pasajeros. Pensaba ofrecer un servicio exclusivo para que la gente se trasladara hasta el lugar en las lanchas con su embarcadero, pero su idea de un negocio lacustre se derrumbó al ser negado el permiso por la Guardia Nacional, por considerar la zona como resguardada por el Ejército venezolano.

Pese a que sus planes de negocio a las orillas del Lago no tuvieron frutos, "Paco" no se rindió. Él quería trabajar y emprender de igual forma y el camino de crear un bar-restaurante ya estaba tomando forma, luego de su experiencia durante ocho años como bartender en el Hotel del Lago.

Sirvió a los presidentes de la época, como a Marcos Pérez Jiménez, Romúlo Betancourt y Jaime Lusinchi. “Hablé con todos, con Pérez Jiménez era más complicado se resguardaba mucho del entorno que tenia siempre estaba rodeado de guardias y policías. Y a Betancourt lo atendí justo cuando le quemaron las manos”.

Mi idea siempre ha sido ser independiente pero como estaba muy joven nunca pensé que sería tan exitoso, quería trabajar y producir para ver a dónde llegaba”, añade “Don Paco”, tras cincuenta años detrás del timón de Casa Paco.

En la mesa, un cliente de casi dos décadas fiel a Casa Paco comenta: “'Paco' todavía amanece atendiendo a la gente, son las 6:00 de la mañana y él no se acuesta. Siempre está pendiente de todo lo que pasa en su restaurante”.

Hoy, disfruta de su proyecto de vida mientras sirve y se sirve de él. Sin acento español, pero con Málaga en sus venas Paco se consagra como un zuliano y un marabino de corazón. Añora la dinámica en el centro de la ciudad, la calle Carabobo, El Saladillo y la actividad nocturna en la Plaza Bolívar a la que por años recurrió durante su juventud.

Un mesonero lo llama para confirmarle la visita de unos filipinos a su bar. "Paco" se levanta y me da la mano. Me dice que me sienta en casa, que enseguida vuelve. Por años, Casa Paco ha sido el centro de las reuniones emblemáticas de la entidad, donde el extranjero conoce un carácter distinto y el marabino encuentra su hogar.

"Paco" representa la lucha, la entrega y el incesante esfuerzo que todavía le brinda a Maracaibo. Se mantiene de pie y expectante por el porvenir. Al despedirme, me agradece la visita y me ofrece una familiar sonrisa. Me invita a volver, degustar una exquisita paella y seguir descubriendo las vivencias detrás de “Don Paco”.

 

Lea también
También te sugerimos
Comentarios
Cargando...