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TOPE DELIA PLAZA

Fenece el comercio en mercado Las Playitas

Son 55 mil metros cuadrados de historia. De un submundo que encierra anécdotas de triunfo, logros y derrotas. También de tragedia. Detrás de tantas santamarías no solo se esconden mercancías, también hay sueños y compromisos. Hay deudas. Hay desesperación. Hay crisis.

El centro comercial Las Playitas, ubicado entre la estación Libertador del Metro de Maracaibo y la cañada Morillo es uno de los lugares más concurridos, por propios y visitantes que desean comprar. Sus copropietarios son mayoristas y minoristas. Ellos abarcan 2.500 locales comerciales, sectorizados en 23 galpones.

Cuando se habla de tragedia entre la población de comerciantes se recuerda la explosión de 2006. Eran las 7:55 de la noche del 23 de diciembre cuando un galpón donde almacenaban fuegos artificiales explotó. Hubo ocho muertos. El 24 fue funesto en Maracaibo. No se escuchaba gaitas, como es costumbre. El luto se respiraba en el ambiente, mientras las cenizas todavía caían en los alrededores de la zona y una cuadrilla de bomberos luchaba para apagar el fuego.

Casi 10 años después de aquél acontecimiento se mantiene el recuerdo. El mal sabor.

En la actualidad la tragedia es otra. No hay vidas cobradas por un siniestro pero sí por el temor y el estrés. “Hemos sacado de aquí compañeros infartados.

Compañeros que fundaron esto conmigo”, dice Luz González, presidenta de la Asociación de Comerciantes Indígenas Bolivarianos del lugar. Ella tiene 64 años y 33 de ellos se los ha dedicado al comercio.

Luz es reconocida por todos. Basta con preguntar en una esquina para que te indiquen dónde está. Ella, en carne propia está viviendo la debacle de Las Playitas. Ha visto cómo cada santamaría baja. Siente el golpe como una patada en el estómago. Estima que el 80 % ha sido cerrado y en ese mismo porcentaje han bajado las ventas.

Ha sido artesana por años. Tiene una tienda de ventas de chinchorro, susu (bolsos wayuu), camisas bordadas y mantas. La materia prima para seguir produciendo no la consigue aquí en Venezuela. Debe viajar hasta Maicao y el precio es elevado cuando del cambio se trata.

“Mis compañeros se han tenido que ir. Ellos se van a cuidar sus tierras como lo he hecho yo”. Siembra yuca, auyama y frijoles. Tenía gallinas y pollos. De eso se mantiene un poco. “Resulta que eso tampoco lo puedo hacer porque no hay fertilizantes ni alimentos, hasta los animales se murieron”.

Cada pasillo es un universo de colores y objetos. Jugueterías, zapaterías, perfumerías, lencerías, tiendas de ropa para damas y caballeros, ventas de electrodomésticos. Todos dispuestos para llevar y los vendedores con ganas de hacer los suyo: vender, aunque a simple vista se ve cómo han perdido la acción vivaz de enganchar al comprador. El “pase, a la orden” y el “entren sin compromiso” no es como en otrora. Caras largas y adormiladas encima de los escritorios o las sillas es lo que se ve.

testimoniosversionfinalLos rostros deprimidos comentan. Muestran sus cuadernos de contabilidad y uno de ellos explica con un block a rayas en mano: “He llenado una página completa con seis meses de venta”. Esto para ellos es el fallecimiento de su único sustento.

Enrique Gómez tiene 22 años trabajando como comerciante. Desde hace tres semanas no vende ninguna de sus piezas y es menos optimistas que Luz. Para él las ventas han bajado en 90 %. Narra cómo las personas llegan, miran la mercancía y se van. “Dicen que la situación de país está grave y que prefi eren gastar en la comida”.

Durante años, sentado entre maniquíes y ropa de mujer, pudo obtener casa y carro. Pudo mantener a sus tres hijos y disfrutar de algunos lujos. Ahora el vehículo no existe. No tiene cómo mantenerlo y llega desde las urbanización Los Mangos, en el sector Los Olivos, hasta Las Playitas en carro por puesto. Ha pensado en cerrar. Está esperando diciembre. Quiere recuperar un poco el valor de la mercancía aunque las expectativas son pocas entre ellos. “Nunca en mi vida hubo una crisis tan grande como esta”.

Fenómeno

Luz fue “copeyana” y de familia “adeca”, también votó por el presidente Hugo Chávez. Lo dice con rabia aunque deja claro que no lo nombra por política si no porque resiente cómo los niños se la pasan merodeando entre los locales para pedir comida, como sus compañeros se han visto obligados a abandonar años de trabajo. “Es impresionante cómo en vez de vender nos llegan personas con vestidos usados para que les compremos y lo revendamos. Yo se los compro porque tampoco puedo quedarme sin nada en mi local”.

Douglas Sánchez es el encargado de una tienda de electrodomésticos. Él compra los televisores usados en 30 o 40 mil bolívares para repararlos y luego venderlos en otro precio. Habla del mismo fenómeno al que hace alusión Luz. Con sus 20 años en el mismo sitio también sitúa la baja en las ventas en 80 %. “La situación es grave. Hoy no he vendido nada”, eran las 12:30 del mediodía cuando hizo la indicación.

Sin créditos

Los que se han quedado buscan reinvertir y mantener el negocio surtido. Las puertas se les han cerrado, sobre todo a los minoristas. “No nos dan ningún tipo de crédito en los bancos. Eso se acabó”, comenta Enrique.

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