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El lucro a través de los cementerios

Maritza Luzardo recibe un mensaje de texto su primo Jorge: “Profanaron la tumba de Maíta y de tía”. Se refiere a la abuela de ambos y a la mamá de la mujer de 55 años. Al día siguiente acude al Cementerio Sagrado Corazón de Jesús. Tenía tres años sin hacerlo. El temor a los atracos la hizo desertar de las visitas dominicales al camposanto.

La maleza cubría mucha de las tumbas. Imágenes de yeso y cerámica, mutiladas por el tiempo lucen despedazadas entre el verdor del monte y el ocre de la tierra. No hay identificaciones. El que llega a la tumba de un familiar lo hace por costumbre u orientación de otros. Maritza había perdido el bloque donde está sepultada su madre. Con documento en mano pregunta por la parcela y un sepulturero le contesta.

—Yo creo que es esta, señala Maritza con el documento.

—Según esto queda más allá, responde el sepulturero.

Con facilidad el muchacho le indica. Maritza al fin logra llegar hasta la tumba y en efecto el osario está profanado. Unos huesos fueron sacados de la bolsa, algunos todavía quedaron desperdigados entre el polvo. La tumba de al lado está igual y el sepulturero no teme decir que él se presta para el mantenimiento y para tapar el hueco que dejaron.

—¿Cuánto me sale eso?, pregunta Maritza.

—25 mil bolívares. Porque tengo que buscar el cemento y los ladrillos, además eso tenemos que limpiarlo pa que quede machete, responde el muchacho.

Maritza asiente con la cabeza y le dice que lo haga mientras ella busca la otra parte del dinero que le falta porque no tiene todo en efectivo. Las tumbas vecinas también fueron violentadas, en esa misma parcela fueron unas 20. “Esto es un sacrilegio. No tienen perdón de Dios”, le comenta a un joven que la acompaña. 

El enterrador cuenta los billetes de 50 y 100 bolívares que tenía en el bolsillo izquierdo. Seca el sudor de su frente con el dorso de la mano derecha. Comenta que hizo cuatro trabajos esa mañana de abril, todos para tapar los osarios profanados. Trabaja hasta al mediodía y se lleva a su casa 100 mil bolívares. “Cuando los clientes son muy tacaños les cobro 20 mil”.

Él pre ere guardar su nombre. Cuenta que tiene 60 años y todavía lucha por la comida para su familia. Le parece que es honrado lo que hace y narra cómo después de las 4:00 de la tarde cuando el camposanto queda solo y el día se hace gris, entran “los brujos” a hacer de las suyas.

Peticiones demoníacas

Entre los lugares más intransitables del “Corazón de Jesús” las urnas removidas se miran entre sí. Adentro solo quedan algunas piezas del cadáver, menos el cráneo. Fueron colocados al frente de su mausoleo, una cinta negra o roja bordea la región frontal. Velas negras derretidas dejan los rastros de la magia negra o la nigromancia —práctica de adivinación que se hace a través de los muertos—.

Una persona que desee hacer un hechizo o brujería sabe que puede conseguirlo en el Mercado Las Pulgas. El olor a incienso y de baños aromáticos te lleva a locales donde se practica el esoterismo. Ahí se pueden encontrar santeros, tarotistas y quiromantes.

Es fácil preguntar y que te digan la dirección de algunos de los expertos en magia negra o magia blanca. Angélica es una de las más conocidas. En un cuarto pequeño atiende a sus clientes. No suelta el tabaco ni tampoco un vaso donde bebe un menjurje que dice que es moringa.

Es colombiana pero tiene 25 años en Venezuela. No le gusta la magia negra aunque conoce muy bien de ella. No se asombra cuando sabe que en varios cementerios de la ciudad los cráneos son expuestos como estatuas, incluso en el Cementerio El Cuadrado, donde reposan los restos de personalidades zulianas y fue oficializado como Patrimonio Histórico de la región en el 2003.

Los colores de las cintas colgados en el cráneo tienen un significado trascendental en el hechizo. “Un trabajo de esos puede costar entre 500 y 600 mil bolívares”. Señala que la cinta roja es para hacer trabajos entorno al amor, para separar parejas, mientras que la negra es usada para enfermar a una persona o matarla terrenalmente. Al costado de la estructura ósea, regularmente hay palomas desmembradas o apenas quedan restos de sus plumas.

La tierra de muerto también es material para practicar los embrujos. A Maritza, de solo pensar que los restos de su abuela fueron profanados para eso, se le erizan los vellos. Siente que en el país no hay seguridad ciudadana y menos para los deudos.

En las noches no duerme pensando en que desentierren a su mamá. Recuerda que desde tiempos de otrora existían estas acciones anticristianas, su abuela le contaba que a un tío le robaron el diente de oro un día después de su entierro.

 

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