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El fuego deja sin pasto verde al ganado perijanero

Allá vienen más vacas— advirtió Jesús Madrid.

Al ganado del señor Madrid lo arreaba un muchachito del caserío indígena Marewa, en la entrada de Los Ángeles del Tukuko. Mientras él le daba instrucciones a otro muchacho para que apagara el fuego que se “prendía” en el fundo La Esperanza, de su propiedad, otras trece vacas pasaban por la carretera.

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—Esas son de más abajo. Buscan qué comer. No hay pastizal, no hay maleza, nada.

El incendio que consume la vegetación, la fauna silvestre y la microfauna de 60 poblaciones de la Sierra de Perijá ha arrasado con seis mil 600 hectáreas, de acuerdo con fundaciones ambientalistas; el gobierno regional sostiene que son entre 150 y 200 hectáreas. Ocho mil barís y yukpas respiran humo y ceniza.

Una aproximación de la afectación la dan recientes imágenes satelitales: las áreas incendiadas “incluyen 80 por ciento de tierras ya anteriormente deforestadas y convertidas en pastizales, tierra agrícola o sin vegetación y 20 por ciento de tierras cubiertas por bosques primarios o en recuperación”.

Esto, en términos sencillos, se traduce en menos pasto para el ganado. Jesús Madrid tiene 86 vacas en La Esperanza. Esos animales le dan leche y queso, lácteos que le permiten sustentar a su familia. Hace un par de años vino de Colombia y se casó con una indígena de Marewa. Y ahí se quedó.

—Las eché a la vía, a ver qué encuentran. Yo pasé de largo tempranito y no vi fuego, pero me dijeron que aquí había candela— apunta Madrid.

Le dijeron que era gente de Marewa quienes habían “prendido” el cerro. Evelio Catave, cacique de la población, lo confirmó.

Los palos que delimitan su fundo se consumen lentamente. El humo salía por arriba, abajo y por los lados. Más adelante, en el sector Tizina, donde hay un puesto militar, también había vacas y becerros en la carretera.

Los animales se debilitan
Con los animales pasa lo mismo que con los seres humanos: si no comen se descompensan. Se autodigieren. El biólogo Miguel Pietrangelli explica que el cuerpo animal, tratando de sobrevivir sin comida, consume las proteínas y grasas acumuladas.

—Cuando no hay suficiente agua para regar el pasto, el productor debe agregar a la dieta un complemento alimenticio y vitaminas mezclados con maleza para que el animal no pierda su capacidad productiva. Porque una vaca débil no da leche—, afirma el especialista.

Eso lo sabe la familia Shemishe, del caserío Guaicaipuro. Teresa, su marido y sus hijos se despertaron gracias a sus vacas, que corrieron a la vivienda a raíz del fuego.

—Nos fueron como a avisar de la candela. Mi marido nos dijo ‘vamo’, vamo’’, que allá están los becerro’. Nosotro’ nos levantamo’ y empezamo’ a echar agua–.

Eso ocurrió el jueves 10 de marzo. Eran las 8:00 pm. Los Shemishe estuvieron hasta las 1:00 am apagando llamas. Teresa no pudo más, por eso fue al ambulatorio rural tipo II del Tukuko. Allí le administraron
medicamentos. Ahora no tiene cómo hacer queso. Los preparaba y los vendía para pagar los estudios de sus hijos.

—Ya esos animales no darán leche—, se lamenta.

En la Sierra de Perijá se perdieron sembradíos y se contaminaron riachuelos. Se carbonizó media hectárea de café, 16.500 plantas de topocho, 5 mil matas de quinchoncho, 49.500 de yuca y 4.500 de aguacate, aproximadamente.

Los incendios forestales destruyen todo. Dejan al ecosistema desprovisto. La fauna silvestre —la que puede— se retira. Las extensiones de tierra quemándose elevan las temperaturas a 600 grados. Ningún organismo vivo puede soportarlo.

Icoshi, indígena de la comunidad de Kunana quien perdió dos cafetales y un sembradío, reportó cuerpos muertos de picures, cachicamos, osos, venados, cochinos, báquiros (…).

—Todo eso lo mató la candela.

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