El diario plural del Zulia
TOPE DELIA PLAZA

El arraigo por el país puede más que la crisis

“Lo que pasa es que en nuestro país ya nos sentimos extranjeros”. Es la voz al teléfono de Elvimar Yamarthee, una joven de 20 años con aspiraciones sólidas de trabajar por Venezuela. Está en el sexto semestre de licenciatura en Letras y en el octavo de Comunicación Social. A ella no le gusta rendirse. Es lo único que no considera en sus proyectos.

Sabe inglés intermedio, lengua de señas y desde sus 19 años es profesora del Centro Comunitario de Aprendizaje “La Chinita”, adscrito a Fe y Alegría. Cada mañana recorre la Universidad del Zulia para aumentar sus competencias teóricas en Letras. En sus ideales está afanarse, trabajar, leer, escribir. También renace a cada momento en los salones la Universidad Católica “Cecilio Acosta” para culminar la tesis y dos materias más en periodismo. Trabajar, leer, escribir.

“No me quiero ir. Yo como muchos jóvenes tengo ideas bien estructuradas que pueden cambiar el país, pero el cambio debe nacer de nosotros”, prosigue. Su elocuencia da cuenta de la preparación, de los libros que ha leído, de su empeño.

Caminan con sus morrales. Algunos en la espalda, otros los usan de medio lado. Los audífonos son una constante. En los pasillos esperan su hora para entrar a clases. Conversan, caminan, leen, estudian y se unen en un solo murmullo.

-¿Ustedes se irían del país?- pregunta una estudiante de Derecho que llega intempestivamente ante dos de sus compañeros de carrera.

-Casualmente estábamos hablando de eso. Yo sí me quiero ir, él no- responde el caballero de suéter azul y pantalón beige, de unos 25 años. Señala también a su compañero que aparenta ser mayor. –Yo no quiero, estoy solvente económicamente-, responde el acompañante.

A unos metros de ellos, casi al final del bloque de Derecho, de la Universidad Rafael Belloso Chacín está Julia Rodríguez, estudiante del segundo trimestre de Relaciones Industriales. Ella se niega a ser una más de los dos millones de personas que emigró en los últimos 17 años, cifra que aparece en el libro La voz de la diáspora venezolana, escrito por el sociólogo Tomás Páez Bravo.

Sus ojos son redondos y grandes. Tienen un brillo especial que es natural. Comerse el mundo es su prioridad. Mientras ella daba pasos entraba a primaria, estudiaba ecuaciones al inicio de secundaria y culminaba el bachillerato, uno a uno de los que se fueron pisaba la obra de Cruz Diez en Maiquetía, tránsito del éxodo del aeropuerto más importante del país. Uno a uno arrastraba el desarraigo. Uno a uno se llevaba su historia para recomenzarla en otro país.

Sus 17 años no le quitan a Julia la motivación de seguir. No actúa por el otro. Ha viajado. Conoce diversas culturas. “Por eso me quedo en Venezuela”, sonríe. Ella profesa el respeto como la solución para que la nación sea otra. Días atrás se encontraba con su familia en medio de un colapso de tráfico, común en Maracaibo. Fue a la altura de la sede del Consejo Nacional Electoral, ubicado en La Barraca. Los pitazos eran ensordecedores, pero la muchacha dirigió la mirada a las personas que gritaban improperios a los funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana. “Tenemos que respetarnos como venezolanos, las individualidades nos están matando”, eso es lo que quiere dejarle como ejemplo a su hermano de 13 años.

Habla de emprender, de crear y ser la mejor en el campo laboral cuando culmine el pregrado. “Me veo exitosa, si uno lo sueña, es posible”. Tiene familiares en Estados Unidos, en Italia. Habla inglés y cuenta con recursos económicos suficientes para irse y aquí se queda.

¿De segunda?

La autoestima se vence ante la decisión. Reconocerse como un ciudadano de segunda podría ser uno de los aspectos por los cuales los jóvenes frenan sus aspiraciones en el extranjero. Así lo dice la psicóloga conductista, Duilia Andrade.

“No es fácil abandonar el sitio donde tú eres un ciudadano de primera, aunque no tengas el beneficio o no tengas las oportunidades de salir adelante. Estudiar para una cosa, pero ejercer otras. Te subpagan o te subemplean, aún cuando hayas estudiado muchísimo, es determinante”, sostiene.

Andrade no ve a los que se fueron o van como esa imagen grotesca en la que un grupo de roedores abandona un barco en pleno naufragio. Los califica como personas que buscan caminar por las calles y sobrevivir en ambiente con menor riesgo. “Te quedas porque crees en ti, porque la esperanza es lo último que se pierde y porque tienes todavía la oportunidad, de ver oportunidades en momentos de crisis”.

La psicóloga nombra tres factores principales en el arraigo. La primera razón tiene que ver con una especie de voz interior que se levanta. “Soy capaz de luchar por mi país, tengo las herramientas, soy la generación de relevo”, sustenta Carlos Luis Chacín, contador público, de 22 años, quien se niega a pasar fronteras, aunque acepta que su convicción de quedarse se ve fracturada cuando líderes políticos se dedican a despotricar emociones y no a hablar de la realidad del país ante el mundo.

“No quiero pasar trabajo en el extranjero, para eso me quedo aquí”, es el segundo factor que agrega la psicólogica, mientras que apunta a la tercera: aquella donde pierdes tu derecho como ciudadano.

La profesora universitaria y socióloga, Catalina Labarca, explica que los jóvenes que se quedan están muy arraigados a la casa, los negocios, la cultura y sus espacios. Piensa que aquellos que son deportistas, gaiteros o cultores son más apegados porque están acostumbrados a representar a la nación.

Para Chile, Estados Unidos o Argentina podría irse Elvimar. Tiene oportunidades de continuar con un posgrado en Letras en México, pero su decisión es continuar trabajando para comprarse el uniforme que usará en sus primeras clases. Fue contratada para impartir 20 horas académicas en el Colegio Bellavista.

Dictar charlas motivacionales es el sueño de Julia. En cinco años se ve como una exitosa gerente de Recursos Humanos. Lo quiere lograr aquí en Maracaibo. Manejar la inteligencia emocional es el consejo que aporta.

Carlos Luis podría irse a Lexington, Kentucky, con dos de sus primos que se fueron en 2015 y aún sigue aquí, detrás de un escritorio, ganando experiencia en la concretera donde labora desde hace unos tres años. Continúan aquí y no se irán. El arraigo puede más.

 

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