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TOPE AMERICARGO

Ecocidio en La Vereda de concreto

Mario y sus tres amigos frecuentan La Vereda del Lago de Maracaibo cuatro mañanas a la semana. Ese grupo de treintañeros acude con puntualidad inglesa, vistiendo shorts deportivos y franelillas dry-fit. A las 8:16 de la mañana de ese lunes de enero, el sol enceguece, pero la brisa fresca consuela el cansancio y espanta el sudor. Conversan de tópicos varios: se quejan de lo cara que está la vida; ríen de alguna tremendura discursiva de Henry Ramos Allup; intercambian elogios a la belleza de alguna mujer conocida. Así hacen más llevaderos la caminata y el trote durante tres cuartos de hora a orillas del estuario zuliano.

—“Mirá, ¿ya probaste los camarones de Mauricio?”, pregunta el joven.
— “No, mijo. ¿Son buenos?”—le contesta uno de sus colegas atletas.
—“¡Muchaaacho! Son buenísimos”.

Dejan a sus espaldas un escenario natural de lujo. Agua resplandeciente, un vivero natural de cujíes y todo tipo de árboles que se extiende por kilómetros, el puente sobre el Lago, una bruma que esconde a lo lejos las tierras de la Costa Oriental, aves de diversas especies que trinan y revolotean.

Predominan el silencio, la tranquilidad y hasta la seguridad —una sede de Polimaracaibo está enclavada en la entrada del parque. Hay un parque de agua, una pista de karting, un patinódromo, canchas de fútbol, softball, vías de bicicletas, un spa privado. Probablemente no haya lugar más idóneo en que ese para comulgar con el fitness y la naturaleza. Es la verdadera Meca del ejercicio al aire libre en Maracaibo. Cada día y a distintas horas, peregrinan allí centenares de hombres, mujeres, niños y ancianos ávidos de romper sus rutinas.

La llamada segunda etapa de La Vereda inicia justo donde Mario hace su recomendación culinaria, en la retaguardia de la sede policial. Un par de puentes de concreto y madera son la única comunicación pedestre con esa nueva sección de 1,4 kilómetros de radio. Es una ampliación del parque metropolitano cuya construcción y adecuación inició la Gobernación del estado hace un par de años.

Al sortear sobre un canal de agua verdosa y nacimientos de vegetación, se abre una explanada de arena y caminerías, iluminadas en los márgenes del Lago con postes de luz que operan con paneles solares —cada uno durará 15 años y costó 375 mil bolívares, según datos del Instituto Autónomo Regional de Ambiente.
En breve inaugurarán ahí una pista de patinaje. Hay una vía amplísima de asfalto para bicicletas y otra para los caminantes que rodean esa zona. No hay tanta gente como en la etapa original. Tampoco tanto verde. Imperan, más bien, la arena y el cemento. Esos dominios son el corazón de una alerta ambientalista de tamaño capital.

La denuncia
A inicios de 2014, voceros de organizaciones defensoras del ambiente utilizaron el peor vocablo en su glosario para advertir sobre lo que allí ocurrió de la mano del gobierno regional: “ecocidio”. Es el neologismo que hace referencia a una destrucción ambiental de magnitud. Es la etiqueta más alarmante para los amantes de la naturaleza. Se atrevieron a nombrar el cuchillo en la residencia veraniega del verdugo.

Integrantes de la ONG Azul Ambientalista denunciaron la deforestación de entre 200 y 300 metros de manglares debido a la acometida de trabajos de construcción sin el respectivo estudio de impacto ambiental.

Gustavo Carrasquel, un hombre de cuarenta y tantos años, de complexión menuda y verbo acelerado, es uno de sus directivos más activos. Es de armas tomar. De abono tomar, de hecho. Aparece en la prensa cada tanto con sus manos embarradas de arena por haber sembrado semillas de cují o flamboyán en los cuatro rincones del estado.

Él lamenta “la falta de respeto ambiental” que hubo en la segunda etapa de La Vereda. Asegura que las violaciones a las normas de construcción de ecoparques aún persisten, pese a la buena voluntad expresada por las autoridades en reuniones de lobby.

Carrasquel opina que el Zulia está de espaldas a la realidad forestal de Maracaibo. Valora que las campañas de arborización en La Vereda han sido “efectistas” y no han tenido la continuidad debida. “Se han sacado árboles para crear esas pistas de carrera. Se notó el desconocimiento en material forestal. No tuvieron la asesoría técnica adecuada”.

Rafael Peñaloza Montilla, director de Relaciones Institucionales de la fundación, explica la gravedad de eliminar los manglares de las costas del Lago con una fórmula simple: por cada metro deforestado de manglar disminuye la capacidad de respuesta que tiene la ciudad ante desastres naturales, tormentas eléctricas y vaguadas. “El manglar es un colchón o una barrera ante las trombas marinas que tienden a generarse en el Lago. Frenan la embestida de esos desastres naturales. Los humedales de manglares además absorben mucha agua en época de lluvia y la decantan luego en tiempos de sequía”.

Protección natural
Esos manglares servían además de hábitat de moluscos, como cangrejos. Era una zona donde especies marinas desovaban sus huevos o crías, aprovechando las raíces como protección ante depredadores. Peñaloza Montilla lamentó que la primera acción de la gobernación, al momento de iniciar la segunda etapa, haya sido remover completamente la capa vegetal. A su juicio, se debió conservar la mayoría de los elementos naturales del lugar.

Carla Urbina, arquitecta y diseñadora del plan de rehabilitación del Jardín Botánico de Maracaibo, proyectó tristeza por el arrase de los bosques de cujíes, uvas de playa y manglares. “Dieron cabida a nuevas plantas que tardarán nuevamente 30 años en crecer”, declaró a la revista Entre Socios en 2014, en una época donde el proyecto de expansión apenas daba sus primeros pasos.

El grupo ecológico La Tala Silenciosa, impulsado en las redes sociales por la fotógrafa Gipsy Rangel Salas, se sumó a la condena. “Esos mangles eran el hábitat de boas, machorreras, mochuelos, lechuzas, alcaravanes, caimanes y pare usted de contar, sin tomar en cuenta que el mangle era percha de garzas, cormoranes, gaviotas, pelícanos, fragatas y demás aves marinas”, escribió en sus publicaciones en Facebook.

Ambas propusieron una fórmula infalible para recuperar el pulmón vegetal de la polémica etapa: respeto al ecosistema preexistente, plan de paisajismo, proyecto de gestión y personal adiestrado en las labores conservacionistas.

El mismo Gobierno nacional reivindicó la presencia de manglares en las orillas del Lago de Maracaibo, pocos meses luego de aquel clamor en pro del ecosistema. Una lógica que se antojó tarde. Miguel Rodríguez, ministro de Ambiente de entonces, escribió en febrero de 2015 en su cuenta de Twitter: “Si este bosque llegase a desaparecer tendría un impacto ambiental importante en el estado Zulia. Los mangles negro y rojo cumplen la función de extraer las fuertes cargas de sal y luego las desechan por sus hojas”.

Daño pasado
Voceros del Poder Ejecutivo regional habrían admitido, en conversación con los ambientalistas, la escasa asesoría que tuvieron en esa materia.

Fuentes cercanas al despacho del gobernador Francisco Arias Cárdenas explicaron que la obra estuvo a cargo en primera instancia de la Secretaría de Infraestructura y que, luego de aquella mala praxis en contra de la naturaleza, se decidió que el Instituto Autónomo Regional de Ambiente asumiera la finalización de la construcción y la concreción de la tercera etapa —ya en marcha-.

En esa incipiente área habrá espacios de hidratación, más caminerías, un cafetín y hasta un hotel construido con capitales públicos y privados.

Hoy se toman en cuenta todas las recomendaciones de especialistas para preservar el ecosistema, según garantiza el presidente de la institución desde noviembre pasado y exlegislador del PSUV, Henry Ramírez. Incluso han protegido una zona donde existen nidos de búhos, buchuelos.

El daño ambiental en la nueva etapa de La Vereda, no obstante, es una verdad construida sobre una capa vegetal que ya no está. La bandera de alerta se agitó cuando los competidores habían cruzado la meta y se tomaban fotos para la prensa. El mal está hecho, como se dice en estas tierras cuando las reflexiones llegan a destiempo.

La máxima recomendación de los expertos es la siembra planificada de cujíes, cocoteros, guayacanes, dividivis, uvas de playa y otros árboles “nobles” para repoblar la zona.

Pero eso tomará su tiempo. Quizá 10, 15, 30 años. En ese entonces probablemente Mario y sus amigos llevarán a hijos y nietos a jugar, a divertirse. Tendrán algunos kilos de más, recordarán las pasadas travesuras de Ramos Allup, la belleza de una vieja amiga y los exquisitos camarones de Mauricio. Quizá a esas alturas el rostro nuevo de La Vereda del Lago no será más un imperio de concreto.

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