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Aprenden entre salones rústicos y arena

La arena se impregna en sus uniformes, morrales y cuadernos. Se cuela entre las ventanas de una estructura incompleta, donde almas entregadas a la docencia reciben diariamente a 410 jóvenes ávidos de conocimientos.

Dicen que nuestra escuela es un nido de drogadictos y malandros, pero eso solo lo sabemos quienes estamos aquí, esforzándonos por aprender”, cuenta Enmanuel Vázquez, de tan solo 13 años, mientras mata el tiempo del recreo bajo el inclemente sol.

Su sueño es ver a la Escuela Básica Nacional Dr. Francisco Venanzi, su colegio, con espacios donde él y sus compañeros puedan disfrutar al máximo de los procesos educativos.

Mientras tanto, sin pupitres, entre paredes a media construcción, sin servicio de electricidad ni agua, suelos rústicos, sin ventilación y sin más techos que los de los 11 salones, desde hace 13 años, el Venanzi, opera en lo que solía ser un galpón de FundaInfra, cuenta Maritza Semprún, directora del plantel, ubicado en la urbanización Villa Baralt.

A pesar de estar registrado como escuela básica, a través del código de otra institución del sector, el Venanzi solo dispone de 7mo, 8vo y 9no año de bachillerato. Según explica la directora, esto se hizo para poder iniciar clases mientras se levantaba la infraestructura y el Ministerio de Educación otorgaba un código propio.

“Esta iniciativa nació de la necesidad de la comunidad de tener un liceo, porque los más cercanos están en La Concepción y era cuesta arriba para los muchachos llegar”, relata la docente.

No desmayan

“Con estas condiciones, es para que la asistencia estuviera por el suelo, pero ocurre todo lo contrario, los chicos están motivados a seguir viniendo y realmente hay alumnos con capacidades intelectuales enormes, con habilidades que destacan y que se adaptan más allá de las carencias”, relata Zoraida Silva, docente en el área de Memoria, Territorio y Ciudadanía. Además recordó que en ocasiones el ánimo de los jóvenes los llevó a recibir clases parados, debajo de un árbol.

La motivación de los 19 docentes que imparten clases en el plantel es insuperable. La creatividad y la planificación es su arma contra la desidia y la carencia de una infraestructura acorde al desarrollo educativo.

“La comodidad de los estudiantes es clave para su aprendizaje y aquí no tenemos ni siquiera asientos decentes. Este año pedimos a los padres que trajeran sillas de la casa para poder dar clases”, con esa Lisbeth Pire, docente de Dibujo Técnico.

En medio del patio de tierra Enmanuel y sus compañeros esperan regresar al salón, oscuro, caluroso y colmado de polvo. Mientras tanto, le compran pasteles a una vendedora ambulante, porque tampoco tienen cantina.

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