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120 personas de la comunidad indígena Japreria se surten del bebedero de las vacas

Lo que te dijeron allá arriba es verdad, todo—. Esa es la sentencia de Douglas Romero, excacique de la comunidad de japreria, en Rosario de Perijá.

En el lodazal que rodea al pozo del poblado indígena hay agua, vacas y niños, muchos niños. Una bomba hace el esfuerzo mecánico de halar agua cada día para 120 personas. Pertenece al padrastro de Virginia Enríquez.

—Da tristeza hablar de la sed de allá. Beben agua de los animales— reconoce Romero.

Virginia tiene una ponchera puesta en el lodo. Rebosa de ropa. Tres de sus hijos corretean por un río seco, del que nace de todo menos agua. Hay ramas, piedras y barro.

Virginia no puede encender la bomba. Hala, hala y nada. Pide a un paisano, Asprino Romero, que la ayude. El señor, de más de 60 años, lo logra. Hay un bebedero de concreto. Mitad de las vacas, mitad de los japrerias. La medida la marca un estambre de alambre de púas.

Virginia sonríe cuando escucha el sonido de la bomba. De alguna manera las vacas también porque se sitúan frente a los niños y a las primas adolescentes que acompañan a la muchacha. Viene el agua. Apenas cae el chorro sobre el bebedero, japrerias y animales se inclinan para saciar su sed. Todos beben del mismo lugar.

Poblado abandonado

Los japrerias toman agua del pozo para suplir su necesidad. El antropólogo Mauro Carrero afirma que lo paradójico del asunto es que ellos se ubican a un costado del espejo de agua de El Diluvio. Ese era su lugar ancestral.

Los desplazaron hace 25 años para construir la represa por donde convergen tres ríos en los límites de Jesús Enrique Lossada y Rosario de Perijá. Carrero refiere que el Estado compró una hacienda y los reubicó allí. Así nació el asentamiento rural.

Para entrar a territorio japreria se debe pasar la hacienda El Totumo y subir un camino de cemento que la vegetación amenaza con quebrar. La carretera continúa así hasta avistar las primeras casas, una cancha deportiva, la escuela y el ambulatorio.

Hay dos camiones cisterna parados por repuestos, parados y vacíos. —Hay niños muertos por agua sucia (…) Orina de vaca…— es lo primero que dice Benericia Romero, esposa de Asprino Romero.

Es muy probable que las vacas orinen donde toman agua. Es muy probable que también defequen. Tal vez Virginia Enríquez no lo sepa. O si lo sabe, su necesidad es muy grande como para no bañar a su hijo de tres meses allí ni para que su pequeña Cristal, de un año y nueve meses, tome agua mientras al otro lado hay dos vacas metiendo las lenguas en lo más hondo del bebedero.

—Yo espero que ellas beban primero— reconoce la joven.

María Valladares, presidenta del Colegio de Bioanalistas del Zulia está clara en los riesgos de consumir agua no tratada industrialmente y contaminada por bacterias de animales: enfermedades estomacales y diarreas, vómitos y deshidratación que terminan en muertes.

Extraoficialmente, producto de esas infecciones en el estómago han muerto los tres infantes.

—Nomás sabía de dos, pero sí allá arriba te dijeron que tres, son tres— comenta Douglas Romero.

El agua que proviene de pozos no es apta para el consumo humano. Es salada. Puede usarse para lavar la ropa o para el riego. Es posible contaminarse de brucelosis si un humano la bebe, según Valladares. Es una enfermedad infecciosa del ganado caprino, vacuno y porcino que se transmite al hombre por la ingestión de sus productos.

La brucelosis solo debe tratarse con penicilina. Y no se halla con facilidad.

Los hijos de Virgina son recurrentes en fiebres, vómitos y diarreas. Cuando eso pasa, baja a la Villa en moto, va al dispensario y trata de seguir los pasos medicados. Complementa la medicina occidental con métodos ancestrales.

-Agarro maticas de la montaña que son medicina y se las doy— dice.

No todo mundo en el poblado tiene para pagar un pasaje en moto. Cuesta entre tres y cuatro mil bolívares.

Etnia aparte

Los japrerias son distintos a los yukpas. La generalidad los confunde. Mauro Carrero explica que aunque su filiación lingüística sea Caribe, se diferencian en su manera de concebir el mundo.

Creen que su deidad los creó de la caña brava, no del árbol, como los yukpas.

Las familias son pocas. Esta es la comunidad indígena más pequeña del Zulia. Por cada grupo, hay entre tres y cuatro niños.

Jonás es hijo de Virginia. Descansa sobre su hermanita mientras la bomba hala agua. Una vez que se llena el pozo, su madre lo baña.

En su cabeza hay erupciones. En el ambulatorio no hay alguien que lo atienda. Nunca hay. Una serpiente picó a Adelina Rincón Romero hace un mes. No puso atenderse en el ambulatorio porque permanece cerrado. Douglas Romero manifiesta que ningún doctor ha querido internarse entre montañas. Deben comunicarse con ellos con anticipación si necesitan atención médica.

—Iba por el caño buscando becerros, los míos. Caminé y caminé y pasé río sucio y sentí corrientazo— narra.

Pensó que eran las espinas de una mata de mora, pero no. Debió viajar hasta la Villa.

Benericia Romero ya no recuerda desde cuándo no tienen agua ni atención médica.

—Uffffff, como ocho años o más, ya ni sé—.

 

 

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