Maracaibo, Venezuela -

Soy Ciudadano

Los discípulos de la vocación

El profesionalismo es un valor que se gana día a día y su contribución a la sociedad es enorme

viernes 01/06/2018
9:22 AM
  • Héctor Daniel Brito

  • @versionfinal

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El profesor del área de Orientación de la Universidad del Zulia (LUZ), Gabriel Villa, expresó en la gestación de la campaña #SoyCiudadano, de Versión Final, que “los valores son vivenciales y no deben estar sujetos solo a la teoría”. En el caso del profesionalismo no es indiferente, el ejemplo siempre prevalece sobre lo que se dice; se es profesional o no.

Desde la teoría, el profesionalismo trata sobre una persona que se ha formado académicamente para realizar una ocupación específica, y el Diccionario de la Real Academia Española remata este concepto diciendo: “Cultivo o utilización de ciertas disciplinas, artes o deportes, como medio de lucro”.

En contraste, los reacios a las definiciones teóricas “absolutas” no vinculan este valor con un título universitario, no obstante, es un gran paso. Un dicho popular asegura, en consonancia con esta posición, que “egresados hay muchos, pero profesionales poco”, por ende, las competencias de una persona deben estar entrelazadas con la disposición de trabajar por el oficio que escogió.

De una población de 1,6 millones de personas de entre 18 y 24 años de edad que asiste a algún plantel universitario, 416.000, de acuerdo con los resultados del apartado de Educación de la Encuesta de Condiciones de Vida 2017, realizados por la Universidad Central de Venezuela, la UCAB y la Universidad Simón Bolívar, hace cuatro meses.

Chamos sobre la cresta

En un panorama poco alentador para la población venezolana que emigra de forma ascendente y vertiginosa, según aseguran los últimos informes de Tendencias Migratorias Nacionales en América del Sur, publicados por la Oficina Internacional de Migraciones (adscrita a la Organización de las Naciones Unidas), cursar una carrera universitaria es un reto cada vez más grande.

Ser profesional es una disyuntiva que los jóvenes en el país estudian —valga la palabra— con detenimiento. Un trabajo o un nuevo país son unas de las razones para esquivar la crisis económica, que hoy deja muchos pupitres vacíos en las casas de estudios superiores.

En Los Haticos se encuentra la segunda casa de Alejandro Quintero, estudiante de Trabajo Social y Medicina en LUZ. Allí se queda ocasionalmente para poder estar más cerca de sus dos carreras. Para él, “manipular” el tiempo es una proeza que no le molesta, pese a que le toca subirse en las improvisadas chirrincheras, saltarse la hora de almuerzo y pagar el valor de los pasajes y materiales de estudio que se cotizan con la inflación.

La motivación, el conocimiento y las emociones son tres cosas que deben estar presentes para tener un modo de vida distinto y verla desde diferentes ópticas”, afirma el joven de 21 años de edad. Quintero está en el octavo semestre de Trabajo Social y cursa el primer año de Medicina.

Pese a los comentarios abrumadores de amigos, compañeros y de extraños en la calle, quienes desdeñan la decisión de cursar una carrera en estos meses, agradece el apoyo de su familia por ayudarlo a cumplir sus sueños que empiezan desde muy temprano, pues los trabaja con esmero. Su finalidad es usar dos birretes en los próximos cinco años para servir éticamente y con un espíritu de compromiso hacia el prójimo.

De efectivo, chirrincheras y largos caminos en carretera sabe Karolina Núñez, estudiante del octavo (y último semestre) de Comunicación Social, mención Desarrollo Social en la Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA). Su hogar está en La Concepción, mientras que su trabajo como gestora de redes y su casa de estudio se encuentra en Maracaibo. Todos los días, muy temprano, busca un bus o cualquier vehículo que la ayude a transportarse hasta la capital zuliana, aunque asegura que lo primero que persigue son sus sueños.

“Cuando esto pase, mi carrera me va a quedar. Y esté donde esté, me sentiré orgullosa de mi esfuerzo”, justifica así su largo itinerario y también agrega: “Estoy en la recta final, así que no me imagino lo difícil que puede ser para quienes hoy apenas están empezando”. El profesionalismo, desde su punto de vista, va de acuerdo con la educación de cada persona y la vocación que tengan con su carrera; entrelazados con la ética y las ganas de desarrollarse cada vez más en sus ramas. Para Núñez, ser profesional es una cuestión de aptitud y actitud.

En la Escuela de Trabajo Social de LUZ no hay biblioteca, pero Ignacio Iguarán, estudiante de la carrera homónima de la escuela de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, creó una librería itinerante para que nadie se quedara sin la oportunidad de leer y aprobar una materia. Así es de decidido el joven de apenas 21 años, quien reside en La Concepción, municipio Jesús Enrique Lossada.

Se levanta a las 4:30 de la mañana para andar en varias unidades de la ciudad y, cuando funcionan, la ruta universitaria le facilita la ida.

No es estudiar por estudiar, recalca. Iguarán se siente comprometido con la carrera que escogió y su promedio puede probar tal aseveración.

Pertenecer a movimientos ecológicos o estar inmerso en estudios de investigación social lo estimulan para no desfallecer en el camino hacia el birrete.

“Uno flaquea, pero hago lo que es más conveniente para mí. La vida lo pone a uno donde le toca”, así se ve el universitario, quien desea desligarse de las características del pensamiento alienante (teoría de Marx), que representa al sujeto como una mercancía; como dice Iguarán, en un robot.

“Yo vendo dulces, estudio, no paro. He rechazado algunos trabajos para no atrasarme en mi carrera; quiero hacerlo bien (…) Una vez, una profesora me dijo: ‘Hay dos tipos de profesionales, los conferencistas y los que reparten el café’. ¿Usted quién quiere ser?”, recuerda la anécdota y cierra: “Mientras pueda, lucharé por ser el primero”.

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