Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Un pirata en el espacio

Se escuchó hace mucho tiempo que Esopo fabulista de la Antigua Grecia conversaba plácidamente con una zorra durante una tarde. Una copa de cerámica griega, del año 470 a. C., lo confirma. En la literatura infantil, soñar es la moraleja más importante

lunes 09/07/2018
3:37 PM
  • Héctor Daniel Brito

  • @betonchobrito

  • Josephlyn López (Ilustración)

Había una vez, cuando nacieron los primeros garabatos, que más tarde se convirtieron en letras, la imaginación atravesaba sin temor aquello que parecía imposible, infantil, poco importante, subestimado. Más tarde, los humanos aprendieron a escribir y, con ello, expresarse fue fundamental para estar motivados en repasar los abecedarios del mundo. Las flores con caras sonrientes, los sapos que se convertían en príncipes y el catire que vivía en el asterioide B-612 vinieron después; había nacido una forma de contar historias sin prejuicio alguno, en el que la razón estaba por encima de una lógica pretendida por muchos.

Cosa de niños

Las palabras salpicadas de tinta infantil —creadora de nuestros tíos Tigre y Conejo, de la niña con la capa roja, del apostador que intentó darle la vuelta al mundo en pocos días y del tierno Panchito Mandefuá—brotaron de escritores como Antonio Arráiz, Mercedes Franco, Antoine de Saint-Exupéry, Pedro Emilio Coll, Michael Ende, Orlando Araujo, C. S. Lewis, José Rafael Pocaterra, Jacob Grimm, Wilhelm Grimm, Laura Antillano, Hans Christian Andersen, Lewis Carroll, Selma Lagerlöf y Gianni Rodari. Pese a ser una lista condensada, nos da la luz de que aún quedan nuevos mundos, universos y galaxias por viajar.

El último nombre de la lista, Gianni Rodari—escritor, pedagogo y periodista italiano—escribió en un ensayo, publicado en la revista Perspectiva Escolar, que los libros pueden definirse como «un juguete», que «no significa en absoluto faltarle el respeto, sino sacarlo de la biblioteca para lanzarlo en medio de la vida, para que sea un objeto de vida», pues no tienen límites, además, su simbología es tan poderosa y adecuada con aquel pequeño lleno de curiosidad, que necesita jugar con su imaginación.

Rodari creía en los gatos que hacen negocios y en que los libros gestados sin imaginación no resisten el trascurrir del tiempo, a las transformaciones sociales ni a las conquistas continuas de la pedagogía y la psicología infantil. Los libros nacidos de la imaginación y para la imaginación, en cambio, se quedan para convertirse en clásicos. El niño-que-juega encuentra la morocota en la isla del tesoro, «se encarama al estante del adulto y le roba las obras maestras de la imaginación, a las que en cierta manera consigue adecuar a sus propias exigencias: el Quijote, Robinson Crusoe, Gulliver, Orlando el Furioso».

Eso, se «encarama» en la vitrina de las «cosas protegidas» por los papás para abrir aquello que tanto anhela… y juega.

Asunto de «grandes»

Asimismo, en un artículo extraído de El Correo de la Unesco (1982), Michel Tournier, escritor francés, consideró que la literatura infantil es aquella que también pueden leer los niños. Su posición en relación con el concepto de «literatura infantil» fue opuesta y firme: estaba convencido de que existían empresas que la monopolizaban, la convertían en mercado, y hasta le recriminó al mismísimo Shakespeare de no poder hacer con su genialidad algo entendible para los infantes. «Este concepto de ‘incluso los niños’ ha llegado a tener para mí una importancia capital y diría que hasta tiránica. Se trata de un ideal literario al que aspiro sin lograr —salvo una excepción— alcanzarlo».

Para la autora de la investigación La formación del lector literario, Teresa Colomer, «en los libros infantiles, más que en la mayoría de textos sociales, se refleja cómo desea ser vista una sociedad y puede observarse qué modelos culturales dirigen los adultos a las nuevas generaciones y qué itinerario de aprendizaje literario se presupone que realizan los lectores desde que nacen hasta su adolescencia».

Así pues, Tournier cierra su conjetura sustentándose en la opinión de Michel de Montaigne —filósofo, escritor, humanista y moralista francés— cuando expresó que «enseñar a un niño no es llenar un vacío sino encender un fuego». Proclamó: «Creo que no se podría pedir más. En cuanto a mí, lo que he ganado es cierta llama que veo a veces brillar en los ojos de mis jóvenes lectores, la presencia de una fuente viva de luz y de calor que se instala de ahora en adelante en un niño». Cada libro infantil es un cofre que espera con ansias ser abierto; es el infinito sin gravedad donde refulgirán las palabras más tornasoladas, las preguntas que ya nadie hace, las respuestas entonadas por criaturas mágicas y el reposo de nuestros anhelos más disímiles. Con la curiosidad del niño que fuimos, siempre debemos abrir un libro y correr con Platero, buscar la sinceridad con Pinocho, comer chocolate con Willy Wonka o simplemente ser un pirata en el espacio… Ser libres desde nacimiento.

 


 

El presente reportaje pertenece a la 42.a edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 22 de junio de 2018.

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