Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Un encantador del dulce inconsciente

Bajo el sello de Oscar Todtmann editores, el escritor Víctor Fuenmayor reivindica las remembranzas de una añorada infancia, abraza los frutos de la soledad y desnuda los ecos internos en su recién publicada antología poética «Beber de la sombra, Poesía reunida 1986-2017».

lunes 26/03/2018
4:06 PM
  • Mary Finol Martínez

  • @cruzdesaman

  • Iván Ocando

Una colección de cuadros de colores alegres y tallados de madera amueblan cada esquina del hogar del poeta maracucho Víctor Fuenmayor Ruíz, legado artístico de María de la Luz, «Malu» para los cercanos, aunque Víctor simplemente la llama «mamá». Retratos en su mayoría de mujeres evocan la indiscutible sensibilidad materna; misma sensibilidad heredada y ahora plasmada en cada uno de sus poemas.

A Víctor no le gustan las prisas, va a su tempo, plausible y elegante, cuida sus palabras y el movimiento corpóreo que las acompañan, aristas desarrolladas en su faceta de bailarín y que permanecen con él en los variados matices de su quehacer ecléctico. Por las mañanas prefiere el café colado acompañado por trocitos de lechosa, mango, guayaba o níspero, con yogurt, avena o miel según dicten los precios del mercado.

Fotografías, esculturas, tejidos internacionales imperan por doquier. Sus obras publicadas, libros de danza, música, Platón y hasta Carlos Cruz-Diez saludan gráciles al visitante. Variedad de lienzos de Francisco «Paco» Hung evidencian el lazo familiar que une a dos de los hermanos Hung con dos de sus hermanas. También destacan Alirio González y Francisco Bellorín, de quien lamenta la reciente despedida.

A la vista reposa un cuaderno de tapa negra y dura donde escribe de todo, pues aunque sí usa la computadora, es un fetichista del papel, sobre todo del papel de hilo, uno hace tiempo desaparecido. En sus versos destaca un voseo del siglo pasado; lo defiende y se apropia de él «Hay cierta manera del habla del maracucho que refleja una época de mi vida que es mi infancia».

Al rememorar, sus pequeños pozos negros visualizan los escenarios y los personajes en el aire para luego posar su mirada sobre el receptor, entonces logras constatar la veracidad de sus vivencias. Siempre escucha atento y no tolera atropellamientos del lenguaje ni la «invasión del espacio de expresión».

 

 

 

Enmarcado en ese ritmo apacible y con una voz entrañable, quien lo conociera de niño disentiría de reconocer al mismo personaje «sumamente inquieto que disfrutaba de tirarse del borde de una cerca, hacer volteretas y escalar árboles en las calles Delgado y Boconó del sector Valle Frío». Fue una pleuresía sufrida a los seis años el evento que marcaría un antes y un después, y sería una constante en los escritos del ahora abogado, profesor, escritor, semiólogo, coreógrafo y bailarín, crítico de arte, estudioso de la fotografía, eterno transeúnte del mundo, conferencista de arte, expresión y creatividad, Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras de la República Francesa, Doctor Honoris Causa de la Universidad del Zulia (LUZ), Maestro Honorario de la Universidad Experimental de las Artes (UNEARTE, Caracas), fundador de las instituciones Taller de Expresión Primitiva (TEP), Asociación Venezolana de Semiótica (AVS) y Fundación Instituto de Expresión y Creatividad (FIDEC).

Profundamente amado y protegido dentro de un núcleo familiar integrado por su madre y 11 hermanos, desde muy joven fue un gran lector cortesía de la Colección de Clásicos Jackson, compendio de libros literarios y de historia donde conoce a Edgar Allan Poe, las cartas de Simón Bolívar y a Don Quijote de la Mancha, un regalo invaluable de parte de sus «hermanos marinos». Más adelante se encantaría con las letras de Arthur Rimbaud, San Juan de la Cruz, Rafael Cadenas, Vicente Gerbasi, Ramón Palomares, Ana Enriqueta Terán, José Balza, Oswaldo Trejo y Adriano González León.

Una vez graduado de bachiller del representativo Liceo «Rafael María Baralt», acera formativa de otros ilustres de la región como el periodista Alonso Díaz y la profesora y escritora Norka Valladares, su «inquietud corpórea» que dio paso a una «motricidad creativa» le permite desempeñar la docencia desde los 18 años enseñando Literatura y Moral y Cívica en colegios de Maracaibo, al tiempo que estudia Abogacía y Letras en LUZ.

«No me gusta que se pase el tiempo así no más», asevera Víctor mientras cuenta sus travesías por el mundo, lo que explica la variedad de epítetos que lo describen: a los 23 años, sus altas calificaciones le valen una beca en la Escuela Práctica de Altos Estudios de París, donde fue orientado por académicos como Roland Barthes, Lucien Goldman, Pierre Francastel y Jacques Lacan (1963-1967). En tal contexto desconocido para un joven impresionable y abrazado por «una vida intelectual francesa de los maravillosos años 60», nacen sus primeros poemas en la antología 7 de 40 en 1964, rescate de los novatos trazos de su adolescencia cuando pertenecía al grupo literario 40º a la sombra.   Sobre el actor creador, afirma: «Al momento de escribir, las etiquetas de géneros sobran, y la narrativa se fusiona con la poética en un complot del dulce inconsciente negado a seguir acallándose el grito interno, fiero y sincero».

 

 

 

 

De regreso a la madre patria en el 67, funge como profesor en su Alma Mater en las escuelas de Letras, Comunicación Social y de Artes Escénicas, y en la Maestría de Filosofía. Tres años después, mientras era director de la Escuela de Letras y en medio de una época de estudiantes «tomistas», un dolor de espalda y una recomendación médica lo inician en la danza, también animado por su amiga la bailarina Marisol Ferrari, entonces directora de Danzaluz: «me veía como un director de escuela al lado de unas niñitas y algunos estudiantes universitarios; un año después me fui de año sabático a París y descubro lo que llamo “las grandes técnicas creativas” por medio del free dance song, que me hicieron bailar, cantar y librarme de estilos coreográficos muy fijados, me desprendí de una manera inmodesta; no es la escuela, no es la técnica, lo importante es lo que te sale de tu interioridad».

Ajeno a la preocupación de otras personas porque «la danza lo desviaría del aspecto académico», en este nuevo capítulo de su vida, así como la danzarina belleza íntima en sus narrativas poéticas, viaja a Indonesia y baila con un grupo javanés. Aprende de instructoras alemanas, norteamericanas y argentinas que lo marcan profundamente: «lo que esa gente no veía era que tanto el arte como las ciencias humanas van hacia la convergencia de considerar la corporeidad como el gran eje transversal tanto de las artes como de la ciencias, pienso que esa conjunción de ser un semiólogo y creador escénico ha hecho mucho».

La danza afroamericana lo pasea por la expresión primitiva, el jazz, y explora el «calentamiento de colocación corporal». Los tambores lo transportan al niñito enérgico que perseguía al San Benito. El baile desinhibido y entregado le enseña que las diferencias culturales de los bailarines no impiden la concepción de un código que forma una coreografía.

En 1973 este rejuvenecedor descubrimiento lo lleva a integrar el casting de bailarines de la película francesa Lumieres et Poussieres de Chaillot (Luces y polvo de Chaillot), dirigido y coreografiado por el indonesio Sardono Kusumo.

Acunado en una «soledad poblada de muchos recuerdos», a partir de 1974 engendra toda clase de trabajos literarios de rasgos autorreferenciales y escritura poemática: El inmenso llamado, ensayo reflexivo sobre la escritura de Teresa de la Parra. En 1978 logra una mención en el concurso de novela Guillermo Meneses con la novela Zonambularia, y posteriormente escribe ¿Qué tengo yo contigo? en 1988. Diez años después Materia, cripta y lectura de Horacio Quiroga. En 1999 publica El cuerpo de la obra, y en coautoría con Fanny Luckert, Ser cuerpo, ser música: didáctica del ser creativo en 2008.

Ahora en la «jubilación jubilante» como gusta llamarle, continúa su aprendizaje de una manera más pausada pues, después de 31 años de docencia, todavía se permite el goce de ese contacto cuestionador entre su yo maduro y la juventud reinante en el doctorado de la Facultad de Arquitectura y Diseño de LUZ, «ese contacto me nutre y a la vez el  tema de decidir qué debo hacer me da una libertad enorme para publicar», alega satisfecho.

 

 

En 2012 sus poemas son traducidos al coreano e impresos en un catálogo tras impartir talleres de cuerpo y presidir una conferencia sobre los conceptos semiológicos dentro de la fotografía en Seúl, Corea del Sur.

 

 

Víctor vive del reconocimiento consigo mismo a través de sus escritos, lucha contra los encierros y la repetición. Constata pasajes ocultos en el olvido de una infancia añorada y dolorosa, que le permiten trabajar en libros y publicar otros, caso significativo de su reciente antología presentada en agosto de 2017 en Panamá: Beber de la sombra, Poesía reunida 1986-2017, trabajo literario que congrega 30 años de vida poética ramificada en dos libros inéditos Vivo acallándome el grito, de 2017 y Beber de la sombra, de 2007, Donde la luz me encarna, de 1991 y Libro  mi cuerpo, Premio Bienal José Antonio Ramos Sucre, mención Poesía de 1986.

 

 

 

A poco más de un mes de cumplir 78 años el 3 de enero, continúa comprometido con el pasado a través de la corrección del libro de Armando Reverón titulado La pintura sueño, que espera publicar este año, y una novela semejante a Vivo acallándome el grito donde recreará sus días en París.

Fuenmayor no guarda arrepentimientos, siente una juventud prolongada que da lugar a una constante conexión con sus experiencias. Su andar no se detiene nunca. Sus recesos son aferres a remembranzas, caricias, mensajes, movimientos que renacen en reflexiones del inconsciente cual haikus de curvas armoniosas, desnudas, profundas y lisonjeras: «La poesía es tratar de inducir afectos a través de la palabra. Hay que hacer de la soledad una atmósfera productiva y poética, y creo que lo he logrado. Pienso que toda poesía necesita soledad, incluso el espacio en blanco de la página es parte de su representación gráfica, y a la vez la poesía ahonda en un profundo lenguaje interior que puede haber venido del exterior o ser su eco, pero que detrás hay todo un trabajo de afecto sobre las palabras que usas, nacidas en una internalización de la lengua materna».

 

 


 

La presente semblanza pertenece a la 36.a  edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 23 de febrero de 2018.

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