Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Tiempo, espacio y memoria

Lourdes Peñaranda ha desarrollado una sensibilidad particular y una individualidad creativa que no ha tenido fronteras genéricas ni geográficas, pues aunque su actividad se ha radicado en Venezuela, continuamente se ha internado en otras sociedades en viajes exploratorios, como invitada expositora, académica y galardonada.

lunes 26/03/2018
4:19 PM
  • María José Túa

  • @majotua

  • Iván Ocando

Sobre una pared, se exhibe un tablero de ajedrez con sus figuras representadas por el tiempo: relojes que fijan el ritmo de sus agujas según sus características de reyes, reinas, torres, alfiles, caballos y peones. Era 2001 y esta obra formaba parte del Salón del ajedrez en el arte en el Centro Bellas Artes de Maracaibo, en el que Lourdes Peñaranda participó con su obra Tiempos de juego.

Entonces —y ahora—, se definía la primera parte de su concepto creador: «el tiempo se comprime y el espacio se multiplica». En adelante, el tiempo y la memoria determinaron a una arquitecto, artista y paisajista que no comulga con la definición.

De cómo es y cómo se gesta la obra artística de Lourdes Peñaranda habla una anécdota de 2004, durante su participación en la V Bienal del Barro de América. Para ello, buscó apropiarse de los conceptos de Duchamp en El gran vidrio, símbolo del encuentro erótico entre la novia «y sus nueve solteros». La interpretación —Cacao no (la novia)— de Peñaranda se fundaba en «presentar (a la novia) entre la necesidad reprimida del placer y la realidad idealizada». Así que ideó una fuente que en lugar de expandir el barro líquido, lo succionase hacia un centro hueco.

Ríe recordando la cantidad de lugares visitados en Maracaibo para hallar un sistema que se lo permitiese, y la colección de miradas extrañas que se ganó al explicar su idea en ferreterías y establecimientos afines, hasta que el dueño de una tienda de piscinas la dotó con el sistema adecuado para darle consecución a su plan.

El uso de distintos materiales, medios y disciplinas tan característico de esta artista responde a eso: «Mi trabajo se desarrolla a partir de una idea, los aspectos técnicos surgen luego y dependen de las necesidades de esa idea para materializarse». Sobre el discurso, el interés es mostrar el contexto completo de una escena. «Lo ordinario, lo espontáneo, lo inesperado, lo abandonado» son elementos que le interesa explorar y exponer.

Por ejemplo: sobre la serie Visión Oblicua, fotografías digitales desarrolladas en 2013, Peñaranda explica: «revelar otras realidades socio-culturales, así como negociaciones e interacciones naturales y humanas (es) una visión que más allá de una visión idealizada, revela y celebra complejidades ambiguas para multiplicar el ángulo de visión tradicional».

Más de un ángulo

Lourdes Peñaranda tiene de la arquitectura un justo equilibrio entre el arte y sus formas; también la manera de ejecutarlas. Y para completar su obra creadora, acogió el paisaje como «el territorio entre la arquitectura y el arte».

«Architects know all the angles (Los arquitectos conocen todos los ángulos)» acuña la artista conceptual y profesora universitaria. Y de la arquitectura parecen venir todas sus influencias partiendo de la aseveración «Todo es paisaje porque es el constructo del hombre». Con la integración por delante, Peñaranda percibe los elementos que «conforman el mundo natural y el construido».

Con su característica triada de «arte + paisaje + arquitectura», se asoma constantemente sobre lo cambiante, lo permanente y la influencia de lo externo en los espacios «que puedan ser sentidos no solo por nuestros ojos sino también por nuestra psique y nuestro espíritu», es su alegato.

Así, tuvo sentido que en 2014 una llamada del rector de la Universidad del Zulia le anunciara su designación como presidenta del Museo de Arte Contemporáneo del Zulia —Maczul—. Sin casualidades de por medio, Peñaranda se situó al frente del museo más grande de Latinoamérica, un espacio donde la arquitectura, el paisaje y, por supuesto, el arte sustentan sus tres mil metros cuadrados.

Paisaje cultural

Los conceptos de identidad, historia y sentido de lugar, se remiten, en su voz, a la consecución de espacios «para afianzar ese necesario sentido de pertenencia por parte de los usuarios, así como establecer diferencias que ayuden a revelar, reciclar y establecer una mirada crítica sobre las características de nuestro entorno».

La opinión popular de los asiduos al museo afirma que este periodo no solo lo mantuvo activo en la época más difícil para estarlo, sino que también lo revitalizó. Y es que el trabajo de Peñaranda se centró en el diseño de estrategias para hacer de este el museo el que siempre soñó y al que el país mirara.

La búsqueda de la vocación del espacio logró doce salas de exposición de las cinco originales, adecuando también los espacios alternativos. Esto de acuerdo con su propuesta de consolidar el perfil de museo de arte contemporáneo, iniciativa en la que contempló, sobre todo, exhibir nuevas disciplinas artísticas a través de convocatorias públicas. Para ello, las salas intervenidas las ideó, más allá de lo arquitectónico y lo paisajístico, de acuerdo con una denominación de edad, los estilos de los usuarios y la inclusión.

Cosecha

Para el momento de este encuentro, termina la segunda semana de enero y en los ulteriores del Maczul la cotidianidad se muestra en el personal de mantenimiento, cargando escaleras bajo el brazo; en Heli Sandro Molero, el museógrafo, recibiendo a la madre de una artista venezolana cuyas obras moran bajo ese techo.

En un minúsculo murciélago que se guarece del sol en un rincón oscuro; en Jimmy Yánez con su voz resonante y en una Lourdes Peñaranda recibiendo al equipo de Tinta Libre, en descenso por las escaleras con su característica indumentaria negra y sus también muy propias gafas de sol sobre la cabeza, dispuestas para bajarlas cuando atravesamos las entrañas del museo hasta el patio central, donde se abre el sol y todo el esplendor del Maczul. Y donde nos instalamos a conversar.

Esta entrevista se dio en vísperas de que la arquitecto pusiera en nuevas manos —tras tres años y medio— la presidencia del museo. Esto sin desvincularse por completo. «No puedo», confiesa. Está unida a él desde que era un plano por ejecutar: como arquitecto y paisajista le dio al edificio la envergadura que exhibe hasta ahora. Como artista, le dotó de su individualidad creadora desde su inauguración.

Ahora que la presidencia está en las funciones de su colega Anabelí Vera, Peñaranda retoma su creación artística —con todos sus procesos—, con el tiempo que se comprime y con el espacio que se multiplica. De ahí que baje la mirada hasta su reloj de pulsera y marque el fin del encuentro sin que sepamos aún qué función ejercen esas agujas: si la de los reyes, las reinas, los alfiles, los caballos o los peones de un tablero de ajedrez sobre una pared.

 


 

La presente entrevista pertenece a la 36.a  edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 23 de febrero de 2017.

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