Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Sembradíos de nostalgia

jueves 24/08/2017
4:20 PM
  • POR HÉCTOR DANIEL BRITO

  • @versionfinal

  • Archivo

México, 1937. Una revolución se traza con las pinceladas punzantes de Diego Rivera.

Así empieza el acto: el dios Quetzalcóatl está entre la gente, en medio de una escena de cualquier día precolombino. Enfrente de él, el sol se divisa al revés, en un ocaso inevitable. Solo el tocado de un quetzal —ave típica de Centroamérica— de plumas alborotadas y alargadas se empina en la cabeza de aquella entidad divina.

La pintura inmensa, situada en las escalinatas del Palacio Nacional en el Centro Histórico de la Ciudad de México, recrea la historia del pueblo azteca a medida que se camina por esas emblemáticas instalaciones.

El gentío empieza a tener caras más conocidas: Hernán Cortés, Miguel Hidalgo, Porfirio Díaz, Emiliano Zapata y Frida Kahlo (por cierto, esposa de Diego Rivera) —conquistador, prócer, dictador, revolucionario y pintora— se suman a la reunión que vuelca la obra ahora más prehispánica.

La llegada de los españoles, la independencia, la Iglesia católica, la Inquisición, la revolución, la intervención estadounidense y francesa, los nopales y el águila tropiezan entre sí a lo largo de aquel panorama. Al final, el proletariado triunfa sobre la burguesía y evidencia la lucha de clases… una brecha que aún no se cierra.

Este cuento de 270 metros cuadrados, llamado Epopeya del pueblo mexicano, está trazado en el Palacio Nacional de la Ciudad de México, lugar en el que César Rengifo —pintor, dramaturgo, poeta y periodista venezolano— vivió durante 1937 y 1938. La influencia de Rivera en Rengifo es notable, el realismo social, fundado por muchos pintores de izquierda, acaparaba la atención de los latinoamericanos; la temática rural y el resumen de miles de historias ocurridas en cientos de años pintadas en poco tiempo fueron el impulso para que Rengifo se sintiese atraído por la corriente.

Trazos sobre el alambrado

Relatar la historia ha sido, en gran medida, el trabajo del artista. Si esta labor se unifica con su trabajo periodístico, ese compromiso se convierte en una misión intrínseca. Por eso, la migración, como un tema social del que se suele hablar en los medios de difusión masivos, suele tocarse en muchas de las historias por su complejidad, pues este fenómeno responde a varias preguntas, sobre todo, a un por qué.

Rengifo registró con su pincel, sin ignorar que también lo hizo con su pluma, un éxodo campesino provocado a raíz del surgimiento del petróleo, que poco a poco fue convirtiéndose en el único producto de exportación en el que valía la pena trabajar. Los sembradíos se llenaron de nostalgia y los campos petroleros de billetes verdes, que se escurrían como agua entre las manos; surge la economía monoexportadora.

La cena del éxodo escenifica un conjunto de hombres encorvados y descalzos que a sus pies portan grandes sacos con alimentos; en esos actos se ve a la mayoría cabizbajos, como extrañando algo: su lugar de origen. Este es el común denominador de uno de los ítemes que aprendió Rengifo de Diego Rivera: mostrar la historia de los menos favorecidos.

La verdad desnuda

Después de la Revolución de Bolchevique, en 1917, el arte pretendía mostrar «la situación real» de Rusia. La izquierda impera en un gran pedazo de Europa y, con ella, un movimiento que se esparce hasta nuestro continente. César Rengifo, según comenta el artista plástico zuliano, Ramón Rodríguez, está junto con Gabriel Bracho y Héctor Poleo, por mencionar algunos, como los máximos representantes de este movimiento.

La estética de tonos sombríos y cálidos responden, de acuerdo con Rodríguez, a un deseo de crear una atmósfera melancólica, que bien puede compararse estéticamente con las obras de Diego Rivera, aunque aclara que cada artista le imprime su particularidad a sus creaciones, como los tonos planos de Rengifo y sus reiteradas muestras de un campesinado con sus manos ocupadas, en señal de laboriosidad y fuerza.

La semilla sin germinar

«La riqueza del suelo entre nosotros no solo no aumenta, sino que tiende a desaparecer. Nuestra producción agrícola decae en cantidad y calidad de modo alarmante», denuncia Arturo Uslar Pietri en el editorial Sembrar el petróleo del diario Ahora en 1936. Y continúa: «Es menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias nacionales». El petróleo siempre ha sido un tema complejo desde que se descubrió en nuestros subsuelos, pues no solo cambió nuestros bolsillos, sino nuestras vidas. Y ese ha sido un precio muy caro.

La advertencia de no descuidar ningún sector resume aquellas líneas tan críticas, como las pinturas de Rengifo. Pues el arte, baluarte de la intelectualidad de los pueblos, no se equivoca. Remata Uslar Pietri: «(La dependencia única del sector petrolero puede) llegar a hacer de

Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo, nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a una catástrofe inminente e inevitable».

Revoloteos en la sombra

Con la dramaturgia, Rengifo fustigó el tema del campesinado a través de sus historias; la punta de lanza comenzó con Mariposas en la oscuridad, escrita después de la dictadura de Juan Vicente Gómez. Luego nacieron las obras El vendaval amarillo, El raudal de los muertos cansados y Las torres y el viento, pertenecientes a la célebre Tetralogía del petróleo.

Así pues, como dijo Rengifo en 1975, las artes plásticas sugieren hablar de nuestro hábitat y el rol que desempeña el hombre en ella. De manera que el  factor humano, e inevitablemente social, se ven retratados en cada pincelada del pintor. «Venezuela tendrá un arte nacional en la medida en la que se incorporen a la creación material y espiritual las grandes masas de nuestro país. Esas grandes masas que ahora no tienen acceso a una mediana cultura», afirmó el autor en los setenta, cuando tenía como bandera crear accesos culturales para toda la población.

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