Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Sebastián y los discursos que le dan forma

El hecho de traer al presente un referente inmemorial como la estampa de la muerte de San Sebastián ha desatado, a lo largo de los siglos, un sinfín de declaraciones de las distintas ramas del conocimiento que son testigos de cada época.

miércoles 01/11/2017
9:11 PM
  • María José Túa

  • @VersionFinal

  • Ilustración: Andrea Phillips

El tiempo, la identidad y las significancias son elementos que buscan «hacer y deshacer nudos», en este caso, ante la curiosidad por las distintas interpretaciones de la figura de San Sebastián. Sus representaciones han involucrado la religiosidad y los sentimientos en torno a su martirio, y cada expresión ha significado la exposición de un manifiesto artístico.

En el ensayo Una aproximación al estudio iconográfico de San Sebastián, Joaquina Lanzuela especifica que hay ocho ciclos de iconografía impersonal acerca del santo militar que comenzaron a andar en Roma a partir del siglo V, de cuando data un fresco en la cripta de Santa Cecilia en la que se ve a San Sebastián junto con otros santos togados.

Pero hasta España, en el siglo XVI, llegó esa leyenda que propagaba un capitán de la guardia del emperador romano sobre que San Sebastián era un hombre de actitud agreste y corrido en años, de acuerdo con su grabado en esa cripta, pues no fue sino hasta la Edad Media cuando el venerado adquirió una imagen popular. De esta época datan los grabados de mayor difusión y más conocidos del santo hasta la actualidad: el hombre semidesnudo acribillado a flechazos.

Pese a las otras circunstancias de la vida de Sebastián, es el pasaje de su martirio el preferido por la hagiografía (historia de la vida de los santos). Y así lo ha sido también para el arte desde el Renacimiento.

Hippolyte Delehaye, erudito belga, expone: «Exagerar la realidad aplicando los suplicios de forma intensa y brutal capta la atención del lector y conmueve su espíritu». Sin embargo, Emile Mâle, historiador de arte francés, fue más lejos al comparar la muerte de San Sebastián con la pasión de Cristo: «Fue el mártir por excelencia para los artistas de finales de la Edad Media».

Lanzuela hace su apuesta acerca de la predilección del arte —y del hombre— por representar al santo en la escena de su martirio: «Al parecer, la contemplación de dichas imágenes produciría un efecto de alivio y consuelo en el hombre que desea verse liberado del dolor que padece a lo largo de su vida».

El jefe del área de cine del Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez (CAMLB), Ramón Bazó, osa contemporaneizar al santo mártir, trayendo al relato sus representaciones en el cine a partir de la década de 1970. De entrada, Bazó deja sentado que «el cine es un emblema».

En 1976, Derek Jarman escribió y dirigió la película Sebastiane, una cinta que narra las andanzas de un soldado del ejército romano que está ensimismado y aferrado al cristianismo en la Roma de Diocleciano. Esta cinta narrada en latín muestra un abordaje muy personal de Jarman  y una evidente yuxtaposición de valores que permeó en la cultura popular hasta evidenciar el secreto a voces de que Sebastián era una figura queer: el primer santo considerado homosexual.

Esta producción inglesa representó una transgresión para la época de la posguerra en Vietnam. Sin embargo, una postura antropológica de Bazó —formado como sociólogo— reconoce el hito que significó el filme, pero retrocede hasta la Roma y Grecia clásicas y se apoya en Foucault para explicar que el sexo entre hombres era una simple práctica de dominación sobre el enemigo vencido, que tenía como fin la enseñanza de un hombre a otro de diferente rango o clase social: Amor socrático.

«El control y el despliegue del eros dentro de lo político, dentro del alma individual, la concordia y el conflicto entre el amor y la búsqueda filosófica de verdades primordiales (…) son un tema recurrente en el Sócrates platónico. A través del neoplatonismo y del cristianismo helenizado, el eros socrático-platónico impregnará el pensamiento y la sensibilidad occidentales. En realidad, el amor socrático es homoerótico», explaya en el artículo Erótica y docencia el profesor George Steiner, crítico y teórico de la literatura y de la cultura.

Los símbolos saltaron: el amor oculto de un hombre por otro hombre y su martirio por no renunciar a él derivaron en la  representación de la homosexualidad marcada por la injuria y el oprobio, identificados por el dolor de los flechazos y la expresión de Sebastián al recibirlos.

Y Bazó lanza la premisa: en el Renacimiento se quería volver a la vieja Grecia, por eso los artistas comenzaron a trazar pinceladas para reivindicar el amor socrático a través de las representaciones de San Sebastián, en un franco culto a la belleza de su estampa y su muerte por Cristo como ideal de la sublimación de los deseos.

«Manantial es el primer poema homoerótico publicado en Maracaibo», asegura su autor, el poeta Luis Perozo Cervantes. Un cuadernillo de doce páginas tiene en su interior los versos dedicados a una relación ‘prohibida’ y en su portada a un San Sebastián de rasgos embellecidos, maniatado a un árbol y traspasado por dos flechas en su torso desnudo. «Las flechas son un elemento fálico que nos remonta al psicoanálisis; a lo homoerótico, al sadomasoquismo y a la belleza del dolor», argumenta el escritor sobre la estampa del mártir en dicha portada.

Perozo ha estado muy vinculado con las luchas de los grupos LGBTI en Maracaibo. A partir de este hecho, sostiene con seguridad que la intención de esta comunidad de tener —a nivel mundial— a San Sebastián como patrono es disímil de lo religioso; está, más bien, relacionada con su pictografía: «Es el único santo musculoso», arguye y explica que la iconografía renacentista es acogida en su totalidad para la ‘simbología gay’; esto, básicamente, debido a los torsos desnudos y a las expresiones de placer.

«En Manantial, San Sebastián es un guiño a la búsqueda del amor perdido. Él es un santo ícono que obedece a las gestas de la comunidad LGBTI, pero eso no tiene por qué saberse en la Iglesia», cierra Perozo.

Hugo Palmar es un abogado, artista plástico y chef internacional al que no le gusta mucho la palabra ‘identidad’ ni la obligación social de definirse. Palmar es autor del estudio De lo contemporáneo a lo queer en el arte y asegura que los símbolos y sus significancias no determinan la riqueza o el sentido de una imagen, pues entre más polisémica sea esta y teniendo en cuenta los contextos por los que pasa es que la obra se expande más.  «Si hay una intencionalidad de significado en la obra, seguramente está determinada por el contexto».

«Retomar los aspectos del origen y juntarlos con el ahora es lo que hace al arte contemporáneo», una sentencia que reconoce a Focault y que desde el punto de vista de las representaciones que hace el hombre se cimenta en la sustancia de La teoría queer, un estudio de la filósofa postestructuralista Judith Butler que sostiene que «El cuerpo no existe por fuera de los discursos que le dan forma. El género no es natural, sino performativo».

—¿Qué es lo queer? —se interpela Palmar— Es la voz inglesa que da definición a lo extraño, es decir, a lo que no se sabía si era hombre o mujer. La comunidad LGBTI determinó que tomaría el insulto como una reivindicación política.

Lo queer es «el término que se resiste a toda definición identitaria». Y ‘lo contemporáneo’ es «poner en relación aquello que está inexorablemente dividido, rellamar, reevocar y revitalizar incluso aquello que se había declarado muerto», según el filósofo italiano Giogio Agamben, citado por Palmar a modo de cierre de su estudio.

Así, ha permanecido, a lo largo de los siglos, la libre interpretación del tiempo, de la identidad y de las significancias sobre la estampa del martirio de San Sebastián. Bajo un crisol donde el contexto, los signos y el lenguaje son «las sombras que proyectan el momento», queda al descubierto el trayecto de esta historia, moviéndose entre lo sagrado y lo queer (entendido como la resistencia a la definición identitaria) de una figura que tiene muchas más interpretaciones que la de ser la escultura de un hombre bajo una lluvia de flechas en el centro de Maracaibo.

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