Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Nómadas del séptimo arte

Jueves 24/08/2017
4:36 PM
  • ÉDGAR QUEVEDO MARÍN

  • @versionfinal

  • FOTOS: CORTESÍA CINE CLUB

Cuando los niños tenían buenas calificaciones académicas, los padres intentaban premiarlos de alguna manera. No importaba cómo. Ya fuese comprándoles un regalo o llevándolos a comer su plato favorito, la retribución por lograr o superar sus objetivos se cumplía. Sin embargo, había una cosa que muchos disfrutaban por encima de esas pequeñas satisfacciones: ir al cine. Aquello era una forma de «encuentro social», ya fuese con amigos o familiares. El motivo de ver el estreno de una película se convertía en otro pequeño elemento de un conjunto de emociones encontradas.

El cine reúne a los grupos sociales, los forma y los entretiene; no obstante, el cine móvil es una modalidad que engloba un sinfín de características que potencian la expresión cultural en una ciudad cargada de ella. Está envuelto en un romanticismo que evoca sentimientos de antaño, que hace rememorar aquel autocine de la avenida El Milagro durante los años 60 y 70. Desde 1962, el Cine Club de LUZ ha promovido esta tradición del cine al aire libre; aquella primera proyección en la Plaza Urdaneta de Maracaibo le dio pie a las venideras expresiones de este cine nómada, que no se encasilla en lugares y prefiere pasearse por cualquier rincón de la urbe marabina. Estos proyectos, más allá de entretener, «consiguen alfabetizar y hacer reflexionar al público desde distintos puntos de vista, entre ellos el social (golpeado hasta el hartazgo en estos días) y el académico», tal como lo afirma Viviana Márquez, directora del Departamento Audiovisual de la Dirección de Cultura de LUZ.

Fuera de lo comercial

Es difícil batallar contra la industria comercial y las nuevas tecnologías. El mundo y los avances presentan cada vez más innovaciones que facilitan la forma en la que consumimos cine. No obstante, el cine móvil tiende a ser diferente. Intenta llegar a donde no llega por distintas razones, ya sean económicas o por la imposibilidad de los habitantes de consumirlo abiertamente. Cine en las escuelas, cine universitario y cine en las comunidades. Ahí radica la importancia de esta actividad con más de 50 años en la región: asentarse en las zonas más vulnerables e ir más allá de lo convencional.

Pese a ser pionero en el área, el Cine Club no es la única organización avocada a la realización de estos encuentros. Cíngaro Cine es un proyecto que entrega a los amantes del séptimo arte la posibilidad de compartir un sentimiento a cielo abierto: en el estacionamiento de un centro comercial o los espacios verdes de una plaza de la ciudad que se convierten en un intento de sala de cine, en la que los asistentes disfrutan cada una de las proyecciones de forma gratuita. «La retribución económica pasa a un segundo plano y la premisa de mostrar el mejor material de autor, junto con el compartir de las personas, es lo que nos incentiva a seguir con estas actividades», explica Ramón Bazó, director de Cíngaro Cine.

El reencuentro de un pueblo

En un pequeño poblado del Sur del Lago no tienen ni idea de lo que verán. Para muchos, diría la gran mayoría, esta es una experiencia nueva y única. La mañana promete, pero están preocupados por una sola cosa: la tierra del Relámpago del Catatumbo no asegura el espectáculo de este fenómeno natural por culpa de una nubosidad que presagia un torrencial aguacero; el sonido de las lanchas anuncia que va llegando un grupo de visitantes. El Congo Mirador se prepara para recibir a quienes cambiaron sus vidas por unos instantes con un documental (El Galón, de Anabel Rodríguez) y un cortometraje (La noche anuncia la aurora, de Gerard Uzcátegui) que cuentan la vida de sus habitantes. La proyección está pautada para las 7 de la noche, pero surgen varios inconvenientes: la planta que ayudaría a proveer la electricidad a los equipos de sonido, pantalla y demás no es capaz de abastecerlos a todos; es un problema mayor, tomando en cuenta el tiempo y el lugar donde están. Pero para las cosas buenas siempre hay una pequeña salvación y el equipo logra hacer que todos los equipos enciendan. La pantalla inflable se llena mientras las pequeñas lanchas llegan; todos están sorprendidos. Los habitantes del Congo escenifican una sala de cine al aire libre, en la que las pequeñas embarcaciones simulan a las butacas y la gran pantalla inflable ilumina la cara de todos los espectadores. El material ya está listo para ser proyectado y sucede algo increíble: justo en ese momento, cuando todos están pendientes de disfrutar el material audiovisual, en ese instante en el que el cortometraje de Uzcátegui abre con la iluminación del relámpago, justo en ese momento, el resplandor del relámpago sorprende a todos; una postal única, maravillosa, espontánea. En sus caras se refleja la felicidad y en sus lágrimas el orgullo de pertenecer a una zona rica por sus maravillas naturales, pero pobre por la sobrevivencia de un pueblo que se ve amenazado por su propia fuente de ingreso: el lago.

Es increíble el impacto social que puede tener la magia del cine en una población; paseándose por los distintos estratos, esta expresión artística es capaz de hacer que un grupo de personas se «encuentren» a sí mismos; que hasta quienes no puedan tener acceso a estas referencias culturales lo puedan hacer. Para ello hace falta más apoyo y más gente que ame realizar estas labores que fomentan, forman y fortalecen la conciencia visual y psicológica de sus consumidores.

 

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