Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

La musa insospechada de Horacio

lunes 19/03/2018
2:34 PM
  • Héctor Daniel Brito

  • @betonchobrito

  • Ysabela Villasmil (Ilustración)

Una catarsis que se busca a través de la conversión de la experiencia en la materia, una vida que se empeña en trazar destinos y una víctima que se convierte en victimario de sí mismo. Así, tan amplio, puede ser el proceso creativo.

Estar en la piel de otro es complicado, por eso, el siguiente texto osa estar escrito en primera persona, siendo influenciado por el cuentista Horacio Quiroga. Además, entre estos «testimonios», se sumarán las opiniones de escritores y amantes de la lectura que abordarán a la musa insospechada del escritor uruguayo.

Yo, el escritor

Aún recuerdo mi infancia en Montevideo, siento cada segundo de mi vida como si los años perdonaran mis memorias. Soy el segundo hijo de mis padres y no alcancé a balbucear el nombre de mi padre cuando ya la muerte había tocado a su puerta con el ruido de un disparo de escopeta.

Parece que la muerte me abraza cada vez más. Yo también la abrazo, me lo permito. Ya es tarde y estoy inmóvil frente al cadáver de mi esposa Ana María, su cuerpo yace sobre mis brazos después de agonizar por tres días y su rostro ya perdió esa expresión que solo puede dibujar la vida, porque primero murió por dentro… Es la madre de mis pequeños Eglé y Darío, y ahora no es nada…

Darío soy yo de nuevo, ha quedado huérfano sin haber tenido bien definido el rostro de su madre en su mente. Debo hacer algo, tengo la obligación, por mis hijos, por ella, por mí. Soy el Juez de Paz del pueblo y, claro, escribo. Soy Horacio Quiroga: escritor.

Todo este asunto debe ser llevado al margen de cualquier sobresalto. He roto tus fotos, Ana. He quemado tu ropa, quiero desaparecer cada detalle de ti que pueda recordarte, porque yo no olvido. Mi memoria por experiencia no admite esa opción.

Estamos en 1915 y ella solo tiene 25 años, aunque en realidad no quiero hablar de números en este momento. Solo tu nombre aparecerá en la lápida en el cementerio de San Ignacio, sin más ni menos. Debo alejarme de la muerte un poco, pues está claro que a veces suele ser atormentadora. «Por fortuna todo pasa, como pasó el trastorno formidable que fue para mi la muerte de mi primera mujer».1

Para el narrador, ensayista y promotor cultural, Antonio López Ortega, la profesión del escritor es ilimitada, porque las historias y sus musas así lo permiten. Vivir una vida paralela es una de las características que hacen de este oficio un mundo más estético y elegante para los maestros de la pluma, pues el contexto, las personalidades de los personajes y sus interacciones crean otro mundo. En ese proceso lleno de ficción, el autor construye y vive un mundo que no puede compartir, solo hasta el momento en el que sus escritos salen a la luz, puesto que «escribir es lo más difícil para quien tiene este oficio, ya que es como acercarse a la esquizofrenia», revela el novelista del libro Ajena, en el que narró las vivencias de una joven en primera persona.

Selva

Misiones es mi hogar. He ido y venido de Buenos Aires, pero es innegable que la selva es el lugar para poder intentar nuevas cosas. Sí, pero me temo que el campo es una tarea muy ruda e impredecible… y tan mortal como la mordedura de una yararacusú.

En una noche de pensamientos agitados, pensé abandonar la escritura para dedicarme a mis asuntos del campo, pero estoy consciente de que también el escritor va conmigo. Somos uno, inherentes.
¡Qué más da! La escritura me da para comer y solo necesito eso. «’Caras y Caretas’ me paga $ 40 por página, y endilgo 3 páginas más o menos por mes. Total $ 120 mensual. Con esto vivo bien»2. Nada me ha funciona mejor que escribir. Confío más en las letras que en un sembradío de algodón.

***

Pedro Losada, presidente de la Asociación de Escritores del estado Lara (Asela), piensa que la musa del escritor está sujeta al contexto donde vive, pues «el medio te invita a escribir». Para Losada, cada persona lleva por dentro a su Macondo (lugar donde se desarrolla la novela Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez) o Comala (de la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo) y esto permite mostrar una visión del mundo muy extensa a pesar de desarrollarse en lugares muy reducidos.

El presidente de la Asela relata que los escritores son buscadores incansables de la verdad y, para muchas personas (e incluso para ellos mismos), son considerados «malditos», pues «la verdad siempre es dolorosa», afirma.

Decálogo del fin

No me da miedo hablar de la muerte, creo que ya muchos lo saben; ahora solo quiero decirlo sin ningún titubeo.«Yo fui o me sentía creador en mi juventud y madurez, al punto de temer la muerte, exclusivamente, si prematura».3

Cuántos no se me han ido y cuántos escritos he hecho… Muchos, ya han de saber.«Al Juez de Paz le pasan cosas extrañas», murmurarán muchos por allí, pero no le temo a eso. Si no le temo a la muerte, menos a eso.«Cuando consideré que había cumplido mi obra—es decir que había dado ya de mí todo lo más fuerte—comencé a ver la muerte de otro modo… Esperanza de olvidar dolores, aplacar ingratitudes, purificar los desengaños. Borrar las heces de la vida…».4

***

Antonio López Ortega considera que el escritor, al no vivir ciertas experiencias, compensa esa realidad con la ficción, no obstante, la vida y la literatura suelen estar muchas veces muy relacionadas. En el caso de Horacio Quiroga, alternarse en la selva y estar rodeado de una vida trágica, sumándole su apego a los cuentos de terror, conducen a una forma muy particular de vivir la literatura y su vida. López Ortega expresa que es muy difícil que las obras no contengan elementos y pinceladas que apelan a los sentimientos del escritor, pues las experiencias vividas (buscadas o no) llegan a inspirarlos grandemente.

Medianoche

He solicitado, donde estoy recluido por dolores estomacales, que un pobre hombre desfigurado y oculto en una habitación de poca luz esté junto a mí todo este tiempo. Es lo más razonable, además, ambos tenemos compañía, aunque temo que lo dejaré solo.

«La esperanza de vivir para un joven árbol es de idéntica esencia a su espera del morir cuando ya dé sus frutos. Ambos son radios diametrales de la misma esfera. Ya me iba desorbitando un poco. Pero total: día más, día menos, usted también llegará a considerar como un refugio que nadie nos puede escamotear, ese rinconcito de olvido y paz». 5

Es medianoche, silenciosa afuera y ruidosa dentro de mí. Quizá se haga más oscura… la tomaré y cerraré mis ojos.

***

La inspiración es la máxima gloria para el escritor, muchas veces puede ser notable y en otros casos toma formas insospechadas. La musa de Horacio tal vez no estuvo relacionada con la tragedia que simboliza la muerte, sino con la lucha y la comprensión de ella.

La escritura nace de un fuego interior, la creatividad define inminentemente a un escritor. Para Losada, lo maravilloso del escribir es que se basa más en el pensar que en el hacer, que viene del mero espíritu. Comienza desde el alma y termina en las manos del lector.

 

1 Carta de Horacio Quiroga enviada a Ezequiel Martínez Estrada en agosto de 1936

2 Carta de Horacio Quiroga enviada a Fernández Saldaña con firma del 16 de marzo de 1911

Fracción del libro El hermano Quiroga, Cartas de Quiroga a Martínez Estrada de Ezequiel Martínez Estrada, 1968

4 Fragmento del texto El hermano Quiroga, Cartas de Quiroga a Martínez Estrada de Ezequiel Martínez Estrada, 1968

5 Cita del libro El hermano Quiroga, Cartas de Quiroga a Martínez Estrada de Ezequiel Martínez Estrada, 1968



El  presente reportaje pertenece a la decimonovena edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 28 de abril de 2017.

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