Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

La estética de Antolín Sánchez

Las obras de Antolín Sánchez se pasean por lo lúdico y lo estético. En sus fotografías se contempla una constante reinvención propia y un anhelo por transmitir cargas sensoriales.

viernes 16/03/2018
4:00 PM
  • Nil Petit

  • @maticaderuda

  • Cortesía

Antolín Sánchez nació en la Caracas de 1958. Comenzó a estudiar Matemáticas en la Universidad Simón Bolívar, pero la abandonó para dedicarse a la fotografía. Desde los 15 años, Antolín ya experimentaba con el mundo visual, sus ojos azules fueron cazando imágenes de forma autodidacta y lúdica. En el trabajo de este artista se imprime la necesidad de crear para recrear, objetivo que dice mantener desde su inicio.

Ha expuesto en Londres, París, Sao Paulo, Caracas y otras ciudades de Venezuela. Ha sido premiado en los dos salones de arte más importantes de Venezuela: el Salón Arturo Michelena y el Salón de Arte Aragua. En 2000, lo condecoraron con el Premio Nacional de Fotografía.

 

— ¿Hay algún elemento que permanece en tus fotos o tu trabajo es muy cambiante en el tiempo?

— El trabajo me lo he planteado en series muy distintas tanto estética como narrativamente, e incluso, en la forma de proceder. Hay series que las he comenzado de una forma muy determinada y durante el desarrollo eso varía. Hay otras series que aparecen de una forma que yo llamo «aluvional» o «sedimentaria»: se van acumulando, vas haciendo fotos de un tema sin darte cuenta de que estás produciendo algo y después cuando tienes 10 ó 15 años en eso te das cuenta de que has venido reuniendo un cuerpo de trabajo y a partir de ese momento lo continúas de forma consciente. Ahí el trabajo va creciendo en dos direcciones hacia el presente futuro, porque sigues trabajando en pro a la serie, y hacia el pasado en una arqueología de ti mismo.

 

 

En 2012, Antolín expuso en conjunto con la Fundación Provincial una serie llamada Umbra, en la cual trabajó con elementos vegetales (árboles, plantas), con sombras y con siluetas. La idea nació a partir de unas pequeñas imágenes que le mostró a una persona y esta le sugirió ese tema como serie. La integraban fotos de los 70, de los 80, del 2010 y del 2011. Las fotos fueron expuestas, sin embargo el fotógrafo ha seguido trabajando en ellas, ya que no siente que tengan principio o final.

Durante los 80 hizo una serie titulada Tarot Caracas. Desde el principio, tenía el objetivo muy claro: ilustrar con estampas obtenidas o creadas en medio de la ciudad las 78 imágenes del juego de cartas tradicional.

 

 

Antolín habló de la fotografía como trabajos que no siempre se hacen voluntariamente. «Muchas veces los trabajos te escogen», aseguró.

 

—¿Tienes alguna manía?

—La estética. En el fondo, la gran fotografía se determina por un criterio estético. Esto puede sonar muy frío y lo lleva a uno a pensar en todo lo que tiene la fotografía de connotación social, humana; pero las que junto con esto tienen una carga estética y logran comunicar todo ese drama son las que van a perdurar. Un ejemplo es Sebastián Salgado con trabajos en zonas de guerra, de hambruna o de minería; si bien hay fotógrafos que tocan estos temas, la pregunta es por qué las de Salgado nos conmueven y las recordaremos. Es por el tratamiento visual. Finalmente, es estética en el sentido ampliado, no es solamente unas normas de composición, sino todo lo que termina conformando un lenguaje.

 

 

En las obras de Antolín es recurrente la ciudad. Ha logrado salirse del concreto y documentar otras partes del territorio venezolano con series como Cacao (2007), Paisajes acuáticos (1998-presente); sin embargo, dos de sus trabajos los enfocó en la Península de Paraguaná.

 

—¿Por qué Paraguaná?

—Yo llego a la Península de una forma casual, por Roberto Smith, un muy amigo mío de la época universitaria. En una forma de huida de Caracas, los tíos de Roberto, Justa Eva Smith y Álvaro de Rosson, director de teatro importante durante las décadas de los 60 y 70; se mudaron de la «Gran ciudad» a Adícora en un momento donde esa población estaba sumamente abandonada. En aquel tiempo, la habitaban los pobladores y la familia Rosson, unos extraños que se habían amoldado muy bien. Yo fui con Roberto y otros compañeros. De aquella vez quedé enamorado del espacio. Así me volví adicto a huir a Paraguaná, era un sitio abierto, distinto geográficamente, con otro ritmo. Ir representaba una euforia, era un lugar de huida de verdad. Fue algo muy concreto el caso de las Ánimas de Guasare (santuario construido en el istmo de Coro en honor a pobladores de Paraguaná que murieron en la sequía del año 12 mientras intentaban llegar a la Península). Me llamó la atención que en mitad del desierto, en lo inhóspito, hubiese una capilla de techo de zinc donde la gente se paraba. Entraban y salían muy rápido, no era fácil hacerles retratos. Había algo más interesante que el rostro de las gentes y era lo que ellas dejaban: ofrendas, objetos que hablaban de sus pasiones, de sus miedos, de sus anhelos. Aquellos podían ser pupitres, vestidos de novias, fotos, sacos de granos, entre otros, todo servía como agradecimiento a las peticiones concedidas. James Frazer escribió en La rama dorada sobre la magia simpática que va sobre la cercanía, aplica para esto porque las ofrendas traídas son cercanas a lo que se pidió. Más tarde hice un trabajo propiamente en Paraguaná llamado Ausencia de latitud luminosa. Utilicé la Península como una escenografía donde incluí a unos personajes en movimiento para hablar de un sitio en ningún lugar. La intención era plantear el lugar de escape sin explicar mucho, ese sitio donde están los deseos y los temores.

 

 

— ¿Qué anhelas?

—Más libertad.

— ¿A qué le temes?

—A la intrascendencia, a lo banal y al lugar común. Como autor, temo producir eso. A veces es difícil determinar estos elementos. Creo que esto me ha llevado a ser muy autocrítico.

 

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La presente entrevista pertenece a la decimosexta edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 3 de marzo de 2017.

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