Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

La esquina inmemorable del McGregor

La serie que aborda los lugares emblemáticos de Maracaibo rememora la época, el contexto y las formas que le dieron al edificio McGregor, en el corazón de la ciudad, las cualidades de patrimonio arquitectónico que ostenta aún

viernes 09/02/2018
12:58 PM
  • Joselyn Faría

  • @karolina_chnf

  • Archivo

Es el siglo diecinueve, año 1852 en París, plena era de la industrialización, y los parisienses están saboreando una nueva forma de consumo: las ventas departamentales.

La exigencia del mercado, liderado en su mayoría por mujeres que comienzan a tantear el placer de las compras sin necesitar la compañía de algún caballero —cuya presencia era necesaria si no deseaban ser juzgadas por la sociedad conservadora de la época—, hace que en la Rue de Sèvres se remodele la tienda de novedades Le Bon Marché a un modelo de ventas que planea cubrir una alta gama de necesidades en un mismo espacio. Nada podía ser más innovador y su éxito no se hizo esperar.

Cuarenta años después, al otro lado del mundo, don Emilio McGregor se organizó en sociedad con otros dos ilustres ciudadanos: Alberto Estrada y Jesús García Nebot, para contratar al grupo de ingenieros franceses Trocone y Wendtcon con el fin de iniciar la construcción de lo que se convertiría en la primera tienda por departamentos de Maracaibo.

Tradición, comercio y algarabía; tres palabras que definen una parte importante de la cultura maracaibera y que sementó sus raíces en esta esquina inmemorial, llenándola de una importancia histórica sin precedentes.

La esquina McGregor

La casa McGregor fue diseñada para servir como proa de la intersección donde colindan las calles Colón y Comercio. El parecido en la arquitectura que comparte con su homóloga europea es indiscutible, sin embargo, en la vieja Maracaibo de 1892, el paisaje era inigualable: a su espalda, las aguas limpias del lago enmarcaban al edificio, mientras a sus pies, casi al final de la cuadra, se estacionaba el tranvía de vapor que recorría la ciudad hasta llegar a Bella Vista.

Su ubicación central, frente a la plaza Baralt, contribuyó con su éxito, no obstante, era la novedad la que atraía a los transeúntes. Le Bon Marché pautó un importante cambio en la visión de la mercadotecnia que se tenía en la época, y si bien esta no es el único centro de comercio que aclama el título de ser la primera en su clase, sí es una de las más reconocidas en la actualidad. Don Emilio, ávido comerciante y visionario, adivinó el auge monetario que implicaría trasladar aquel emblemático bazar europeo a las calles venezolanas.

Hasta ese momento, Maracaibo contaba con tiendas especializadas y cada una estaba dedicada a presentar infinidad de formas y colores de un solo artículo dentro de cuatro paredes con repisas repletas de lo mismo. Las tiendas departamentales distaban en demasía de aquella tradición.

En el otro continente, los compradores no solo contaban con un abanico de posibilidades, sino que además los precios habían sido dispuestos de manera individual para que los clientes pudieran apreciarlos y compararlos sin tener que acudir a un vendedor; se establecieron políticas favorables de devolución y cambio y comenzó a permitirse la entrada y salida libre de los visitantes a cada área.

Tales hechos, que hoy en día forman parte de nuestra cotidianidad al visitar algún centro comercial, significaron una revolución en la era, y eso era lo que don Emilio tenía en mente cuando se iniciaron los planes de construcción.

La gente clamaba: «lo que no se encuentra en la casa McGregor, no existe». Bicicletas para damas, las primeras cámaras fotográficas de la Kodak que llegaron al país, ropas para damas y caballeros, e incluso, en el año 1900, los primeros repuestos para autos.

La accesibilidad y calidad eran indudables, conceptos que hoy priman al hablar del mercadeo; no obstante, había mucho más detrás de la predilección que se tenía a esta esquina. A cambio de un mercado pionero en ventas, don Emilio obtuvo muchísimo más: el corazón mismo de Maracaibo.

La casa de todos

En 1890 abrió sus puertas el bar La Zulianita, allí donde tantas personalidades del mundo literario, artístico y musical de la ciudad se encontraron alguna vez sobre las mesas de madera, con el aroma a tabaco y licor en el aire. Estaba en la misma cuadra de la esquina McGregor y le imprimió un lado bohemio a la zona.

Música, apuestas, noticias sobre la segunda guerra entre el Reino de Italia y el Imperio de Etiopía en un pizarrón cansado de tanto uso eran parte de la algarabía que llenaba las calles aledañas. Era una pequeña metrópolis, su proximidad al puerto permitía que cada aspecto de cada rincón: comercio, bar, la misma plaza se mantuvieran a la par con las tendencias de todo el mundo; y fue precisamente eso lo que atrajo a intelectuales renombrados, como los poetas Udón Pérez e Idelfonso Vásquez.

En esas calles, todos eran aprendices del nuevo mundo. Y fue precisamente allí donde se concentró la historia misma de cómo el auge de la era industrial tuvo tal su efecto por estrechas calles del Zulia.

El fuego del destino

Durante 86 años, esta fue la casa de muchos. Sirvió diligente para su fin: solventar las necesidades de tantos zulianos que recorrían por horas el camino al puerto para poder dar con la casa McGregor. Allí encontrarían lo que buscaban, sin lugar a dudas, y también al mejor precio.

Lamentablemente, un fuego arrasador acabó con todo aquello en 1978. Solo la fachada quedó intacta, pero más de mil seiscientos metros cuadrados y dos pisos de almacenes coloridos quedaron destruidos sin más.

Las paredes con exquisito arte francés se conservan en el casco central de la ciudad, dispuesto frente al hotel Victoria; pero, el valor humano y la vivacidad de los que visitaban incansablemente la esquina McGregor para empaparse de la explosión cultural que allí se dio, se han perdido con el tiempo.

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