Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Idilios nuestros

En otras latitudes, la historia de Romeo y Julieta o Sierva María y el padre Cayetano son parte del conocimiento universal, pero en nuestro suelo hay un legado trágico digno de compartir

lunes 09/07/2018
4:15 PM
  • Mary Cruz Finol

  • @cruzdesaman

  • Andrea Phillips (Diseño)

Si se trata de amores imposibles, parece que Latinoamérica tiene un repertorio inagotable de parejas que enfrentaron pruebas homéricas para estar juntas. Telenovelas que apelan por la extensión inaguantable –y hasta absurda– del sufrimiento desfilan campantes por las añoradas memorias del colectivo de la región, pero lo cierto es que los años y la oralidad nos han legado idilios y congojas que abordan escenarios y personalidades dignas de desnudar.

Maruma y Tamare

A mediados de 1990, Rafael Yépes Trujillo, poeta maracaibero, narraba el encuentro de Maruma y Tamare en un poema titulado El Lago que habla. Lo cierto es que su historia de amor padece de fechas y registros, y se abraza a la oralidad en un intento mágico por explicar el origen del lago más grande de Venezuela.

Cuenta la leyenda que hace cientos de años, demasiados para contar, el reinado del gran cacique Zapara constaba de una selva próspera y abundante donde hoy descansan las aguas que atraviesa El Coloso.

Disfrutaba sus amplios dominios deleitado con los cantos y recitales de su amada hija Maruma, hermosa princesa de voz celestial y a quien jamás daría en matrimonio. Desde entonces, y abrazados por la orilla, Zapara levantó un palacio en el centro de la selva gracias a sus poderes sobrenaturales.

Un día, las responsabilidades alejaron a Zapara de sus dominios para emprender un viaje.

Con arco y flecha en mano, Maruma entró a la selva en persecución de un venado. Su respiración contenida antecedía al tiro mortal, pero antes de siquiera destensar su arco, el animal cayó herido; una flecha ajena le apagaba la vida. Entonces, advirtió la presencia de un joven y apuesto cazador. Enfurecida, la princesa se acercó al extraño e imperativa exclamó: «¿Cómo te atreves a penetrar esta selva? Estás desobedeciendo las órdenes de mi padre, el gran Zapara».

―Bellísima doncella, me llamo Tamare ―respondió el joven de forma respetuosa y humilde―. Soy un poeta a quien consideran inservible, por lo que mi pueblo me ha desterrado. Sin saber cómo, he penetrado en esta selva. Por cinco días he vagado sin rumbo, alimentándome tan solo de frutos silvestres. Perdone mi osadía, y le ruego indicarme el camino para salir de esta selva sagrada.

Tras oír que era un poeta, la joven lo invitó al palacio y compartieron un banquete. Maruma entonó hermosas canciones y Tamare, conmovido, compuso amorosos versos que dibujaban un camino hacia los labios de la princesa.

Poco duró su tierno romance cuando Zapara regresó a sus dominios. Enloquecido, pateó el suelo con tal fuerza que la selva se hundió y formó un abismo. Los ríos caudalosos de las cordilleras vecinas se derramaban dentro de la enorme cuenca. No conforme, Zapara corrió al Norte y con sus manos separó la tierra para que entrara el agua del mar.

Los amantes, ajenos a la catástrofe que les rodeaba, seguían proclamando su querer con versos y contares. Poco a poco las aguas engulleron el palacio, y con él a Maruma y Tamare. Se dice que desde aquel encuentro, el Lago solo susurra tierna poesía o canta estrofas de amor.

La india Carú

Los indios de Bailadores danzaban al compás del festejo por el compromiso entre la princesa Carú, hija del cacique Toquisái, con el hijo del cacique de los indios Mocotíes. A minutos de la ansiada unión, los centinelas que oteaban el horizonte desde los picachos más altos, anunciaron peligro. Seres ajenos a las montañas merideñas se aproximaban. Un combate a muerte entre los indios de Bailadores y los soldados de Juan Rodríguez Suárez estaba por librarse.

Hierro y macanas chocaban, y en medio de la estampa de cadáveres, un dolor indescriptible fragmentaba el pecho de Carú al discernir el cuerpo inerte de su amado. No podía permitirse perderlo, así que sin dejar de llorar lo llevó a cuestas montaña arriba. Tenía fe de que llevándole el valiente guerrero al Dios dueño de la vida y de la muerte, quizá este le devolvería a vida.
Al tercer día, agotada y desesperada, murió abrazada al cuerpo de su novio. Ante esto, el Dios de la Montaña recogió sus lágrimas y las derramó para que volvieran donde los suyos, y todos conocieran del gran amor de los amantes. Ese día las lágrimas de la Princesa Carú concibió la Cascada de Bailadores, eterno y envolvente recuerdo de un amor que se apagó a la espera del fuego.

 

 


 

El presente reportaje pertenece a la 43.a edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 6 de julio de 2018.

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