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Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Esdras Parra, un pájaro contra el espejismo

Esdras Parra desarrolló una importante carrera literaria como ensayista y editora. Fue fundadora y directora de la revista Imagen, publicó varias obras de narrativa en los sesenta. Fungió como directora de Monte Ávila Editores y a partir de la década del noventa, incursionó en la poesía.

lunes 19/03/2018
2:55 PM
  • María José Túa

  • @majotua

  • Nathaly Salas (Ilustración)

El día que me decidí a conocer a Esdras Parra, un pájaro chocó contra el ventanal de la oficina. Todos ahí lo sentimos, pero no lo vimos. Nos asomamos y hasta bajamos a buscarlo en el suelo del estacionamiento del periódico, pero no estuvo ahí. Sin ser veterinarios supimos que de un golpe así, ni siquiera un pájaro sobrevive. Pero no pudimos hallar la evidencia de su estampa alicaída o de su muerte.

Sin poder evitarlo, este evento me condicionó el ánimo del día y de todos los días en los que leería sobre Parra.

«(…) Para mí la escritura de poemas o cuentos, la literatura, como el arte en general, es un enigma, un grandioso enigma, que creo cae dentro del misterio que es el ser humano. (…) El deseo, el ansia de querer decir algo sobre alguna cosa, que quizá no se ha dicho hasta ese momento, o si se dijo se quiere utilizar de otra forma, es lo que pone en movimiento los mecanismos internos del arte, y que nadie sabe lo que subyace en el fondo de ese deseo. (…) Uno no sabe qué lo mueve a escribir, por qué lo hace, y cuando cree saberlo se equivoca. Sencillamente, siente la necesidad, el impulso de hacerlo y lo hace. Podría agregar, entonces, que en mí, en una medida muy pequeña, por supuesto, hay también ese impulso misterioso, silencioso que desde el fondo de mi conciencia me arrastra, me incita, me obliga a realizar ese deseo. (…)Podría decir, además, que la literatura, y dentro de ella la poesía, en primer término, es un bien que nos otorga el espíritu, un bien supremo, liberador, que de alguna forma nos redime de los espejismos del mundo cotidiano, aunque tenga su raíz allí, porque es sólo el espíritu quien lo propicia y le infunde realidad (…). Esdras Parra, El Diario de Caracas, 3 de abril de 1995».

Escoge la palabra enigma, la acción de querer decir algo, el hecho de que nadie sabe lo que subyace en el deseo, define al ser humano como un gran misterio y pone todo a andar en el carrito del silencio.
Parra se mimetizaba en las letras tras el filtro irreversible de su realidad. Su figura borrosa bajo los reflectores de la literatura nacional responde a la coherencia entre su espíritu y su actuar. Luego, ya sus letras desbordan una presencia imposible de olvidar, como el sonido de un golpe seco sobre el vidrio.

José Napoleón Oropeza, escritor y amigo íntimo de Parra revela: «No le gustaba hablar de lo que escribía sino de lo que leía. Tenía gran desconfianza por sus cosas, un gran temor por mostrarlas a los demás».

Y sin embargo, escribió una narrativa de gran poder metafórico, extremadamente poética y neobarroca. En lo escritural, como en lo personal, Parra tuvo dos tiempos, el de los cuentos y el de la poesía. De los títulos Por el Norte el mar de las Antillas, Juego Limpio y El Insurgente se recogen pasajes sobre experiencias infantiles y memorias de Santa Cruz de Mora, en Mérida, su lugar natal, cargadas de fantasmas y atravesadas por una niebla que da vueltas a su prosa poética.

«De nuevo palpó la pared. La cal desconchada se aflojaba entre los dedos como escamas secas. A su alrededor, la lluvia creaba un cerco apretado y glutinoso en donde los errores, los tanteos ciegos, los actos imprevisibles se adherían o quedaban flotando en un vapor de humedad, y todo ello formaba una masa compacta que lo acorralaba más y más pegado contra la pared y afirmaba aquella sensación de aislamiento, de exclusión, de no poder eludir nada, compartiendo la soledad de su tío, su exilio, su derrota» El Insurgente (1968).

«Escribió parte de su ser», esboza Oropeza. Esta historia, El Insurgente, pone en contexto lo que sucedía en Venezuela en los sesenta. Por esos tiempos, Esdras Parra ya había estado en una comisaría por pintar una esvástica nazi cerca de una iglesia; había militado en Acción Democrática y había pasado por la escuela de Filosofía de la UCV.

Por la creación de la atmósfera, la narración y la exteriorización de los personajes, su obra se sitúa en un lugar de excepción dentro de nuestra literatura. En sus cuentos, los personajes arquetípicos ponen en evidencia a dos seres importantes de su vida: su madre y un tío. Estos relatos «asoman lo que sería su gran drama existencial, su debate sexual», asegura Oropeza. Así, se infiere que Parra hacía historias autobiográficas con representaciones de personajes mitológicos, pues adoraba la cultura griega y Perseo era un personaje cotidiano en sus cuentos.

La publicación de seis libros, tres de narrativa y otros tres de poesía, no limitó su ejercicio escritural. Como dibujante, desarrolló una caligrafía artística que le hizo embellecer cuanto manuscrito tenía. Así dejó sin publicar una novela, que nadie nunca leyó y de la que Oropeza solo supo que se llamaría El Margen. No le interesaba escribir narrativa, así que la poesía fue su asentamiento definitivo. Aún no fue su último poemario. Y «Aún no» porque quería seguir escribiendo.

Esdras Parra nació hombre en Santa Cruz de Mora, estado Mérida, en 1939 y murió mujer en Caracas en el 2004. Ese hecho, como el choque del pájaro contra el ventanal, condicionó su obra, pues solo en ella voló libre.


El  presente reportaje pertenece a la decimonovena edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 28 de abril de 2017.

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