Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

El juego de recuperar la ciudad

Los pokémones se encuentran en lugares patrimoniales de Maracaibo. La visita de locales a estos espacios ha aumentado por la aplicación. Cientos de «Pokeparadas» están distribuidas en un mapa virtual de la localidad.

lunes 12/03/2018
3:50 PM
  • Jesús Urbina (Colaborador)

  • @jurbina

  • Andrea Phillips

¿Cuándo fue la última vez que un juego te sacó de la casa? No cuentes las caimaneras ni los cambotes con amigos para jugar al escondite en la cuadra. Recuerda si en alguna ocasión participaste en un rally, de esos que solían organizarse en Maracaibo y que resultaban muy divertidos porque, montado en el carro de un compañero y buscando claves ocultas, llegabas a conocer lugares de la ciudad de los que no tenías ni una idea.

Como quiera que hayas vivido una experiencia no precisamente lúdica sorteando semáforos dañados y huecos en las avenidas mientras conduces, nada se parece a operar un juego de realidad aumentada en tu teléfono cuando andas por allí, a pie o en un vehículo. Pero la furia con que se juega Pokémon Go en muchos lugares del mundo todavía no se ha visto tanto en Maracaibo, aunque la exitosa app de la compañía Niantic, Inc., es pública desde hace un mes y medio.

Tal vez es cautela la que muestran los marabinos. La preocupación por la seguridad en las calles es un tópico mayor al evaluar los pro y los contra de la ficción de ser entrenador de unas criaturas con superpoderes.

Damián, un gamer local de 17 años, confiesa que no correría el riesgo de ser asaltado, o algo peor, al buscar la cuota de monstruos de fantasía que se esconden en cientos de «Pokeparadas» distribuidas en un mapa virtual de Maracaibo, superpuesto o integrado a la trama urbana real, por el que se navega gracias al GPS de los aparatos móviles. A pesar de su temor a andar distraído en la ciudad de verdad, Damián descargó el juego al día siguiente de su debut global, el 5 de julio. Su celo por la seguridad no le ha dejado conectarse plenamente, desde la enorme pantalla de su teléfono, a la ciudad que apenas conoce en la rutina de sus movimientos habituales.

Una opción que otros toman para exponerse menos a los peligros de la calle es salir de cacería a la Vereda del Lago o a los centros comerciales, como recomienda el autor anónimo de la cuenta en Twitter @PokeparadasMcbo, sin mostrarse muy preocupado por sufrir asaltos o accidentes al jugar.

Espacios como la Basílica de La Chinita, el Museo de Arte Contemporáneo del Zulia (Maczul), la sede rectoral de LUZ, el campus de la URU, el viejo cañón que flanquea la entrada de la 1ra. División de Infantería del Ejército o el Círculo Militar, son puntos en los que se mezclan, para bien o mal, el mundo imaginario de los pokemones y los marabinos de carne y huesos.

Es un hecho que el Maczul ha recibido visitantes solo interesados en jugar allí Pokémon Go, como lo admite su presidenta, Lourdes Peñaranda. Justamente fue un museo, el del Holocausto en Washington DC, el primero en reaccionar contra el juego inspirado por Nintendo, y lo han seguido otros monumentos y no pocos templos religiosos. Les contravienen las personas que solo se acercan a esos sitios a jugar y restan solemnidad al patrimonio cultural, causando tumultos en edificaciones antiguas al perseguir extraños animales, que para colmo lanzan gas tóxico y emiten rayos desintegradores.

«Puede haber alguna guachafa al jugarlo», reconoce el joven Damián. «En un parque, en la plaza de la universidad, no afecta mucho. Pero en una iglesia… En la propia misa de mi graduación había una pokeparada. La gente sacaba el teléfono para ver si había algún pokémon, lo guardaban y luego volvían a sacarlo para atrapar monstruos. Allí sí afecta».

Es penoso que deban ser los propios centros históricos y artísticos los que resientan del uso popular de la realidad aumentada, por causa de un juego que sin dudas es «muy tonto», como lo califica Peñaranda. El turismo patrimonial es precursor en técnicas de captación de visitantes para los monumentos urbanos. Insertar una mina de datos referenciales en aplicaciones para teléfonos y tabletas, mientras se enfoca con sus cámaras un edificio histórico, una escultura, es un sueño de museógrafos y curadores de arte.

Que un juego como Pokémon Go incluya en sus paradas algunos hitos de Maracaibo que la mayoría de nosotros desconoce, como el monumento dedicado a Adolfo D’Empaire o las esculturas de la Ciudad Universitaria, no es despreciable. «El juego al menos te hace ir al lugar. A los muchachos que lo juegan quizás nada los habría hecho llegar a esos sitios históricos o patrimoniales», dice el arquitecto y profesor Pedro Romero. «El espacio público lo vives en el recorrido cotidiano según los intereses que tienes. Te sales de esos recorridos cuando vas a buscar otros intereses que por alguna razón te han motivado. Si el juego provoca otra manera de relacionarse con la ciudad porque has motivado un interés que se propaga, creo que es una oportunidad».

Si un juego te hace salir de casa y mirar de otro modo la ciudad, no todo está perdido en esa inmersión digital que haces en ella metiendo bestias en unas bolas mágicas. Nuestra ruta diaria nos lleva desde la casa a la universidad, el trabajo, la iglesia o al tour de force de las colas para comprar comida y medicinas.

Con o sin Pokémon Go, la reconquista de una ciudad insegura como Maracaibo pasa también por recuperar sus rincones olvidados, recorrerla con otra mirada. Salir a jugar en ella. O con ella.

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El presente reportaje fue una colaboración del periodista y profesor Jesús Urbina, y pertenece a la tercera edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 19 de agosto de 2016.

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