Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

El despotismo latinoamericano retratado en género literario

Los escritores, ante los acontecimientos de la historia política del continente hispánico, retratan en sus obras las diversas formas de la manifestación brutal del despotismo, con su violencia física y psicológica. Con el tiempo, la novela sobre el despotismo en América Latina se convierte en el guión de una obra teatral que no caduca, revalorándose en épocas diferentes a la escrita.

miércoles 01/11/2017
9:22 PM
  • Pascuale Sofía

  • @VersionFinal

  • Andrea Phillips / Luzardo Ebratt

La historia política de América Latina en la posindependencia recuerda la historia mitológica del titán Saturno que se devora a sus hijos, escena inmortalizada en las pinturas de Rubens y de Goya.  Muchos de los  próceres que hablaban de libertad y que lideraban revueltas y revoluciones  se transformaron en caciques déspotas, devoradores de ideales.

Este hecho dio lugar al surgimiento si no de un pensamiento estructurado, filosófico o científico político original sobre el argumento del despotismo, a una reflexión que surgiría de la literatura. Desde este tipo de arte que observa al hombre en su vivir cotidiano y a partir de su cultura, ha emergido un género o como lo definen algunos americanistas, un subgénero de la narrativa latinoamericana denominado la novela del dictador.

Los escritores, ante los acontecimientos de la historia política del continente hispánico, retratan en sus obras las diversas formas de la manifestación brutal del despotismo, con su violencia física y psicológica. Con el tiempo, la novela sobre el despotismo en América Latina se convierte en el guión de una obra teatral que no caduca, revalorándose en épocas diferentes a la escrita.

Entre estas obras literarias  destacan, en el ochocientos El Matadero (póstumo, 1871) de Esteban Echeverría, Facundo (1845) de Domingo F. Sarmiento, Amalia (1851) de José Mármol, quienes describen el ambiente de terror creado por el dictador General Juan Manuel de Rosas (gobernó entre 1835-1852) en Argentina, con su cuerpo de pretorianos criminales denominado mazorca.

En la primera mitad del novecientos, se publica la novela el Tirano Banderas (1926) del español Ramón del Valle-Inclán, narrando la caída de Santos Banderas como déspota de una ficticia región de América Latina. El personaje logra sobrevivir enfrentándose a tentativas subversivas y se caracteriza por la violencia contra los indios y marginados, hasta que se logra derrotar y asesinar: «Su cabeza, befada por sentencia, estuvo tres días puesta sobre un cadalso con hopas amarillas, en la plaza de armas. El señor presidente».

El señor presidente (1946) del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias, obra inspirada en la dictadura de Estrada Cabrera de la República de Guatemala, representa el clima ensombrecido de la dictadura, donde se muestra una relación patológicamente violenta del poder, con sus cortesanos, con sus partidarios serviles y opositores.

Maten al león (1975) del mexicano Jorge Ibargüengoitia, relato del Mariscal Manuel Belaunzarán quien al final de su último mandato constitucional en la República de Arepa, modifica la ley para seguir en el poder. Como respuesta opositora al régimen recibirá tres atentados, hasta terminar asesinado por un maestro de música durante un evento social.

Yo el Supremo (1974) del paraguayo Augusto Roa Bastos, crea un relato sobre el despotismo de Rodríguez de Francia en Paraguay quien gobernó entre 1816 y 1840, en un ambiente signado por la violencia, persecución, racismo y ejecuciones, contra cualquiera que se opusiera a su gobierno.

La novela del Nobel colombiano Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca (1975), permite clausurar esta breve reflexión sobre el despotismo. Plasma la imagen surrealista de un mundo latinoamericano expresada en un caudillo muy anciano que detenta el poder «por más de cien años, con cinco mil hijos e incontables amantes». Se convirtió en déspota para mantener el poder, viviendo entre la intriga, la violencia, la represión y el asesinato; con extravagancias sin límites, llegó a nombrar «santa» por decreto a su propia madre, y a su amante preferida, «matriarca» de la patria.

Todas estas narrativas revelan la prolongada vida de estas sociedades  bajo el despotismo primordialmente militar, del reprimido y conforme actuar del pueblo, de las clandestinas componendas opositoras, de la sometida vida cortesana de las personas cercanas al círculo del poder absolutus y solitario del déspota.

 

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