Maracaibo, Venezuela -

Tinta Libre

Derivados contemporáneos de la Zulianidad

lunes 26/03/2018
12:43 PM
  • María José Túa

  • @majotua

  • Luzardo Ebratt

Hay cosas que evolucionan a su propio favor partiendo desde una base sólida.

La Zulianidad, por ejemplo, no está supeditada a los retumbes de San Benito, al chivo en coco ni a la tablita de La Chinita.

La Zulianidad es acerca de lo que estos signos despiertan en propios y ajenos a estos lares de multiculturalidad.

Normalmente acostumbrados a ilustrar lo tradicional con las sienes canosas de los personajes más emblemáticos y con las costumbres más originarias, no se cae en cuenta de que hay expresiones que, aupadas por la contemporaneidad, exponen condensada la esencia de ese conjunto de elementos intangibles que es la Zulianidad.

Esa evolución puede ser un dolor de cabeza para los puristas; pero también la esperanza de permanencia en el tiempo de lo que somos.

En adelante, la gastronomía, la danza y la pintura dan un testimonio propio de cómo la asumen.

 

Con escamas por la cocina

 

 

 

 

Anfibio. Freddy García pasó muchos años más en el agua que en la tierra. Ahora, pudiera pasearse luciendo escamas por los recovecos de su nueva cocina en un café de moda en la ciudad.
Él es «El Paraujano». O «El Guaji», como se le conoce en el ambiente gastronómico al primer añú chef. Pero más que con su reciente y exitoso oficio, se identifica como un pescador del lago y el mar donde desemboca.

Explican los entendidos que es hasta los siete años de edad cuando se termina de formar la consciencia de toda persona. Pues ya Freddy tenía nueve años cuando su vida se centraba única y exclusivamente en el lago y la pesca. Su tierra firme era, además, la isla de Zapara.

Tales condiciones lo hacen hoy instalarse en su memoria degustativa y traer de esos recuerdos saboreables y olfativos la base de sus platillos autorales como chef.

García amasija sus vivencias en el desierto del Torreón o en la proa de la lancha de su padre sorteando los mangles rojos para poder transmitir esa esencia pura en la confección de un plato de cangrejo, por ejemplo.

De una familia entera dedicada a esparcir chinchorros —redes— en aguas profundas, este es el tercero de cuatro hermanos. Su papá les enseñó todo lo que saben sobre la pesca, pero a Freddy le heredó un conocimiento más: la cocina.

«Él es la persona que mejor cocina en el mundo», dice sin tapujos, aunque le haya costado mucho volverse tan conversador a este miembro del reconocido Grupo Occidental de Gastronomía.
Su papá y su abuela materna son sus referentes culinarios, así como el chef Carlos Hernández Coll, su padrino en los fogones.

Toda la vinculación de la pesca con la cocina lo llevó a acercarse por primera vez a la segunda cuando en una jornada «la mar» se picó y tuvieron que pernoctar en una orilla. A Freddy le tocó hacer un mogo-mogo (arroz en caldo de pescado y verduras) para todos los navegantes.

Muy temprano en su vida, El Paraujano afrontó un cambio brusco: cambiar Zapara por Santa Rosa de Agua. Su casa en la isla no resistía más los embates de la brisa salobre. Así fue como cuando era apenas un zagaletón dejó el mar abierto por Punta de Palmas y la misma Santa Rosa.

Pronto, su avidez lo situó en una búsqueda frenética por exaltar y reinventar la pesca artesanal y la gastronomía wayuu/añú. Tras pasar por el Centro Educativo Gastronómico Alejandro Magno (Cegama), dos cocinas importantes y haber enfrentado un emprendimiento propio, El Guaji evoluciona esos sabores y olores originarios para comensales experimentados.

Siendo el chef principal de ese café de moda en la ciudad, aún pesca de ocho a diez días al mes. No puede dejar de ser anfibio. No quiere hacerlo.

 

 

«La tradicionalidad no es una abuela muerta y enterrada», asegura con su jocosidad característica el repentista Víctor Hugo Márquez. Hay —por lo menos— un puñado de jóvenes talentos que representan en ámbitos distintos lo que para ellos es el Zulia con sus elementos. La interpretación y apropiación de signos son sus premisas.

 

 

 

Sin convenciones clásicas ni criollas

 

No es elitista, es adaptable», concluye la bailarina principal del Ballet de Cámara de Maracaibo acerca del ballet clásico. Se presenta como Vanessa Rubio Rincón. Y hace un cierto énfasis en su apellido materno. Dos razones lo sustentan: una es el fuerte vínculo que la une a su madre, la otra es que, a propósito de hablar sobre la Zulianidad, deja apuntado que ese Rincón no es uno cualquiera: es de la Cañada de Urdaneta.

Hace veinticuatro años, esta rubia de treinta y uno, tuvo por primera vez una clase de danza. Con una prematura determinación, ese día sostuvo que de ese mundo no saldría más.

Así, desde los once años, se deslumbró por el plenilunio de la danza impartida por la maestra Grazyna Yeropunov y por sus primeros movimientos siguiendo la variación de Don Quijote con música de Minkus.
La coreografía que interpretó Rubio de este clásico del ballet significó, además, su tránsito de estudiante de formación clásica hasta convertirse en solista de ballet clásico, disciplina artística que le fijó bien la determinación de ser, aparte de una bailarina profesional, una graduada de la carrera administrativa.

«Lo bueno de la danza académica es la base técnica que da para poder fusionarla», y bien lo ha hecho con géneros y movimientos dancísticos. Poco pudiera relacionarse el ballet clásico con alguna expresión criolla, pero solo hace falta ver en escena a esta bailarina llevando ese academicismo a una contradanza o a un seis por derecho para volverse creyente.

De hecho, en 2017, Danzaluz convocó a un encuentro regional de danza que se llevaría a cabo en el corazón de la Cañada de Urdaneta. Un momento y oportunidad que hicieron que Vanessa se conectara con las vivencias de una niñez transcurrida sobre esos suelos agrietados y con el sabor del arroz de maíz del recetario y las manos de su abuela.

En distintas épocas, Vanessa ha expresado la tradicionalidad del suelo nato con la técnica de una disciplina universal al bailar con un liquiliqui en puntas o simplemente descalza.

Su cuerpo tampoco corresponde del todo con los lineamientos universales del ballet clásico, lo que no limita su talento ni desempeño, pero como su norte es el de romper paradigmas como su admirada Misty Copeland (la primera bailarina negra en el American Ballet), Vanessa sigue siengo una bailarina clásica en el Zulia que marca su propia pauta aquí y en el mundo.

 

Vanessa Rubio protagoniza el documental estadounidense The Ballerina; una producción acerca de las vivencias de una bailarina clásica en Venezuela.

 

Desde el útero del lago

 

De entrada, Pedro Medina asienta que no le gusta el concepto «Zulianidad» porque trata de delimitar lo que no se puede.

Medina se crió en la comunidad Lago y Sol, al norte de la ciudad; su hogar está a unos quinientos metros del lago en un contexto al que ha reconocido y respondido, en su búsqueda de la verdad, como artista plástico y ciudadano formador.

Cuando la medianoche subyuga las aguas tranquilas del lago, Medina, imbuido en la pesca artesanal que practica, espera la recolección de los chinchorros mientras hace el ejercicio de volver a su origen: sumergido en las aguas del estuario —con consciencia de ello— la estancia se compara con la del ser en formación en el vientre de su madre.

Esa conexión directa y casi mítica con las aguas, que ha definido su vida desde que se mudó a esa casa a los cinco años, se manifiesta en su obra, pues ha dedicado lienzos, investigaciones y creaciones enteras para reflejar tonos, escalas y realidades de su contexto entorno al lago.

Probablemente la sensación que experimenta Medina en el útero del lago lo haga fundamentar esa concepción de que la Zulianidad no tiene límites.

La lógica se impone para establecer la fórmula de que si el lago es el corazón de la región zuliana y es la peresencia física que mejor rige los elementos y comportamientos zulianos, esto también debería contemplar los límites desdibujados con Mérida, al sur del lago, y los componentes que permean solo por la condición geográfica.

Al artista no le gusta la palabra ‘identidad’; «lo que nos rodea es circunstancial, pero lo que es verdadero no cambia», esboza virado hacia la universalidad.

Todos los conceptos, la distribución espacial de los elementos; los rostros y las historias; los tonos y las escalas de ese enorno bien conocido son el grueso de su obra. Y toda la pinta desde su habitación. Su creación no viene de la comtemplación directa; es, más bien, memorativa.

«No es un interés estético, sino para demostrar que en una misma realidad caben distintos fenómenos. Está el barrio, pero también está el lago y la ciudad y de cada uno hay diferentes visiones significativas, y todos somos los mismos».

Apropiación e intervención de conceptos. El arte es absolutamente perceptivo.

Desde el pedazo de orilla del lago que ostenta Medina, su visión se expresa sobre lienzos y con óleos acerca de un origen que no se supedita ni se limita, sino que se expande e invita al discernimiento.
«Lo circunstancial no define lo verdadero», insiste. Y es esta sentencia la que, finalmente, define las otras expresiones de la Zulianidad: las que se conectan con el origen y traducen a lenguajes universales estas particularidades.

«Habrá los que se queden con lo bonito, pero también los que con lo significativo», cierra Medina.

 

 

 

 

 


El  presente reportaje pertenece a la 34.a  edición de la revista cultural Tinta Libre, publicada el 26 de enero de 2018.

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