Maracaibo, Venezuela -

Sucesos

El ataque a Gilda trasciende de Perú

Un acosador la obligó a lanzarse de un tercer piso. Apenas lo condenaron a 9 meses de cárcel

viernes 15/06/2018
4:07 PM
  • Fabiana Delgado

  • @VersionFinal

  • Cortesía

Lleva en su mano un bolso verde. Adentro ácido muriático, veneno, un cuchillo de carnicero, sogas, bolsas negras y otros objetos. Planea matar a Gilda Branz Sol Mujica, una imponente venezolana, con el cabello rubio y tez blanca, con ocho meses de residencia en uno de los apartamentos que regenta su madre, en Puente Piedra, en Lima.

Es el jueves 7 de junio de 2018 y Reyner David Alvarado Meza no duda en atacar a la muchacha cuando le abre la puerta para que revise el lugar que prevé entregar antes de cambiar de domicilio. Ella se quiere marchar y se lo había anunciado a la propietaria del inmueble.

—Señorita, disculpe que se lo diga, la amo tanto desde el primer día que la vi.
El hombre de 27 años lleva semanas escribiéndole mensajes de amor y otros textos más sugerentes a través de su teléfono celular. Nunca recibió respuestas. La muchacha, de la misma edad, cuenta en su equipo Android no menos de 15 textos intimidantes, de acoso. Pero no sospecha.

Alvarado Meza le lanza ácido en la cara y Sol Mujica se desploma, con el ojo derecho y la mejilla bajo lenguas de fuego. Recibe golpes, cuchilladas, patadas y una lluvia de insultos. Se siente muy débil y herida. Se encuentra en shock. No puede evitar que la someta sexualmente.

Pierde, por segundos la consciencia. El agresor la da por muerta, se sube el pantalón y realiza una llamada telefónica. Le cuenta a alguien lo que hizo.

II

—No sé cómo sobreviví. Las heridas eran profundas. Boté tanta sangre que en ese momento dije: ‘Este es mi final, yo voy a morir aquí’. No creí que iba a sobrevivir a tantas puñaladas en la cabeza, en el cuello.

Pasaron varios días y Gilda Branz se recupera. Está en un hospital de la capital peruana y le narra su dura vivencia a un periodista de televisión. Graban su testimonio. Tuvo que lanzarse por la ventana del apartamento, en el tercer piso para sobrevivir. Clama justicia.

—Estoy gravemente herida, perdí la visión en un ojo y tengo una pierna muy mal, mi cara está un poco desfigurada y no sé si volveré a caminar, le comenta al comunicador que la aborda con un micrófono.

Necesita un trasplante de córnea y sufre fractura de su pierna y tobillo izquierdo. Su rostro no es el mismo. Recuerda que se salvó porque su agresor la dio por muerta. Le decía a otra persona por teléfono que la iba a cortar en trozos y la metería en la bolsa.

Asegura que solo lo vio unas dos veces y porque la dueña del apartamento, su madre, lo enviaba. El peruano de 27 años tomó veneno, cuando la mujer comenzó a recibir ayuda de vecinos. Fue hospitalizado. Se victimizó y logró una ínfima condena de 9 meses de prisión preventiva por decisión de la Corte de Justicia de Lima, por tentativa de homicidio, violación sexual y graves lesiones.

—Nunca he tenido problemas con nadie. Cuando adolescente recibí atención psicológica y lo dejé, creo que ese fue mi error, necesito ayuda.

La historia de Gilda se replica por medios tradicionales y redes sociales. El ataque hacia ella no terminó el 7 de junio. Sigue con las secuelas psicológicas y físicas, y con la bajeza del sistema de justicia de un país con la balanza rota.

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