Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Voy a hablar de la tristeza, por Roberto Hernández Montoya

domingo 04/06/2017
10:58 AM
  • Roberto Hernández Montoya, Presidente del Celarg | Foto: archivo

  • @versionfinal

  • Archivo

Pido perdón. He estado muchas veces muy cerca de gente traidora. Ya ni me da rabia sino fastidio. Tan pegado estuve que puedo dar fe, a través de su piel transparente, de su compungida intimidad, la más cruel porque es invisible, inexcusable y para siempre. En el pecado está la penitencia —es decir, es el infierno—.

No pueden concederse el perdón. Pasan el resto de su vida justificando su voltereta, obsesivamente y con teatral angustia porque sufren en público. Lo más triste es que uno hasta les cogió cariño y vivió en su compañía los momentos más bellos del divino tesoro de la juventud. Nos dieron lo mejor que tuvieron y eso se agradece.

Juzgo por el carácter obsesivo de sus justificaciones que suena a angustiada súplica de perdón y nos encandila su inagotable sufrimiento. Tiene que ser una tristeza infinita condenarse el resto de la vida a justificar la belleza de su juventud. La literatura odia la traición, puebla los libros de paradigmas detestables: Dante aloja la traición en el último círculo del infierno, Judas, Bruto, Casio, donde satanás los devora interminablemente. Shakespeare dice en el Rey Lear que “es peor que el asesinato hacer al respeto ultraje tan violento”. Pero tristeza tanta no termina allí, porque se condenan a vivir en nidos de traición, es decir, en la paranoia y el horror. No hay peor película de terror. Digo, cuando no terminan en tragedia. Es una tristeza tras otra, porque lo único que hicieron de valor fue lo que cumplieron antes de la infamia.

Venden barato lo que no tiene precio. Saben lo que hicieron, lo bello que perdieron, y por eso no se les puede ayudar. Son irrescatables porque roto el encanto no pueden regresar. El retorno de Judas sería grotesco, o sea, peor que imposible. Ya no les podemos creer. Y si no les queremos oír menos les querremos hablar. Por eso nadie les quiere. Su ingenuidad es tan conmovedora que creen que la burguesía perdona. Lo mejor sería olvidar a esa perduta gente (Dante), pero tampoco se puede. El infierno existe y allí vivirán para siempre. No quisiera estar cerca de su lecho de muerte.

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