Todo se derrumba, Nicolás, por Fausto Masó

“¿Cómo es que el Gobierno está en pie?”, se preguntó Mario Vargas Llosa re riéndose a Venezuela. La “única explicación” es porque hay un ejército comprado, sobre todo su jerarquía, que le han dado el control del narcotráfico, que debe de ser la única industria que funciona todavía en Venezuela.

Los países de América Latina, añadió, reaccionaron “muy tarde” en condenar la situación del país caribeño y no todos “con la claridad” que por ejemplo han hecho los Gobiernos de Argentina o Perú. Así habla el famoso novelista, cuando señala el evidente desmoronamiento del Gobierno de Nicolás Maduro que anda dando palos a ciegas, ignora hacia donde marcha y carece de cualquier proyecto. Quizá Maduro se imagine a sí mismo como un marxista-leninista, pero se equivoca. Ningún lector de Marx, o Lenin, se comportaría con tal torpeza. Maduro llegó al poder porque Chávez escogió como vicepresidente a un político sin futuro, ni capacidad para sucederlo. Nicolás todavía no sale de su asombro, a ratos lamenta la misma muerte de Chávez que lo dejó con una papa caliente en la mano.

¿Hay futuro para Maduro? No, solo pasado, Maduro vive de glorias pasadas, de la suerte, de las hazañas de Chávez. Mirar hacia adelante lo marea, lo aturde, lo ciega. Maduro sabe que no tiene futuro. A Maduro no lo sostiene una ideología, un partido fanático, unos dirigentes ensoberbecidos. A Maduro lo apoya la inercia, la falta de alternativa para que los suyos lo reemplacen, porque el principal enemigo de Nicolás no está en la oposición sino en los que dicen apoyarlo, entre los que gritan con mayor fuerza “viva la revolución”. Estos saben que con Nicolás no hay futuro, que deben librarse de él lo más pronto posible, pero no es tan fácil. Quitarlo en realidad no es tan complejo. Lo complicado es designar su sucesor.

Demasiados aspirantes hay en el chavismo a la silla presidencial. Vargas Llosa, a la distancia, no haya razones para que sobreviva Maduro, no comprende que la inercia lo salva, la dificultad de escoger un nuevo líder, de dar un salto a la desconocido. Maduro no es un Pérez Jiménez, un Gómez, un Chávez, sino alguien que el destino colocó en Mira ores y que alguna vez fue el hombre de confianza de Fidel Castro. Ya todo se derrumbó, como hemos dicho en otras ocasiones. Maduro avanza a la deriva, a gran velocidad, hacia ninguna parte. Por desgracia nos arrastra a todos hacia el abismo. Hay que imaginarlo en la soledad, al anochecer, preguntándose por la responsabilidad histórica, porque cómo lo verán en el futuro. Teme que lo consideren, al final, un pobre diablo. Adiós, Nicolás.