Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Solidaridad y esperanza, por Jaime Kelly MSC

viernes 15/01/2016
9:57 AM
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Hace un tiempo mientras veía las noticias, presentaron a un grupo de personas damnificadas por una inundación a causa de lluvias intensas. Entre las personas entrevistadas, me llamó la atención una señora que llorando contaba que había perdido todo: su casa, sus enseres y hasta el deseo de vivir. Estaba desesperada y exclamó desde lo más profundo de su alma: “En este país sólo Dios nos puede salvar”. Pensé, ha dicho una gran verdad, pero habría que agregarle a esa frase: “Con la colaboración de todos y unidos”.

Al apagar la televisión me quedé pensando que así como esa señora, hay muchos que están desanimados y desesperados, porque no tienen trabajo, salud, dignidad, ilusiones y tantas otras necesidades. Mucha gente sufre por la pobreza, la inseguridad, la violencia, la injusticia y tantos otros males.

En el Evangelio según san Lucas (Lc. 16,19-31), se relata la historia del rico Epulón y el pobre Lázaro, donde se nos muestra que la diferencia social que desagrada a Dios, es aquella que se sustenta en tener riquezas acumulando bienes en esta tierra, sin saber compartir, y no mirar la necesidad del otro, olvidando que al atravesar el mar de nuestra vida, en la otra orilla seremos premiados o castigados de acuerdo a nuestra entrega o indiferencia, según nos hayamos comportado o aportado a quienes necesitan de nosotros en esta orilla.

Sabemos que Jesús nos acompaña: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt. 28,20), y camina con nosotros como lo hizo con los discípulos de Emaús (Lucas 24,13-35), que iban desanimados, porque habían perdido la esperanza, la cual habían visto morir en la cruz. Muchas veces por las pesadas cruces de la vida, perdemos la esperanza, el ánimo y la alegría de vivir, pero nosotros los cristianos estamos llamados a ver más allá, a mantener la mirada interior hacia el misterio pascual, y reconocer a Jesús, como los discípulos de Emaús, en su presencia Eucarística, que nos reaviva a mantenernos firmes en la esperanza de lo que nos aguarda junto al Señor, poniendo nuestras vidas en las manos de Dios. Es eso lo que debemos transmitir a los otros, la seguridad de que no estamos solos, que el auxilio nos viene del cielo, (Sal. 121).

El Señor nos envía a recorrer nuestro camino de fe haciéndolo visible en buenas obras. Como cristianos debemos buscar soluciones ante las necesidades que vemos a nuestro alrededor, pero estas obras no han de traducirse sólo en lo material (que es muy importante), compartiendo de lo que tenemos y solidarizándonos con aquél que más necesita), sino además animando y alentando a no perder la esperanza y transmitiendo alegría. Estamos llamados a mantener la disposición para ayudar, la alegría en Jesucristo y la esperanza que nos anima. Así juntos construiremos un mundo mejor no sólo con la compasión y la oración, sino con nuestra acción.

El Papa Francisco insiste en que seamos cristianos alegres y portadores de esperanza, solidarios en este mundo tan falto de caridad. Que Dios nos dé la Gracia de vivir la esperanza a la que hemos sido llamados. Que Dios Nos Bendiga. Amen.

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