Regresión o un nuevo curioso caso de Benjamín Button, por León Sarcos

Aludo a la película con el mismo nombre del subtitulo, protagonizada por Brad Pitt, cuyo argumento central refiere la vida de un hombre que nace viejo y muere bebé. En la misma línea transcurre la vida de mi personaje, este otro yo, solo que la historia ahora no es cronológicamente regresiva, sino que tal regresión ocurre en el plano material. Los primeros síntomas de la enfermedad se hacen sentir a principios del 2000, por lo que un equipo de rectores deciden convocar, para analizar las primeras manifestaciones del mal un Simposio Internacional, conocido como Opciones frente al porvenir.

Los sucesos de abril del 2002 marcaron el inicio de la gran tragedia nacional. La enfermedad se declara. A pesar de que la sociedad civil derrotó al Gobierno en la calle, con manifestaciones multitudinarias —nunca antes vistas en volumen y entusiasmo— que obligaron a renunciar al pichón de dictador, las fuerzas militares que respaldaban a la opción democrática no fueron capaces de controlar el poder. Leía entonces para crecer El monje y el filósofo y me ejercitaba mentalmente con El señor de los anillos y Una mente maravillosa.

En el 2007, después del referéndum constitucional, cuando volvimos a derrotar al dictador y a su pretendida reforma para imponer el Socialismo a la cubana, debo confesar que el alma me volvió al cuerpo, a pesar de que para entonces había perdido mi casa y mis zapatos hicieron tierra porque también había perdido mi carro. Solo me consolaban la última visita que hizo mi hija al país (sería la última vez que la vería cara a cara), la lectura de la Historia de la belleza y la historia de la fealdad, de Umberto Eco, y me entretenían las películas, El último rey de Escocia y Los infiltrados. Sin embargo, la enfermedad se profundizó.

A la muerte del dictador en 2012, la enfermedad se desencadenaría con mucho más vigor. Definitivamente ya no podía ir a un restaurante, ni tomar whisky importado; solo vodka nacional o cerveza, cuando la inflación fue apretando. Se acabaron las salidas al cine con hamburguesas y, lo más triste, sin siquiera palomitas. Solo en esta época me reconfortó La dama de hierro, protagonizada por mi eterno amor secreto Meryl Strep y me deslumbró El artista. Volví a releer a Sor Juana o Las trampas de la fe, de Octavio Paz; conocí y estudié a Chesterton y leí la más bella biografía de Proust, de André Maurois.

Transcurre el año 2017; la bacteria que produce la enfermedad ha invadido el cuerpo social, haciéndose terminal. El desastre económico, la pobreza generalizada, la inflación en su espiral de muerte, la incertidumbre y la desesperanza, para los que nos quedamos a resistir están a la orden del día. Los científicos sociales ya identificaron la bacteria que produce la enfermedad, que a todos nos hizo pobres: Revolución Bolivariana. He vuelto a ver por quinta vez mi película favorita Shakespeare in love y de Samuel Huntington, a leer, Who are we, su libro póstumo.

Voy en un autobús de pie, confundido entre decenas de parroquianos, rumbo a la Plaza de Toros a tomar una chirrinchera que me llevará a Topia, donde solía ir con mis padres a visitar a mis abuelos y a mis tíos Wayuu. Solo a mi memoria viene arrebatado de arrechera una frase de Edgar Alan Poe: “Vengo de una raza que se ha distinguido por el vigor de su imaginación y por el ardor de sus pasiones. Me esperan barriles de agua, cecina de carnero y la totuma para el baño; me han degradado la vida material, pero intelectualmente y espiritualmente he crecido y no nos van a vencer”.