Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Parlamento y paz, por Ramón Guillermo Aveledo

sábado 16/04/2016
9:43 AM
  • Ramón Guillermo Aveledo - Abogado

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La paz es resultado. Reglas claras y respetadas, poder ejercido dentro de ellas y al servicio de todos, son marco de una sociedad que convive en libertad, busca la justicia, construye el progreso y resuelve sus controversias, que siempre las hay, en el orden de una democracia saludable.

Lo contrario es el imperio de la fuerza, de la violencia, sea generalizada, y es la anarquía o la guerra civil, o concentrada, y es la dictadura. Si la paz es imposición, solo es apariencia.

El Constituyente de 1999 no quiso un poder concentrado. Al contrario, diseñó un poder distribuido en municipal, estadal y nacional, y dividido en legislativo, ejecutivo, judicial, ciudadano y electoral. En ese orden. A la Asamblea Nacional le dio unas competencias bien definidas de representar, legislar y controlar.

También a los otros órganos del Poder Público. Desconocimientos, usurpaciones y otro tipo de abusos, no están en el plano constitucional. Si en Venezuela ha prevalecido la paz, es porque los ciudadanos hemos confiado en el voto para cambiar y porque en la oposición hay una alternativa, la Unidad, cuya ruta al cambio es pacífica, democrática, constitucional y electoral.

La esperanza venezolana de paz y libertad ha estado asociada a un Parlamento que cumpla su deber. En 1811, fue el Congreso el que declaró la Independencia y dictó la primera Constitución. En 1819, en plena guerra, Bolívar con ó la institucionalización del país al Congreso reunido en Angostura bajo la ilustre presidencia de Roscio. En 1848, las puertas a la violencia fratricida de las guerras de montonera se abrieron de par en par con el asalto al Congreso por el monagato. En 1945, cuando una revolución amplió la participación para democratizar la vida pública, el pueblo entendió de qué se trataba siguiendo los debates de la Asamblea presidida con mesura y amplitud por Andrés Eloy Blanco, llamado por Caldera, líder de la oposición en el hemiciclo y en la calle, “el amortiguador de la Constituyente”. Muchos defectos pueden anotársele al período de estabilidad en las libertades entre 1958 y 1998, pero el Capitolio fue siempre foro para que se escuchara la voz de todos.

Esa historia no debe ser olvidada por la pasión sectaria ni por la arrogancia del poder, alimentada por maromeros de la adulancia. En un circo, el elefante no hace el número de la cuerda floja. Es demasiado peligroso. Para él, para el público presente, para todos.

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