Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Odisea del rencor por Ángel Rafael Lombardi

miércoles 13/07/2016
2:47 AM
  • Ángel Rafael Lo,mbardi

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La historia ni la hace el pueblo (Marx, 1818-1883) ni tampoco es la biografía de sus héroes (Carlyle, 1795-1881). En realidad, la hacen los enanos. El enanismo es el espíritu mezquino que las grandes utopías han tratado de desterrar infructuosamente: no puede haber mundo feliz mientras la especie humana no sea capaz de reinventarse

El desprecio de los tiranos. por el pueblo es palpable. Saben los déspotas que basta la zanahoria junto al garrote, sobre todo, éste último para mantenerlo a raya y sumiso. La mansedumbre es la marca del “bravo pueblo”, una ficción alentada por himnos y símbolos nacionales para que las élites mantengan sus privilegios mal habidos: el crimen glorificado ata los nudos de una autoridad acatada sin protestas, y si las hay, pues se reprimen a sangre y fuego.

A su vez, la indiferencia del pueblo sobre sus mandamases es ya legendaria porque se saben rebaño obediente de las circunstancias miserables de la existencia, y porque el Jefe les mima como chula clientela. El mito del pueblo y del héroe es tan falaz que Jorge Luis Borges (1899-1986), con delicada y portentosa inteligencia, lo alcanza a desmontar con elegante prosa en su cuento: Tema del Traidor y del Héroe (1944).

Jonathan Swift (1667-1745) nos ofrece en Los Viajes de Gulliver (1726) como unos insignificantes enanos logran todos juntos anular al portentoso gigante. La metáfora no sólo es gráfica sino básicamente conceptual. Así como en la vida unos muchos tontos anulan la virtud de unos pocos elegidos por sus talentos. La democracia cuestionada, porque la dictadura de la mayoría puede terminar siendo el gobierno de los más bobos e incapaces en nombre de un ideal populista y pendenciero, tal como les ha sucedido trágicamente a los venezolanos más recientemente.

El verdadero “elán vital” que mueve a la humanidad es el rencor. En el Eclesiastés, un sabio libro bíblico cuyas incongruencias son coherentes con lo que representa el misterio humano no se anda por las ramas: todo es vanidad y no hay nada nuevo bajo el sol. Quien vino a contracorriente a defenestrar esos supuestos egoístas y viles que se hacen presente en el barro de muy mala calidad que utilizó el Creador para constituir la simbiosis del cuerpo/alma fue Jesús y su prédica imposible de amor al prójimo. El atrevimiento por cuestionar al hombre modelado por la insumisa Eva y el envidioso Caín le costó el suplicio y la muerte. Los Evangelios son el testimonio de la cruz, un símbolo de terror, que nos recuerda todo el tiempo que los corderos son siempre sacri cados por lobos.

El triunfo de los enanos en la historia es obvio: la injusticia en el mundo reina. Immanuel Kant (1724-1804): la confianza sobre lo racional; muchas “luces” filosóficas de una Ilustración mil veces negada y esparcida bajo el terror revolucionario, tamaña paradoja, para terminar siendo esclavos de los sentimientos y las emociones más pueriles.

La historia es como una telenovela sosa, reiterativa, siempre presentando los mismos temas venenosos: la decepción circular en que anida la frustración por un desengaño perpetuo y cósmico, ya sea por la ausencia del amor perfecto o de las riquezas esquivas, para terminar con una locura como frenesí haciendo de la venganza y la traición el entretenimiento preferido. La orfandad psíquica y el rumiar las ofensas acaparan la mayor parte de nuestras energías y tiempo dilapidados inútilmente.

 

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