Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Noel Álvarez // Haz lo que digo, pero no digas lo que hago

sábado 22/06/2019
3:36 PM
  • Noel Álvarez

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«Pensé que conocía unas cuantas historias buenas para contar a los demás, y descubrí, o confirmé, que escribir era lo mío. Muchas veces había llegado a convencerme de que ese oficio solitario no valía la pena si uno lo comparaba con la militancia o la aventura. Había escrito y publicado mucho, pero me habían faltado h… para llegar al fondo de mí y abrirme del todo. Escribir era peligroso, como hacer el amor cuando se lo hace como debe ser. A partir de allí, me di cuenta de que yo era un cazador de palabras. Para eso había nacido. Ésa iba a ser mi manera de estar con los demás después de muerto y así no se iban a morir, del todo, las personas y las cosas que yo había querido». Esto dice el escritor uruguayo Eduardo Galeano en su novela: Días y noches de amor y de guerra.

La citada novela fue escrita en los tiempos difíciles para redactar un párrafo y llevarlo a la prensa controlada por las dictaduras de Argentina y Uruguay. Galeano veía la complicidad entre las dictaduras y muchos “demócratas” que veían a los medios como vecinos incómodos que deberían darle apoyo a los gobernantes sin cuestionarlos en absoluto, en cumplimiento de aquella frase que algunos investigadores suelen atribuir a Lucio Séneca y otros a Sigmund Freud: Haz lo que digo, pero no digas lo que yo hago. Si tienen el poder, pretenden imponer sus agendas a los medios y cuando lo pierden, redescubren de golpe las ventajas de que esos mismos medios ofrezcan espacios para discursos y narrativas alternos a los oficiales.

Perseguido por los dictadores, Galeano se preocupaba por el destino de sus compañeros universitarios y se decía: “A veces, se me da por sentir que la alegría es un delito de alta traición, y que soy culpable del privilegio de seguir vivo y libre”. Con una visión que incomodó a propios y extraños, reflexionaba sobre el hondo contenido de esa frase que le llevó a darle la razón al cacique Huilca, en el Perú, hablando ante las ruinas que dejan las dictaduras en su efímero paso por los pueblos: “Aquí llegaron. Rompieron hasta las piedras. Querían hacernos desaparecer. Pero no lo han conseguido, porque estamos vivos. Estar vivos: una pequeña victoria. Estar vivos, o sea: capaces de alegría, a pesar de los adioses y los crímenes”.

Galeano fue un hombre con una pluma fuerte para las dictaduras que él criticaba, pero muy manso con Fidel Castro, Guevara, Hitler y otros depravados autócratas. Sobre La Revolución Cubana escribió: “Sometida a un acoso imperial incesante, sobrevivió como pudo y no como quiso. Mucho se sacrificó ese pueblo, valiente y generoso, para seguir estando de pie en un mundo lleno de agachados”. Para este país y otros dictadores del mismo estilo, Galeano nunca pensó en elecciones libres y la cantidad de fusilados de sus amigos.  “Cuba duele”, escribió sobre el fusilamiento de tres cubanos que intentaron secuestrar una lancha de pasajeros y más adelante señala: “La profundización de la democracia en Cuba es un asunto de los cubanos y solo de los cubanos. Desde siempre creo que la autodeterminación de los pueblos es sagrada”.

Sobre la autodeterminación de los pueblos, dicen los críticos que, este tema solo se anida en el pensamiento del idiota latinoamericano.  Vargas Llosa define a estos personajes como: «un grupo de intelectuales; que a través de un rebuscado lenguaje, pretenden imponer su ideología, a un continente que duda de su identidad”. Surge “el idiota”, como respuesta a lo que algunos denominan «la cultura dominante”, y se nutre de los nuevos pensadores, pero también de la incertidumbre del pueblo, ansioso de que le digan lo que él anhela escuchar.

Álvaro Vargas Llosa dice: “somos el fruto de un complot histórico. “El idiota” es quien exige sacrificios al pueblo, otro clan similar, ya se los exigía a los soviéticos, con promesas de cambio” ¿Se cumplieron esas promesas? Los idiotas hablan de la democracia, de ideologías y de los derechos fundamentales. Alguien dijo que las ideologías son: el reemplazo barato para la falta de ideas. Nuestro idiota está impregnado de ideología, un producto envasado, al que, muy pocos, se atreven a contradecir. Concluyo este escrito, citando nuevamente a Vargas Llosa: “el problema no es haber sido idiota, sino continuar siéndolo”.

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