Maracaibo, Venezuela -

Opinión

El mayor dictador de la historia, por Jorge Sánchez Meleán

domingo 04/12/2016
11:15 AM
  • Jorge Sánchez Meleán -Economista

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Después de medio siglo de poder absoluto, Fidel Castro se convenció de que era mortal. Ningún ser humano había permanecido más tiempo con un poder semejante sobre sus hombros. Ni Lenin, ni Stalin, ni Mussolini, ni Hitler, ni Franco, ni Perón, ni Trujillo, ni Somoza, ni Gómez. Ni siquiera los héroes de su adolescencia: Napoleón, Alejandro Magno o Julio César. Pasará a la historia no como el estadista al que se recordará por sus virtudes y logros, sino como el dictador al que no se olvida por sus desafueros e irrespetos contra la dignidad de la persona humana, de sus gobernados. Fue totalmente el durante toda su vida, a lo que expresara en Caracas el 24 de enero de 1959, en el Congreso Nacional: “Cuando se toma el poder por la fuerza no se puede gobernar de otra manera”. Gobernó entonces, entre miles de fusilados y de asesinados en las cárceles. Entre decenas de miles de presos políticos torturados física y mentalmente. Entre más de 2 millones de exiliados y emigrados regados por medio mundo. Entre doce millones de cubanos sometidos a una vida ignominiosa, dirigida y vigilada por los cuerpos de seguridad del Estado. Entre ciudadanos de una sociedad injusta, sin estado de derecho, sin libertad, sin posibilidad de expresarse y opinar, de asociarse o de reunirse e impedidos de ejercer el credo religioso o político de su preferencia o de ganarse su sustento con un trabajo digno, de acuerdo a su capacitación. Gobernó medio siglo a un país, como dueño y señor de una revolución marxista-leninista, con un solo partido y un estado totalitario, que sumió en pobreza extrema y sin esperanzas, a un país que en 1959 era de los más avanzados de América Latina. Derrotó a una dictadura para sustituirla por otra más duradera, más represiva y más corrupta, que la que depuso. Si organismos internacionales reconocen a la Cuba delista éxitos en salud, educación y otros aspectos sociales, ello no justifica haber destruido lo más preciado de los seres humanos: su dignidad, su derecho a ser libres en un país con bienestar creciente. Después de la desaparición de este dictador, Cuba es un país en situación lamentable. El mítico “hombre nuevo” de esa revolución materialista, es un simple autómata, sin principios ni pensamiento propio, que hasta hoy vivió sin poder cuestionar a la voz del amo y dueño del poder. Con la muerte de Fidel Castro debe desaparecer el totalitarismo marxista-leninista en Cuba y en América Latina, tras medio siglo de fracasos del socialismo comunista. Llegó la hora de que en Cuba, el poder dependa de la voluntad soberana, no de un hombre, sino de un pueblo. Es tiempo de que esa isla se gobierne en paz, respetando la dignidad humana de todos. Esa debe ser su gran revolución en el siglo XXI, tras la muerte del mayor dictador que ha conocido la historia humana.

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