Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Matar a un periodista acuchilla la democracia, por Noel Álvarez

lunes 15/05/2017
12:20 PM
  • Noel Álvarez - Coordinador Nacional de IPP-Gente

  • @versionfinal

  • Archivo

Ser periodista o reportero gráfico a menudo significa vivir bajo constante amenaza. Debido a los ataques de algunos gobiernos y a los de la delincuencia organizada. El trabajo del comunicador se hace cada día más difícil y, en algunos casos, significa un boleto hacia la muerte. México es uno de los países donde el ejercicio del periodismo cobra vidas a cada momento. En los últimos cuatro años, 23 reporteros han sido asesinados y 4 continúan desaparecidos. En las protestas los manitos usan esta expresión: “al matar a un periodista se acuchilla la democracia”.

En algunos países, la delincuencia organizada en sus ataques a la prensa, utiliza la frase del carnicero nazi y ejecutor del Tercer Reich, Hermann Goerin, quien acuñó la expresión: “disparad primero y averiguad después y, si os equivocáis, yo os protegeré”. A los comunicadores encargados de la sátira les decía: “cuando oigo la palabra cultura, cojo mi pistola Browning”. El militar prusiano odiaba a la prensa que lo satirizaba a cada momento por su descuido en atender a los pobres. El era uno de los encargados de repartir la comida y cuando las familias no tenían mantequilla les recomendaba que comieran un trozo de metal porque “este siempre ha hecho fuerte a la nación, mientras que la mantequilla y las grasas solo crean gente gorda”.

En Venezuela, la profesión de periodista es agredida a cada momento y quienes ejercen la actividad en funciones gubernamentales, no levantan su voz para proteger al gremio y denunciar la brutal represión a sus compañeros. El pasado miércoles fue asesinado en Caracas el comunicador Miguel Castillo. Un venezolano que marchaba, como muchos otros, en ejercicio de su derecho constitucional a disentir y protestar contra el régimen actual. Un héroe anónimo más que siempre deberá estar presente en nuestra historia contemporánea.

Cuando difundir informaciones se vuelve peligroso para la salud, se debe recurrir a la sátira, género caricaturesco que busca la burla, lo ridículo o la carcajada, capaz de remover las conciencias y calar en la sociedad. Es un género perseguido, anónimo y clandestino. Es una de las manifestaciones literarias más relevantes a la hora de comprender las rivalidades y oposiciones de diversos sectores frente a los gobiernos dictatoriales. Hay momentos en los que la realidad política es tan dura, desconcertante, poco razonable e injusta, que solo mediante la representación paródica parece que se pueden agitar las percepciones y las conciencias.

En una época donde los medios de expresión están mermados, la ironía de los venezolanos que acuden a las marchas opositoras se transforma en un instrumento formidable de ataque que vapulea inexorablemente a los dueños del poder. Este género encuentra su terreno más fértil en los regímenes dictatoriales, aun a riesgo de la censura. Es el más temido por los dictadores porque tiene la capacidad de llegar a todo tipo de público. Su auge, suele coincidir temporalmente con el desgaste de los sistemas políticos, la caída, agonía o despeño de los gobiernos y las irremediables consecuencias que se manifestarán en los países.

 

 

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