La tragedia venezolana, por Vladimir Villegas

Un país empobrecido por la crisis económica. Por políticas equivocadas que han podido corregirse a tiempo y no hubo ni voluntad ni capacidad para hacerlo. Unas instituciones demolidas por el uso sectario y partidista que se ha hecho de la constitución. Una ciudadanía víctima de la arbitrariedad. Un conjunto de derechos consagrados pero sin poder ser ejercidos. Una democracia de palabras, vacía de contenido real. Un Gobierno que terminó pareciéndose y superando a lo que tanto denunciaron. Una perspectiva de conflicto político agravado por la represión y la violencia que pueden llevarnos a una escalada de la cual resultaría muy difícil salir sin saldos de sangre y dolor aún mucho mayores de los que hemos visto. Un caldo de cultivo para la anarquía, para que las pasiones gobiernen la toma de decisiones en todos los actores. Un pasto fácil para los demagogos y mesías con nuevos aperos, actuando en nombre de la justicia, pero con germen autoritario de nuevo cuño. Eso es lo que nos espera si no hay capacidad de proponer soluciones nacidas del deseo de las mayorías, afincadas en nuestra aporreada Constitución de 1999.

Una sociedad a la cual se cierran las puertas termina por explotar. En eso estamos al día de hoy. Se hace un uso arbitrario del poder, se pasa por encima de la Carta Magna. Se le utiliza como un traje a la medida y luego se aspira a que los ciudadanos no reaccionen. Y cuando surge la protesta viene la represión desmedida, la que aplican los cuerpos de seguridad, y la que también ejercen grupos paramilitares. Paramilitar es paramilitar. Allí no hay signo ideológico que valga. Su objetivo es reducir, amedrentar, golpear y, si hace falta, eliminar.

Así que dentro de poco, si no se hace algo al respecto, tendremos paramilitares de bando y bando dominando la escena. Se debe acabar con la permisividad de la cual disfrutan esos individuos, que constituyen un verdadero peligro para la paz, trabajen para quien trabajen. Deben ser investigadas las imágenes de grupos de ellos saliendo de instalaciones militares o policiales. Como también deben ser castigados los responsables de lanzar bombas lacrimógenas desde un helicóptero, una acción planificada por individuos con instinto criminal que también son una amenaza y merecen ser castigados con todo el rigor de la ley.

Por otro lado, tenemos una dirigencia opositora sometida a presiones de sectores ultra radicales que pretenden imponer objetivos maximalistas. Ahora, según esos grupos, es un pecado exigir las elecciones que han sido postergadas indefinidamente por un CNE sumido en el silencio y la inacción. Y todo el que pida elecciones juega para el Gobierno. Es complejo el asunto, pero, ¿realmente es el momento del todo o nada? ¿Van a incurrir en los costosos errores que los llevaron a no participar en los comicios de 2005? Lo que sí es cierto es que cualquier opción electoral que llegara a tomar cuerpo debe estar blindada con garantías. El llamado a elecciones por sí solo no resuelve el problema. Al contrario. Puede agravarlo. Debe venir acompañado de gestos y compromisos concretos. Dejar sin efecto las inhabilitaciones, liberar los presos políticos o una buena cantidad de ellos, restablecer el pleno funcionamiento de la AN, respetar el derecho a la manifestación pacífica, procesar a los responsables de violaciones a derechos humanos y crear nuevos espacios de mediación internacional.

Esta coyuntura crítica, peligrosa, debe derivar en salidas democráticas. Que las urnas electorales no sean sustituidas por las otras. Que el voto sea el arma que motorice los cambios. No va a ser fácil. Quizá no es muy popular este argumento en medio de tanta animosidad. Pero es lo responsable, lo saludable para la República y para sus ciudadanos. Venezuela tiene que cambiar. De eso no hay duda. Cerrar las puertas a la libre expresión del soberano agravará nuestra tragedia actual.