Maracaibo, Venezuela -

Opinión

La muerte de Oscar Pérez, por Ender Arenas

viernes 19/01/2018
1:46 AM
  • Ender Arenas Barrios / Sociólogo

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Con eso que siempre fui indiferente a las acciones audaces de Oscar Pérez, a sabiendas que ellas no nos conducirían a producir el cambio político que las mayorías anhelan para el país. Con eso, también, que aunque no hice malos chistes sobre sus acciones ni me preocupé de indagar si era un show de alguien que demandaba fama y notoriedad en un país que vive del cuento mediático y que consume vorazmente todo lo que les viene por las redes sociales ni me preocupe en absoluto si era o no una puesta de escena por parte del Gobierno. Simplemente, fui indiferente. El camino era y es más complejo que llamar a la insurrección e ir a Miraflores. Obviamente, Miraflores solo es el símbolo del poder, el real, el poder real está en Fuerte Tiuna y este no se iba a poder tomar con un fusil, dos fusiles, tres o una veintena de ellos.

Pero, su asesinato brutal penetró en el corazón nuestro y del país como una flecha y nos ha dejado sin aliento y el corazón pesado como una piedra.

Su asesinato ejecutado por las fuerzas de seguridad y el paramilitarismo chavista revela muchas cosas, una, que para el Gobierno chavista la vida y la muerte es poca cosa, dos, que la política ha tomado el giro peligroso y definitivo de asumirla como guerra (ya lo dijo Maduro en su discurso ante la ANC durante tres horas en algo que simuló ser una presentación de cuentas de su gestión y lo dijo Cabello también, lo verbalizó Reverol y lo piensa y lo ejecuta Padrino López), tres, como corolario, el asesinato de Oscar Pérez y de sus compañeros implementan de manera definitiva, por parte del régimen, como experiencia fundamental, el miedo a la muerte y a la vida.

De eso se trata: materializar no solo la violencia física que termina con la desaparición física de lo que se construye desde el poder como enemigos (todos aquellos que según ellos amenazan su seguridad, la seguridad de su orden, por tanto defender ese orden, el orden de la minoría, significa eliminar a los que son, piensan y actúan diferentes), pero también, se trata de materializar el miedo a una “vida desnuda” y desprovista (de casi todo), de allí, los Carnet de la Patria, la caja CLAP, el pernil que no llega, el Bono Navideño, el de los Reyes Magos, el Bono de Semana Santa, el del Día de la Independencia, etcétera, mecanismos que más que buscar la legitimidad por la dádiva buscan afanosamente el disciplinamiento de la sociedad, ya saben: “Si no votan por mí, les quitamos lo que les hemos…. prometido”.

Pero, siempre hay un pero, con Oscar Pérez puede ocurrir lo que no ocurrió con Hugo Chávez, a pesar del enorme aparato propagandístico del régimen empeñado en construirle una épica que siempre terminó en fracaso, en rendición y terminó muriendo en la cama cuando un cáncer corroyó rápidamente sus tejidos.

Oscar Pérez murió construyendo su propia épica y cumple los requisitos que debe reunir todo aspirante a héroe y mito: fue un transgresor del orden imperante. Su acción siempre estuvo dirigida a cancelar los límites y fronteras del orden establecido y lo más importante, para que “el héroe perviva en el imaginario popular” es fundamental que su muerte se produzca de manera prematura, trágica y dolorosa y es allí donde marca una diferencia con Chávez, quien muere de “muerte natural”.

Pero aun así, sigo pensando, que lo mejor que nos pueda pasar como sociedad es que terminemos por civilizar, desdramatizar y racionalizar el mundo y la vida pública e introducir razones que puedan ser compartidas por todos. Rindamos honor y tributo a todos aquellos que han sido asesinados de manera extrajudicial, Oscar Pérez y su grupo merecen todo nuestro respeto, pero hagamos conciencia, como dice el poema de Machado: ¡No puedo/ cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero/ sino al que anduvo en el mar!

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