Maracaibo, Venezuela -

Opinión

La Lola-Lola, por Miguel Ángel Campos

sábado 09/01/2016
11:03 AM
  • Miguel Ángel Campos / Sociólogo y escritor

  • @versionfinal

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En noviembre del pasado año 2014 me encontré con Lolita (Aniyar de Castro) y José Antonio, asistieron a la cena que el rector Lombardi ofreció tras la entrega del doctorado Honoris Causa de José Balza. Ella me obsequió un ejemplar de su libro, que recién salía de la imprenta. Editado por la Única en su colección “La mano junto al muro”, un volumen de 133 páginas cuyo título parece afirmar lo femenino a través de la repetición de un nombre, La Lola- Lola, es una incursión en la libertad de la escritura de ficción, pero toma de ella solo sus maneras expositivas, para hacer de lo atesorado más fiel, justamente por la belleza.

Quien dedicó su actividad académica universitaria a la criminología y las ciencias sociales de la emancipación de grupos y géneros, allí debatió con pasión, defi nió un criterio y puede decirse que sus ideas estaban movilizadas por una alta dignidad. Entre el relato y crónica media la perspectiva quien desea forjar memorias, recordar
para valorar lo hecho, mostrarlo desde los afectos y el presente, vínculo apaciguado y hora de contemplación.

El conjunto de textos, la mayoría breves, se interna en la experiencia anclada en imágenes,
desde la infancia y la abundante adolescencia hasta esa casa de largo corredor donde se reúne deseos y objetos perdidos en la diáspora, en los exilios de tantos viajes y casas habitadas por pocos años; el pueblito merideña acoge esa casa donde todo entra como en tropel y se acomoda a los recuerdos y para darle forma a una arquitectura
interior ideal. Pero esa casa debía ser abandonada, sin sobresaltos ni apuros, tan solo como rito del desasosiego, ese mismo que la impulsa a escribir para dar con la calma de la mujer inconforme: sintético catálogo, los 28 textos son
entradas a una emoción domada.

El cine visto, vivido e imaginado, sus mujeres desbordando la pantalla y al alcance de la escritora
que atesora para verlas de cerca, emocionarse; las casas y las calles de las ciudades donde ha vivido, el ladrido de una perra que husmea tras el portón, los hombres recelados y amados, los muertos que buscaron la muerte.

Y la infancia de la niña viendo televisión en la temprana noche, junto al padre que uno adivina silenciosa, los días de turno con la madre, la pendencia de ambos presentida por la niña. La saga de la mujer senadora del Congreso venezolano, de la gobernadora y militante de un feminismo sin mistificaciones, no abruma en estas páginas,
están dedicadas antes a lo entrevisto, a la penumbra de las emociones.

Me pregunto cómo fue hilando la autora las imágenes de este libro, la memoria es un flujo plano y puede aplastar, elegir tampoco basta, la autora concibe su elección en forma radial: deja entrar la experiencia y luego la modela, no le impone una valoración, cuando adjetiva se la nota tímida, escapa del peso de la primera persona en la necesidad de hacer de la voz una confidencia, no un relato forense.

Lolita ordenó este libro con fervor, sabía de su tensa intimidad, y a ratos parece detenerse entre la narración y la pura memoria, logra una pieza de escritura distinguida, cierta conciencia del género la hace no insistir en el relato imaginativo sino fi gurativo, no es fi cción, de ella toma la fluidez, los tiempos naturales de la narración, y eso lo saca del puro dato, de la memoria documental. Modesta, casi humilde, escribe en la dedicatoria de mi ejemplar: “… esta aventura que me perdonarás”. Pues es una exploración efectiva, una aventura flamante.

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