La herencia de la tribu, por Ángel Rafael Lombardi

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Pero mi verdad es terrible: pues hasta ahora se llamó a la mentira verdad”. (Friedrich Nietzsche, 1844-1900). Según Ambrose Bierce (1842-1914) en El diccionario del diablo, un historiador es: “un chismoso de boca ancha”. Fusionando ambas premisas se podría llegar a una conclusión más benévola: el pasado es el recuerdo de la mentira. En lo personal, solo mostramos lo conveniente: “los trofeos” que nos otorga el reconocimiento social convencional; los trapos sucios, en “la familia”, se lavan aparte y en secreto. Ya en lo social el recuerdo como falacia es un asunto más sofisticado.

La mente humana es una permanente contradicción entre el deseo y lo real. Lo primero termina siendo autoengaño; lo segundo es lo que sabemos que es así pero lo deformamos, o incluso, lo sustituimos por un mito. El mito es: “Historia imaginaria que altera las verdaderas cualidades de una persona o de una cosa y les da más valor del que tienen en realidad”. Los historiadores en Venezuela son muy pocos; lo que abunda en realidad es el mitómano. Siendo el “poder”, a través de sus oráculos, el principal responsable de esta situación.

Ana Teresa Torres (1945) tiene un excelente libro: La herencia de la tribu (“del mito de la independencia a la revolución bolivariana”) del año 2009, donde va desmontando el imaginario colectivo venezolano, poblado de héroes y antihéroes, teniendo como punto de partida la “gesta” de la independencia. La primera negación de la realidad histórica es que el cacique Guaicaipuro (1530- 1568), introducido en el 2001 sus restos en el Panteón Nacional, posee una conexión directa con los libertadores, porque ambos resistieron la opresión del pérfido imperio español.

De paso hay que señalar que el héroe termina simbolizando al “pueblo” sufriente que busca una remisión a todas sus miserias, a través de conceptos ennoblecidos como: libertad, dignidad, justicia y soberanía. El malandraje de nuestra historia queda de una vez rediseñado por el enemigo interno (oligarquías) y el externo (el imperio). Estos códigos son los que el bolivarianismo se ha cansado de profesar en los últimos 27 años (1989-2016) con un éxito inusitado.

El que ha vivido en Venezuela estos últimos años podrá comprobar que una cosa es la retórica del poder como propaganda y chantaje, y otra muy distinta, la dura y cruel realidad de la actual pasmosa involución histórica. Todavía hay gente ingenua que sigue creyendo lo de “Venezuela potencia” y que el “pueblo hoy, es protagonista de su propia historia”. El mito revolucionario bolivariano alimentado por: Guaicaipuro, Bolívar, Sucre, Simón Rodríguez, Zamora, Cipriano Castro, y hasta por el mismo Medina Angarita, terminando por Hugo Chávez, es toda una impostura. Es la falsificación interesada de la realidad del pasado desde una gramática antihistórica inverosímil, cuyo contenido es la ideología más variopinta: ilustrada, marxista, cristiana, socialista, zapatista y paremos de contar.

Es por ello que Ana Teresa Torres, con muy buen criterio, aunque suene descorazonador para una mentalidad postmoderna, nos ubica, a Venezuela, aún en pleno siglo XXI, en el estadio tribal.