El hombre rabioso, por Nolberto José Olivar

«El cansancio tiene la fuerza de un sufrimiento», dice Peter Handke. Lo pienso y la revolución me empieza a dar vueltas. A marear. Y agrega, Handke, que el cansancio tiene cierto magisterio cuyo objeto solo parece ser la duda. Aprendemos a preguntar o, en el peor de los casos, a sospechar. Lo triste, para algunos, es que estas dudas o sospechas no conducen a ninguna respuesta. Son más bien una reacción viral ante la repetición, el hastío, la parálisis y la culpa.

De cara al cansancio, Handke antepone el enjambre de los no cansados: «un tropel obstinado, condenado a no darse cuenta de sus deshumanizadas acciones, a estar girando en círculo indefinidamente». Es el movimiento de los estúpidos. Pero si echamos un vistazo a Byung-Chul Han conseguimos otro «atributo» del cansancio: la sanación. Nos cita, por caso, al cansancio curativo de Kafka, en su Prometeo, en cuya cuarta versión, nos dice que las águilas se cansaron de devorar el hígado del dios griego, perpetuamente renovado, como castigo impuesto por el propio Zeus: «la herida se cerró de cansancio». Y los dioses y las águilas se olvidaron de Prometeo.

Una exégesis de Byung-Chul Han, signada por las prisas del camino, podría apuntar al cansancio como condición para la reflexión profunda y como némesis de la aceleración del «tropel». En este contexto, Byung-Chul Han señala a la rabia, entonces, como consecuencia natural y hasta deseable. Acaso, una propiedad adicional. Y afirma que esta rabia no es compatible con la aceleración de los estúpidos, con el tropel, pues la rabia cuestiona al presente en cuanto tal e implica una interrupción. Y que la dispersión, digamos acá inducida, inoculada, en nuestra realidad, en nuestra cotidianidad, intenta impedir el despliegue y la energía de la rabia.

Dice Byung-Chul Han, por último, que «la rabia es una facultad capaz de interrumpir un estado y posibilitar que comience uno nuevo». En otras palabras: la rabia como motor de la historia. La idea me gusta. No lo voy a negar.