Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Héroes y heroínas, por Antonio Pérez

miércoles 16/05/2018
3:30 PM
  • Antonio Pérez Esclarín

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No aparecen en los medios de comunicación. No son invitados a los programas de opinión.   No los buscan los periodistas y suelen pasar completamente desapercibidos.  Nadie les pide autógrafos, ni los condecorarán o harán homenajes.   El sueldo no les alcanza para comer o para pagar el transporte. Pero son verdaderos héroes anónimos que no se rinden ante los problemas y dificultades y siguen trabajando con entusiasmo para que los niños, niñas y jóvenes de Venezuela puedan tener educación.

Por supuesto, me refiero a los numerosos maestros,  maestras y profesores corajudos y resilientes, que en estos tiempos tan difíciles, no se dejan  derrotar por las adversidades e incluso se crecen ante los problemas.  Conozco a muchos y muchas y su testimonio de vida alimenta mi esperanza y mi decisión de seguir dando lo mejor por Venezuela.  Sé de algunos que comparten su merienda escasa o se las han ingeniado para montar desayunos comunitarios y ollas solidarias para que los alumnos no dejen de venir a la escuela y no se desmayen de hambre.

Sé de otros que se dedican a reciclar hojas de papel utilizado y con ellas les hacen cuadernos a los niños que no tienen para comprarlos. Sé de algunos  que con su propio carro recogen a los compañeros en sus casas para que no falten a la escuela por no tener dinero para pagar el transporte. Sé de algunas maestras que han acogido como verdaderas  madres a algunos niños que sus padres los dejaron en total orfandad porque se fueron del país en busca de trabajo.

Pero quiero detenerme en un caso especial que, cuando lo conocí, me hizo admirar el valor callado de esos maestros y maestras valientes:  Beglinda Fernández es la directora de la escuela Abrahán Reyes de Fe y Alegría que está en el km. 18 de la carretera a la Concepción. Como vive en el barrio Cuatricentenario de Maracaibo, como a una hora de autobús de su escuela, madruga mucho porque quiere llegar la primera a la escuela para dar ejemplo a sus maestros y recibir con una sonrisa a los niños.  Hace un par de semanas, agarró el autobús cuando todavía estaba oscuro y como estaba muy lleno,  le tocó ir de pie.

Pero para su sorpresa, un muchacho joven le dejó su asiento, y ella le dio las gracias sorprendida, pues ya no son comunes estos detalles. Como  a los 15 minutos, el muchacho que le había cedido el puesto, agarró a Beglinda del cabello, la zarandeó salvajemente, la  tiró al piso, la golpeó con saña y le dijo que le entregara todo lo que tenía.  Todos presenciaban atónitos y en silencio la escena, hasta que otro muchacho, al frente del autobús  empezó a gritar con un revólver en la mano, que  era un atraco y que no les pasaría nada si entregaban todo lo que tenían. Todos fueron despojados de lo que llevaban. A Beglinda le quitaron hasta las carpetas y el sello de la escuela. Cuando se bajó del autobús  casi no podía caminar y al llegar a la escuela, empezó a llorar  y a vomitar.

En casa, conversó con su esposo si renunciaba o no al trabajo y quedaron en que seguiría porque  Fe y Alegría era una opción de vida y porque los niños la necesitaban en estos tiempos  más que nunca,  pero que pediría cambio a otra escuela más cercana a su casa.

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