Maracaibo, Venezuela -

Opinión

Grandes esperanzas, por María Guadalupe Núñez

sábado 02/01/2016
7:31 AM
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La instalación de la AN, este 5 de enero, supone un desafío formidable para la oposición democrática, pues los venezolanos hemos cifrado en ella la esperanza de un proceso que haga justicia a una población que votó por un cambio político y un modelo económico que supere al centrista y fracasado “socialismo del siglo XXI”. Un modelo económico que presente oportunidades para el desarrollo humano y permita el progreso y bienestar de millones de personas sumidas en la pobreza; darle la posibilidad de mejorar su calidad de vida con el trabajo productivo.

La variedad de problemas que afectan a la población es tan amplia como los recursos necesarios para que resurja el país; ese milagro que se llama Venezuela. Si bien todos los problemas son prioritarios, hay algunos que son extremadamente urgentes de resolver, como los que se inscriben en la agenda económica y social. En tal sentido, diversas instituciones, como las universidades autónomas y otros centros de investigación, están llamadas a liderar y coordinar componentes para que la acción transformadora de una respuesta armónica e integral a una problemática extremadamente difícil. Sin embargo, buena parte de ese accionar depende de la voluntad política del Gobierno nacional y de su identificación con los problemas de la población, tomando en cuenta que es el Estado el que debe actuar.

En la agenda de la AN debe ponerse especial atención a las universidades autónomas, no solo por el problema presupuestario, dada la poca rigurosidad en su elaboración por el Mppecyt, puesto que nunca es “ajustado a sus necesidades, ni asociado a una planificación que permita garantizar, de forma progresiva, una educación de calidad” (Olga Ramos) y la elaboración de una Ley de Universidades adaptada a los tiempos que corren (una nueva redacción o una reforma a la vigente), pendiente desde hace años y especialmente a partir de la aprobación de la inconstitucional Ley Orgánica de Educación, sino por la trascendencia del quehacer universitario en la vida nacional, en la solución de los problemas que afectan al venezolano y en su intermediación en cualquier proceso para la solución de conflictos, en particular, en la posibilidad de un diálogo que permita una apertura a la reconciliación del país y el rescate de la institucionalidad perdida.

En este prometedor año que se inicia, espero que la universidad pueda abordar de manera armónica su problemática académica y la restitución de la autonomía casi extinguida, para que pueda decidir por sí misma su destino. ¡Feliz 2016!

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