Por sus frutos los conoceréis, por Antonio Pérez Esclarín

El evangelista Mateo pone en boca de Jesús esas palabras que indican que las acciones deben evaluarse por los resultados. Resulta increíble cómo en tan poco tiempo las políticas erróneas y la tozudez en mantenerlas han convertido al país más próspero de América en el más miserable. Después de 18 años de una supuesta revolución, que iba a gestar una sociedad próspera e igualitaria, y acabaría con los vicios del pasado, Venezuela ostenta tres récords vergonzosos que demuestran el terrible fracaso de dicha revolución: Somos el país con mayor inflación en el mundo, inflación que aniquila los aumentos de sueldos y ha disuelto los ahorros y los beneficios sociales. Somos el país más violento, donde la delincuencia campea soberana y nos ha robado las calles, los parques, las playas, las escuelas, los hospitales y hasta las iglesias, lo que evidencia la gravísima descomposición social y el imperio de la inmoralidad y de la impunidad. El año pasado, más de 28 mil venezolanos fueron asesinados, cifra superior a la de países que están en guerra o que han sufridos grandes terremotos o tragedias naturales. El tercer récord de la ignominia es el de la corrupción que ha robado miles de millones de dólares y ha ocasionado una nueva boliburguesía, que exhibe sin vergüenza sus riquezas. Me resulta de un cinismo hiriente escuchar los fervientes llamados de amor al pueblo, de personas que viven por completo de espaldas a su realidad y que disfrutan de todos los beneficios que les permite el poder. A ellos no les alcanza el sufrimiento de las colas o el dolor de no tener qué darles de comer a los hijos, ni sufren por la escasez de medicinas. Su ropa, zapatos, bolsos, y relojes, el avión y vehículos en que viajan con todo un séquito de guardaespaldas, guardianes, acompañantes; la posibilidad de viajar a cualquier rincón del mundo y hospedarse en los lugares más exclusivos, pues para ellos sí abundan los dólares baratos, demuestran la mentira de sus declaraciones de amor al pueblo y evidencian que no les importan sus sufrimientos, sino seguir disfrutando del poder y sus beneficios.

Pero tal vez el mayor fracaso de esta revolución es en la economía y en la productividad, ignorando que la soberanía de un país se sustenta en su seguridad alimentaria. ¿Dónde quedaron los fundos zamoranos, los gallineros verticales, los huertos hidropónicos, la ruta de la empanada, las cooperativas productivas, el trueque? ¿Qué pasó con las areperas socialistas, los bicentenarios, los pedevales y mercales? ¿Cuáles son los resultados de las empresas expropiadas o estatizadas? ¿En verdad creen que la agricultura urbana, los huertos escolares o los materos con siembras de pimentón o tomates en los edificios, van a resolver los problemas de la escasez y el hambre? Parecen ignorar que el paso del rentismo a la productividad supone un cambio cultural que debe privilegiar y cultivar valores como el esfuerzo, la responsabilidad, el trabajo, la honestidad, la puntualidad, el riesgo, la e ciencia, y la experticia. En la raíz de muchos de los problemas que sufrimos y no resolvemos está el que ponen al frente de proyectos e instituciones a personas sin los conocimientos y la experticia necesarias.